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Ya está, se acabó, el sufrimiento ha tocado a su fin. También el disfrute. Quienes hayan visto The Leftovers lo entenderán. La serie creada por Damon Lindelof y Tom Perrotta dijo adiós la madrugada del domingo al lunes y sus fieles seguidores, esos que han (hemos) padecido, contenido la respiración, llorado, pero también sonreído, con cada jugarreta del destino, con cada ironía de sus creadores y con cada agujero negro episodio tras episodio, tendrán que buscarse ahora un psicoanalista que les ayude a exorcizar el vacío que provoca la pérdida. Así, en general.

The Leftovers deja un hueco en el espíritu seriéfilo tan grande como el que dejó en su día el de la Partida con la desaparición del 2% de la población mundial. Se va, eso sí, con más explicaciones de las que dieron en su momento los guionistas a quienes se quedaron en la Tierra anclados a una vida que tuvieron que reajustar ante un acontecimiento de una magnitud inabarcable y difícilmente asimilable. En cada uno está creerse la historia de Nora (Carrie Coon) o no.

Con un punto de partida como este y con la novela de Tom Perrotta como base –pronto no solo la superó en calidad si no que se olvidó de ella para seguir su propio camino–, The Leftovers se convirtió en un caleidoscopio de las múltiples formas en las que el ser humano afronta un hecho como la pérdida repentina de un ser querido. Siempre con la complicidad de un espectador que vio expuesto ante sí un abanico tan amplio de personajes que era imposible no encontrar el suyo, su espejo, su referente, su enganche emocional con la serie.

Durante tres temporadas Kevin, Nora, Matt, Meg, Patti, Laurie y el resto se convirtieron en miembros de una familia no tan amplia como la de otras series que vio como algunos abandonaban en una primera temporada difícil, demasiado apegada a la novela original. Fue en la segunda tanta de episodios, ya sin el lastre de la tinta y el papel, cuando The Leftovers despegó para convertirse en lo que ha acabado siendo: una auténtica catarsis. Se reinventó abandonando Mapleton para mudarse a Jarden. Y volvió a hacerlo al emigrar del ‘pueblo milagro’ a Australia con el Apocalipsis en forma de diluvio amenazando sus tristes y melancólicas existencias.

The Leftovers

Ver The Leftovers siempre ha sido un estado de ánimo en el que quien se ponía delante del televisor tenía que hacerlo mentalizado y preparado para el huracán de emociones que se le iban a presentar. Empezando por unos títulos de crédito que renacieron, como la serie, en su segunda temporada y que en la tercera han sido una parte más del viaje emocional en el que Lindelof había integrado al espectador.

Cada episodio, una canción. Ad hoc o ironía pura y dura. Porque la banda sonora de The Leftovers ha sido parte importante de una ficción en la que las emociones lo eran todo, más aún si cabe en su temporada del adiós. Las emociones de los personajes, pero también las que provocaba al otro lado. Desasosiego, abatimiento, pena, llanto desconsolado, pero también alegría, sonrisa cómplice, admiración, cariño hacia los personajes y sorpresa. Imposible no querer a Nora y admirarla al tiempo que se sufría por el calvario mental de Kevin (Justin Theroux). Cada capítulo ha sido único, piezas de un puzzle catártico.

Y llegó el final, el temido y anunciado final. The Most Powerfull Man in the World (and His Identical Twin Brother) fue tan brutal emocional, formal y narrativamente que era difícil superarse en el último episodio. Entonces llegó The Book of Nora para cerrar el círculo australiano que abrió The Book of Kevin y no quedó otra que desmoronarse. Porque, hay que reconocerlo, el fantasma del final de Perdidos (de la que Lindelof también fue creador) sobrevolaba a The Leftovers. La diferencia aquí es que los espectadores de la serie protagonizada por Justin Theroux y Carrie Coon hace mucho que dejaron de querer una explicación para todo.

Aún así, la hubo a medias. Sí, al final todos supimos qué paso con ese 2% de la población, a dónde fue. ¿Por qué? ¿Cómo? ¡Qué más da! ¿A quién le importa? Lo que realmente importa ese final tan emotivo, tan poético, tan redentor, tan romántico y tan digno que la serie ha tenido. Ahora, después de tres temporadas, el espectador recoge el testigo y será el quién tendrá que enfrentarse al vacío, a la pérdida y al abandono de The Leftovers. Ahora todos somos Nora Durst. La catarsis llegó a su fin.