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¿Qué pasa si un día despiertas enterrado en un cajón de madera con la única ayuda de un mechero y un móvil configurado en un idioma que no conoces? Éste es el punto de partida de la segunda película del director español Rodrigo Cortés, una cinta qu...

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¿Qué pasa si un día despiertas enterrado en un cajón de madera con la única ayuda de un mechero y un móvil configurado en un idioma que no conoces? Éste es el punto de partida de la segunda película del director español Rodrigo Cortés, una cinta que hay que ver sin ideas preconcebidas y tras tomarse un lexatín. Y sobre todo, ¿qué puede contarnos para que la hora y media que dura no se haga insoportable, cuando, en definitiva, sólo puede tener uno de dos finales? Pues lo que sucede en ese tiempo es tan apasionante que cualquiera de los dos finales deja satisfecho al espectador. Y no porque no consiga empatizar con el protagonista, sino porque hace que la historia sea creíble de pies a cabeza, y las dos opciones se hacen posibles (que no deseables, claro) sin artificios de por medio.

No voy a contar nada más del argumento, y ruego a los que ya hayan tenido la ocasión de verla que no cuenten nada a nadie. Sólo diré que no es un thriller (aunque tiene todos los elementos del thriller), ni una película de terror (a pesar de que la premisa remite a uno de los miedos más arraigados en el ser humano, documentado ampliamente en la historia de la literatura y del cine). En realidad, Buried es una película de aventuras dentro de un ataúd. Como Indiana Jones.

¿Y cómo es esto posible? Pues gracias a un guión medido al milímetro y lleno de sorpresas muy bien dosificadas. La dirección de Rodrigo Cortés es osada, muy eficaz y perfectamente sintonizada con el guión original, que por lo visto estuvo durante un año en un cajón porque todos los que lo leyeron pensaron que era fabuloso, pero que era una locura rodarlo. La película nunca vulnera su idea original con flashbacks, sueños o contraplanos de interlocutores: todo lo que sucede, sucede dentro de la caja. Un actor, que aquí está perfecto y al que el guión permite desplegar una buena cantidad de recursos dramáticos que van desde la emoción hasta la desesperación, la angustia y el terror, pasando por algunos momentos de humorismo (muy negro, claro) y algunas voces en off (perfectas) construyen toda la acción. El resto corre a cuenta de la pericia de Rodrigo Cortés, que nunca rompe la sensación de claustrofobia y que consigue mantener todo el rato la tensión y el interés. Los recursos de luces ayudan a pasar de un estado de ánimo a otro, y algunos planos originales e inteligentes apoyan el primer plano a media luz cuando éste no funciona bien.

Puede sacarse punta política, conclusiones sociológicas, psicológicas e incluso filosóficas (aunque eso obligaría a destripar lo que sucede, y no es este el momento). Lo dejaremos para otra ocasión. En esta, lo que importa es que vayan a verla, que la disfruten y que, sobre todo, no le cuenten nada a nadie después.