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CRITICA: 'Machete'

Machete, la nueva película de Robert Rodríguez, es la historia de un ex policía mexicano que se ve traicionado por sus ex compañeros y los narcotraficantes del país en sus tejemanejes con el gobierno de los Estados Unidos. La cinta, nacida a rebufo del traíler incluido en el entreacto de Grindhouse (recordemos: aquella locura cinematográfica en forma de programa doble lleno de casquería ideado por el propio Rodríguez y su hermano del alma Tarantino), llega como un globo hinchado lleno de promesas que se desinfla a menos de la mitad de metraje. Lo que funciona en 3 minutos, cuesta alargarlo a los 100.

Lo que comienza siendo una irreverente y atrevida comedia de acción crítica con las políticas migratorias de Estados Unidos, con unos personajes contradictorios, contundentes y haciendo gala de una irónía, humor negro y salvajismo a la vez divertido y desagradable (ayudado por la casquería y las prótesis, por supuesto), pasa, en el minuto 50 de la película, a ser un bucle de situaciones recurrentes de las que los personajes no saben salir, y lo más que pueden hacer es  aportar su pequeña pincelada de personalidad, ésa misma pincelada que descubríamos en el tráiler y que nos dió ganas de disfrutar de la película completa. Está claro que el director sabe qué quiere contar, pero no sabe cómo tiene que contarlo. Y mucho peor, cómo sostenerlo.

Porque el gran fallo de esta película no pasa solo por la falta de ritmo y de un guión decente. En este ejercicio de contentación a sus fans enfervorecidos que pedían la película de Machete, Rodríguez ha incluído todos los ingredientes necesarios de una cinta trash, serie Z, B, y todo lo que se nos pueda ocurrir, pero no ha sabido mezclarlos con mucho tino, por lo que cada uno de ellos pasa de ser una característica del filme a ser una cuota que hay que pagar para poder conseguir una película de la factura que el director desea. Eso pasa con las impurezas del negativo o la carne, que mientras que en las películas a las que homenajea era algo habitual, aquí se convierte en un homenaje puntual y sin gracia.

Más allá de estos graves problema, y queriendo buscar un clavo ardiendo al que aferrarse, resulta gratificante descubrir que, aunque narrativamente Robert Rodríguez ha perdido el norte, en la forma sigue tan atrevido y blasfemo como siempre. Desde crucifixiones como tortura hasta usos insospechados de la vagina femenina, pasando por borbotones de sangre, casquería y prótesis, así como artillería pesada y vehículos gangsta. Y por si fuera poco, el rescate cinematográfico de dos grandes: Steven puñeta Seagal y Don Johnson (al que presenta en los créditos como una nueva estrella con “Introducing Don Johnson”). Sin duda un torrente de excesos visuales que mucho prometen y poco transmiten porque hasta la mejor broma, repetida hasta el hastío, acaba por aburrir.