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Hablar de la posmodernidad ya empieza a sonar a viejo, pero sin duda es una maravillosa excusa para seguir creando contenidos audiovisuales. El dibujante Brian Lee O’Malley bebía de todas las fuentes posibles de la cultura pop para armar los seis volúmenes de su opus magnum, la saga de Scott Pilgrim. Ahora, como no podía ser de otra manera, llega su acertada y necesaria adaptación al cine, una película que, por supuesto podría ser mejor, pero también, en las manos equivocadas, podría haber sido muchísimo peor.

Scott Pilgrim es un joven de 22 años que está saliendo con una chica de instituto cuando conoce a Ramona Flowers, la que sin duda será la mujer de su vida. El problema es que, para salir con ella, Scott tendrá que enfrentarse con sus 7 malvados exs. Así arranca una de las epopeyas amorosas más representativas de este final de década. Y los encargados de llevarla a imágenes son muy conscientes de lo que tienen entre manos, por eso echan toda la carne en el asador para ofrecernos ésta Scott Pilgrim contra el mundo, una única película que recopila los seis tomos en apenas 115 minutos. Un trabajo de ingeniería y síntesis autoconsciente que no tiene reparos en reconocer, no como ha pasado con otras sagas adaptadas a cine, sus limitaciones argumentales y narrativas a la hora de adaptar al cine una obra dividida en diferentes tomos.

Quizá ésta sea la causa por la que su público le haya dado rotundamente la espalda allá donde se ha estrenado. Con una base tan sólida y concreta, jugando tan bien las cartas como las juega, cuesta creer que la propuesta cinematográfica no sólo no vaya a más, sino que tenga claras lagunas de contenido, por no hablar de la generación a la que va dirigida, una generación de jóvenes que viven una regresión a una tardo adolescencia ochentena que no han vivido y que se agarran como único salvavidas en la inmensidad del océano referencial pop a una obras que, por fin, hablan de una adolescencia entre videoconsolas portátiles, recreativas de 8bits, chicas de instituto y música indie rabiosamente contemporánea, es decir, la adolescencia que han vivido.

Es una pena (aunque aún es pronto para vaticinar) que esa generación no sepa ver el bosque detrás de los árboles, porque si bien Scott Pilgrim, en sus tomos, toma miles de referencias para alimentar su narración literaria, el campo audiovisual, más allá de la adaptación cinematográfica de rigor, es un nuevo universo de referencias que se crea y se abre ante una propuesta que se ha probado que funciona (y vaya si funciona) en formato papel. El tiempo dirá qué hay que hacer con este ‘Scott Pilgrim contra el mundo’, quizá sea una oportunidad perdida, quizá sea el impuesto que haya que pagar para ver a la generación Nintendo en pantalla, pero desde luego, a pesar de no ser una película redonda, es sin duda una de las opciones más recomendables e inteligentes que elegir en cartelera.