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CRÍTICA: 'La red social', la gran película de Fincher

Hoy se estrena en España La red social, posiblemente la película más esperada del año, el retrato del fundador de Facebook que han hecho mano a mano el guionista Aaron Sorkin y el director David Fincher. Su intención no ha sido otra que hacer una versión contemporánea de Ciudadano Kane. Lo impresionante es que lo hayan conseguido.

La comparación entre el gran clásico de Orson Welles, número uno en tantas listas de las mejores películas de la historia, y La red social viene marcada por el argumento y no tanto por la categoría. Porque las circunstancias que rodean al ascenso de Mark Zuckerberg desde nerd universitario a magnate de Internet tienen mucho en común con la carrera hacia Xanadú de Charles Foster Kane. Si la cinta de Fincher está o no a la altura de la de Welles sólo el tiempo lo dirá, aunque de entrada da mucho respeto siquiera plantearlo.

El éxito de La red social nace, desde luego, en su espléndido guión. No en vano el nombre de Sorkin aparece en grandes letras en algunos carteles promocionales, un hecho absolutamente extraño. El prestigio de Sorkin y su popularidad entre los cinéfilos está plenamente justificados tras su apabullante trabajo en En el ala oeste de la Casa Blanca en la que ya demostró que su mejor arma son los diálogos, de una inteligencia y un refinamiento exquisitos. Esa virtud es la que despliega en cada secuencia de La red social. Pero por brillantemente que se expresen sus personajes, esta película no sería más que una cinta para geeks sino fuera porque Sorkin la ha dotado de una turbadora reflexión sobre las relaciones personales y la necesidad de empatía. Su protagonista, Mark Zuckerberg, no es sólo un incapacitado social sino que carece de toda capacidad de ponerse en el lugar del otro (su novia, su amigo, su socio, su jefe…). Y de ahí todos sus males.

Partiendo de esa base, David Fincher no ha dejado escapar la ocasión de realizar su gran película. Hasta ahora a este realizador, sin duda uno de los principales nombres del cine contemporáneo, siempre le había fallado algo. Seven era un estupendo thriller pero le faltaba trasfondo dramático; se lo quiso dar a El club de la lucha y le salió una película tan petulante como sus protagonistas que difundía un mensaje moral repugnante; de vuelta al thriller, La habitación del pánico es una obra angustiosa pero claramente menor y Zodiac una espléndida cinta con un grave pecado original: contar la caza de un asesino que seguía sin resolver: una película policiaca sin solución es -con perdón- un coitus interruptus. Quiso hace un par de años asaltar los Oscar con El curioso caso de Benjamin Button y se le vio demasiado el plumero con un melodrama a ratos brillante y a ratos plomizo.

CRÍTICA: 'La red social', la gran película de FincherPero es que hasta ahora Fincher no había dado con un guión que solventara sus problemas. Con una estructura narrativa impecable y una línea argumental actual y universalizable, Fincher no tenía más que ocuparse de lo que mejor sabe hacer: narrar en imágenes. Y lo hace apostando fuerte. Empieza con una larga, rápida y complejísima conversación entre Zuckerberg (impecable Jesse Eisenberg) y la que enseguida se convertirá en su ex novia. La tesis de Fincher y Sorkin es ésta: un pequeño episodio personal como éste puede desencadenar la mayor revolución que ha vivido el mundo en los últimos años: Facebook. No es baladí la idea: si un intento de atentado en un rincón olvidado de Europa puede desencadenar una guerra mundial una ruptura amorosa puede inspirar una inmensa y valiosísima red social capaz de hacer temblar la forma de relacionarnos y nuestra idea de la intimidad.

Llama mucho la atención de que en ningún momento se explica qué es Facebook. No se le dedica ni media frase de guión. Hay quien dirá que es porque todo el mundo sabe en qué consiste, pero esa explicación es coja ya que, por edades, habrá espectadores que sólo lo hayan oído mencionar y otros a los que les suene a chino. Más bien es que Facebook funciona aquí como un elegante macguffin en azul y blanco, que sirve para desarrollar una historia de ambiciones y despechos.

A lo largo de sus ajustadísimas dos horas de metraje Fincher nos cuenta cómo Facebook tiene, en verdad, varios padres; cómo una persona socialmente inútil como Zuckerberg nunca pudo concebir una red social, sino sólo una web para votar a las chicas más guapas de la facultad; cómo la autoconsciencia de su inmenso talento informático le empuja a nutrirse de las ideas ajenas sin el menor asomo de culpa. Del otro lado, podemos ver la terrible desazón de un amigo que ve venir la traición y no puede hacer nada por evitarla; el hambre de triunfo de quien ha estado en la cresa de la ola y quiere subirse a otra; la impotencia de los que han quedado atrás.

Por el camino, Fincher brinda varias secuencias memorables y recurre a avances técnicos sensacionales. Por ejemplo los dos gemelos que acusan a Zuckerberg de robarles la idea de Facebook son en realidad dos actores sin parecido alguno, pero la cara de ambos es en realidad sólo la de uno de ellos, insertada digitalmente en el otro. Pero para alarde no sólo técnico sino también de narrativa cinematográfica, la carrera de piraguas en Inglaterra, una de esas raras ocasiones en que el espectador tiene la certeza de estar viendo algo totalmente diferente a lo visto hasta la fecha.

No sabemos si dentro diez o veinte años La red social podrá medirse con Ciudadano Kane, pero sí podemos estar seguros de que será extraordinariamente útil para explicar la sociedad de este arranque de siglo XXI.