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Por fin se desvela el misterio de la década. Cameron lo ha vuelto a conseguir. Tras 12 años de espera después de triunfar en todo el mundo con su última película, Titanic, ha querido brindarnos el espectáculo visual más impactante de la historia del cine. Y ha logrado a la vez no insultar nuestra inteligencia con un guión que, aunque no destaca por su originalidad sino más bien por su simplismo, sirve como hilo conductor para todas las virguerías técnicas que nos quiere ofrecer. Su nominación al Oscar a la mejor película es casi una realidad.

Es complicado hacer una valoración puramente fílmica de Avatar, teniendo en cuenta que se trata de uno de los títulos más esperados de los últimos años. Las expectativas no pueden ser más altas y muchos esperan con el hacha en ristre para despedazarla. No sólo por tratarse de la siguiente película del director del título más taquillero de la historia, sino sobre todo por autodefinirse como revolución del concepto de cine-espectáculo.

Pues bien, en ese sentido cumple con creces. La exhibición en 3D es, definitivamente, algo nunca visto hasta ahora. La capacidad de inmersión es increíble, los varios niveles de profundidad de campo ofrecen una experiencia extraordinaria, las secuencias de acción, en lugar de resultar confusas, son trepidantes y uno es capaz de identificar qué hace cada personaje en todo momento. Cameron no nos ha engañado, nos muestra el cine del futuro.

¿Y toda esta revolución técnica se sustenta en una buena historia? Dejemos una cosa clara. El guión original de James Cameron NO va a estar nominado al Oscar. Tiene una estructura modélica, con sus actos, puntos de giro, protagonistas y antagonistas bien marcados, mantiene bien la tensión y su progresión narrativa es de manual. Pero todo huele a ya conocido. Al igual que Cameron ha querido revolucionar técnicamente, desde el punto de vista argumental ha sido muy conservador. Lo que no quiere decir que sea malo. Es una historia simple, de las de toda la vida, con la que el público va a poder empatizar fácilmente. Y ésa será otra de las claves de su éxito.

A pesar de sus 160 minutos de duración, la película tan solo sufre de un pequeño bajón de ritmo al final del segundo acto, pero el resto del metraje pasa volando sin que uno pueda hacer otra cosa que maravillarse ante el festín visual que se despliega ante sus ojos. El mensaje ecologista e interracial puede llegar a ser algo cargante en algunos pasajes, pero es que la sutilidad no es precisamente lo que busca Cameron.

En cuanto al reparto, Sam Worthington se confirma como uno de los actores con más carisma del panorama actual y su carácter de estrella para la próxima década es ya indudable. El resto de intérpretes cumple y hace creíbles a sus personajes, destacando a una añorada Sigourney Weaver y a un despiadado Stephen Lang. En cambio, la música de James Horner, sin desentonar con el espíritu de la película, no es nada memorable y, como es habitual en él, suena a mil veces escuchado.

Avatar va a ser un exitazo de taquilla; quizá no tanto como Titanic, pero arrastrará en masa a la gente como el fenómeno cinematográfico que es. Tiene la habilidad de poder contentar a casi todo tipo de público. Y en cuanto a las posibilidades de Oscar, como acontecimiento que es y por su importancia como cine-espectáculo podemos augurar desde ya una nominación a Mejor Película y, probablemente, a Mejor Director, además de toda la avalancha de nominaciones técnicas que va a tener. No ganará como Titanic, pero definitivamente está dentro de la carrera.