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El luchador es un filme que propone una inmersión en la sordidez y el desencanto que rodea a un campeón de lucha libre en decadencia. La principal baza con que cuenta, como han valorado los premios y la crítica, es la perturbadora presencia de un grotesco Mickey Rourke cuyos rasgos machacados por el tiempo, la cirugía y los golpes confieren a su personaje un halo de autenticidad en el que actor y papel parecen fundirse por momentos. En torno a este personaje cuya centralidad es absoluta, Aronofsky opta por rodearlo de una estética visual que acompañe la historia sin tomar protagonismo, prescindiendo de la (muy excesiva) exaltación new age de La fuente de la vida, su anterior cinta.

'El luchador' de Aronofsky

Lo cotidiano es, quizás, la palabra clave que define la actuación de un equipo artístico sin grandes hitos en sus carreras (donde lo más destacable es su participación en distintas series televisivas) y que pone su talento al servicio de la historia y de Rourke para lograr una recreación visual compacta y consistente de la América más oscura. La iluminación es, en mi opinión, lo más destacable, creando dos mundos bien diferenciados: los focos y el colorismo del mundo del espectáculo (las luchas del protagonista y el night-club donde hace streptease el personaje interpretado por Marisa Tomei) que se revelan como un espejismo frente a la frialdad de las escenas diurnas, iluminadas por tubos fluorescentes o por un cielo siempre nublado, siempre gris.

En busca de un realismo duro, Aronofsky no ahorra al espectador ningún detalle que ilustre la sordidez del mundo que recrea: vemos las cicatrices de Rourke, sus rasgos deformados, las heridas que se inflige o las que le provocan sus contrincantes. Es realismo sucio, tremendismo incluso; Aronofsky no es un director de medias tintas, y su vehemencia se refleja en escenas en las que el espectador tiene que contener un escalofrío ante los planos que duran más de lo habitual.

Me quedo con un elemento: cuando el protagonista acude con el personaje interpretado por Marisa Tomei a comprar un regalo para su hija, ella le aconseja un abrigo oscuro, perfectamente normal. Sin embargo, él prefiere una chaqueta verde brillante, de estilo deportivo, boxístico, sin comprender que esa prenda y el mundo del que procede (el del propio luchador) se encuentra a años luz del de su hija, mucho más convencional. Como símbolo, esta chaqueta es imagen del abismo que separa esos dos mundos, y por lo tanto un icono que podría resumir toda la película. En definitiva, la dirección artística y visual de El luchador, sin suponer grandes sorpresas, cumple bien su función: acentuar el contenido de una historia mil veces contada y potenciarla expresivamente.