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Intermezzo os invita a descubrir los sonidos de las primeras partituras chinas que pegaron fuerte en Occidente, y hace también un repaso por la discografía de la industria china, en la que no sólo trabajan asiáticos, sino que empieza a despuntar como mercado para el éxito de compositores occidentales.

El despertar internacional de los compositores asiáticos

20091027congsucabDice un proverbio chino que “afortunado es el que vive tiempos interesantes”. La reciente globalización que se revuelve en la industria del cine ha permitido que desde un lugar apartado de Occidente podamos consumir filmografías tan propias como la china y para los partitófilos, escuchar sus partituras. Éste es un proceso relativamente nuevo. La meca del cine siempre ha abierto sus puertas a la entrada de músicos extranjeros. De hecho, ¿qué sería del cine sin compositores no estadounidenses? Contadlos: Maurice Jarre, Basil Poledouris, Dimitri Tiomkin… Pero entonces, Hollywood, y por ende, Estados Unidos eran el refugio creativo, y si se me apura, político para la creación del arte. En los años ochenta, Hollywood dejó de imitar y realizó un gran esfuerzo por integrar de manera realista pedazos de culturas ajenas en la filmografía habitual. El último emperador fue la primera gran película historica y con equipo occidental rodada en China. Dirigida por Bernardo Bertolucci, ganadora de 9 Oscar, incluyendo mejor película y mejor dirección, fue la primera cinta extranjera que se rodaba dentro de la Ciudad Prohibida y con el beneplácito del PCCH. Cong Su, su compositor, se convertía en el primer chino en ganar el Oscar a la mejor partitura original, premio que compartía con el inglés David Byrne y el japonés Ryuichi Sakamoto; juntos desarrollaron un retrato maravilloso y ajustado del folclore de principios de siglo. Dos años después, en 1989, los sucesos de Tian’an men hundían cualquier intento futuro de colaboración cinematográfica de semejantes características hasta prácticamente nuestros días. Cong Su, nacido en Tianjin, vive ahora junto a su mujer, sus hijos y su Oscar en Alemania, donde imparte clases y desde donde su obra sigue acumulando reconocimientos.

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Partitura de El último emperador, de Ryuichi Sakamoto, David Byrne y Cong Su

Actualmente, la relativa calma política de las grandes civilizaciones, el despegue económico de los países en vías de desarrollo y el rápido despliegue de los medios globales de comunicación han hecho posible el dulce despertar de industrias asiáticas y más accesible la captación de sus talentos para Occidente. Ahora, un desconocido compositor puede despuntar con una pequeña película e iniciar una pletórica carrera internacional en el cine sin adherirse a ninguna industria en particular. No hay que pasar por alto la cantidad de canciones con letra extranjera y compuestas por compositores no occidentales que han sido nominadas o se han llevado el Oscar en los últimos años. Efectivamente, son muchas. Y este fenómeno es sólo un espejismo de la realidad. En el año 2000 el compositor chino Tan Dun ganaba el Oscar a la mejor partitura por una película rodada enteramente en putonghua, Tigre y dragón. Y no es un caso aislado. Músicos del Asia Oriental como Sigheru Umebayashi, Joe Hisaishi, James Wong Jim o Ryuichi Sakamoto son internacionalmente conocidos por trabajos locales y no temen componer para películas occidentales.

El camino a casa: la revolución desde dentro

Con todo, la música China, por su belleza melódica y sus exquisitos instrumentos, tiene un encanto altamente definible que, desde luego, ha sido potenciado desde casa. Como industria de gran prestigio y reclamo entre su sociedad, el cine chino realmente nunca ha sido uno. Al margen de las opiniones políticas que uno tenga (y que honorablemente se mantienen en bodega), el celuloide chino tiene tres ramas definidas: el cine de Hong Kong, el de Taiwán y el de China continental. Aunque no quiero extenderme aquí sobre la historia del cine chino, hay que subrayar la importancia en concreto de la quinta generación de directores chinos para la música de cine. Tierra amarilla (1984) dirigida por Chen Kaige y con fotografía de Zhang Yimou, abría las puertas a un cine sin prejuicios, crudo y a la par exquisito, pero sobre todo con una gran proyección internacional. Películas como Judou (1990), La linterna roja (1991), Adiós a mi concubina (1993), todas nominadas al Oscar, ésta última también a la mejor fotografía, concluyeron la metamorfosis del cine chino. Cuando hablamos de un compositor de música de cine en China, hablamos, en primer lugar, de Zhao Jiping, reconocido músico, artífice de la atmósfera musical de estos años. Su sentido dramático, su estética minimalista y su apuesta por contener las emociones en pequeños tarros es un referente dentro de la música china. San Bao, otro compositor que ha trabajado con Zhang Yimou en películas como Ni uno menos (1998) o El camino a casa (1999) sigue sus pasos en una vía mucho más intimista y delicada, conectando con el cine más social del director. Éstas dos maravillosas partituras no obtuvieron más reconocimiento que el de los festivales de cine y su compositor nunca ha trabajado más allá de China. Esto nos recuerda que hace diez años las reglas del juego eran todavía muy distintas. 

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Tema principal de El camino a casa, de San Bao

La apuesta por el género y el fichaje de extranjeros

Sin embargo, ha sido la trilogía wuxia la que ha catapultado a varios músicos desde China, y no todos son chinos. Tan Dun fue el que realmente abrió el camino. Afincado en EEUU, hace treinta años era uno de los estudiantes más cultivados de la primera generación del Conservatorio Central de Pekín. El músico sufrió en sus carnes la Revolución Cultural y la censura, lo que le llevó, como los estudiantes de su generación en el 78, a sentirse atraídos por los movimientos melódicos de Occidente, fusionando la riqueza instrumental china con las nuevas tendencias europeas y estadounidenses. El músico, hoy director de la orquesta de Youtube, es uno de los compositores más aclamados hasta el punto de responsabilizarse de la magnífica apuesta musical de los Juegos Olímpicos de Pekín del año pasado.

Tan Dun y su OscarTigre y Dragón fue la primera película china que tuvo una promoción ‘a la americana’ en Hollywood. Ang Lee presentaba un divertido homenaje a las cintas de artes marciales, pero incorporando una estética cuidada y una historia aderezada con amor. Esta cinta empezaba a ilustrar la armonía de los tres cines chinos. Un director taiwanés afincado en EE UU, con dinero de Hong Kong y EE UU, agrupaba a un reparto que incluía estrellas de todas las regiones y se rodaba además en zonas tan apartadas del bullicio de la costa como Anhui, los bosques de Sichuan o la región uygur de Xinjiang. La película se llevó cuatro Oscar: fotografía, dirección artística, película de habla no inglesa (representando a la región de Taiwán) y mejor partitura para Tan Dun. La partitura de Tan Dun no es una composición al estilo clásico del cine occidental. En realidad, la partitura de Tigre y dragón es un concierto instrumental que se alejaba del dinamismo con la imagen para retratar los sentimientos de los personajes desde una óptica contemplativa. Su acierto fue enseñar al cerrado mundo de Hollywood que en otras partes del mundo se tienen otros estilos, otro ritmo, otro tempo y, en definitiva, otra forma de entender la música. Tan Dun triunfó por su cuidada selección de piezas que utilizaban acertadamente aquellos instrumentos típicos de cada región de China por la que los personajes viajaban: el qashqer rawap de la cultura uygur del Taklimakan en Xinjiang, el tambor de la Ruta de la Seda, el bawu (flauta de bambú) para las regiones de los bosques del sur, y un bendecido violonchelo de Yo-Yo Ma para los paisajes más pintorescos; y cómo no, el erhu chino para las tonalidades de la corte con sus cadencias y altísonos. Y la novedad no sólo residía en los instrumentos sino también en su ejecución, destapando un concepto de concierto muy distinto a la fanfarria a la que estamos acostumbrados en Occidente.

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‘The encounter’ y ‘The eternal vow’ de Tigre y dragón, Oscar a la mejor música de 2000

Tan Dun volvería a escribir con éxito la partitura de Hero, la siguiente película de Zhang Yimou, nominada al Oscar en representación de la República Popular China en los Oscar de 2002. Con la ayuda del otro gran virtuoso de Hollywood, Itzhak Perlman, el músico chino se regocijaba en un score mucho más espectacular e integrado, con un evocador tema principal. Pero en 2004, Zhang Yimou decidió cambiar a Shigeru Umebayashi, compositor japonés, para su nueva película, La casa de las dagas voladoras. Su pequeña y pintoresca aportación musical en Deseando amar (2000), de Wong Kar-Wai, se hizo famosísima (muchos lo recordaréis por un anuncio de lavadoras). Nacido en Fukuoka (Japón) y famoso por pertenecer al grupo de rock EX, dejó los escenarios por la orquesta. El éxito de su ‘Yumeji’s Theme’ hizo que repitiera con Wong Kar-Wai en 2046, manteniendo el tono grotesco y extravagante con muchísima soltura. Y así fue como Zhang Yimou le contrató para que creara el universo dolorido y lírico de La casa de las dagas voladoras, una partitura ejemplar que le consagró a nivel internacional. De hecho, su filmografía se expande geográficamente por Corea (Daisy), Japón (donde sigue trabajando activamente), Hong Kong (Murderer). Incluso repitió con Yimou en La maldición de la flor dorada (soberbio score) y ha penetrado en el mercado estadounidense este año con una colaboración en la partitura de A Single Man, de Tom Ford.

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‘Yumeji’s Theme’ de Deseando amar, partitura de Shigeru Umebayashi

Y es que si en el mercado chino hay cabida para el triunfo de un japonés, ya hay cabida para cualquiera. De ahí que algunos compositores occidentales hayan probado suerte. Un ejemplo: Klaus Badelt, músico de origen alemán y que todos conocemos por su trabajo en Media Ventures al lado de Hans Zimmer (Piratas del Caribe: La maldición de la perla negra, Catwoman), se hizo con la partitura de La promesa, la gran superproducción china de 2005 y seleccionada para representar a la República Popular en los Oscar. Al igual que China está dejando de ser la fábrica del mundo para florecer como el gran mercado de consumo más prometedor del mundo, el cine chino, con sus millones de espectadores devotos, su impecable factura y su incipiente proyección internacional en los festivales, está dejando de exportar talentos de casa para incluso importarlos de fuera. Toda una declaración de intenciones.