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Disney regresa a la animación tradicional con Tiana y el sapo, rescatando todos los recursos del cine que hay a mano: una princesa, un príncipe, sus chiflados compañeros de aventura, un villano de postín y muchos números musicales. El segundo renacimiento de la Disney, tras un espléndido revival en los años noventa, da el pistoletazo de salida justo veinte años después de La sirenita con Tiana y el sapo. Lo primero que le viene a uno a la cabeza cuando ve la película es que la magia del dibujo animado sigue siendo exclusiva e insustituible; hay cosas que la animación digital jamás podrá conseguir por mucho se avance en el fotorrealismo. Y es que Tiana y el sapo es una película visualmente preciosa, hipnótica, todo en parte gracias a la paleta de colores y a la autenticidad del dibujo.

La princesa rana es el famoso cuento, según se dice, de origen ruso, que narra la historia de un príncipe que, convertido en rana, deberá besar a una damisela para volver a su estado natural. Los directores John Musker y Ron Clements, responsables de Aladdín y La sirenita, aprovechan las escasas referencias del cuento para situarlo en la añorada Nueva Orleans, universo musical y genuino de la tradición afroamericana. Una decisión sorprendente, porque un cuento reubicado en Nueva Orleans no es equiparable a la fuerza de historias como La sirenita, Las mil y una noches o La bella y la bestia. También han confiado la suerte del proyecto a una princesa como Tiana: una joven afroamericana de diecinueve años, que se esloma a trabajar, decidida, ambiciosa y a quien, sin saber muy bien por qué, se fuerza a etiquetar como princesa para equipararla con las verdaderas princesas Disney. En cualquier caso, es un grave error de marketing, porque los tiempos en los que las niñas soñaban con princesas ya han pasado. La taquilla, al parecer, se ha encargado de confirmar esto. Veremos cómo se las ingenian para arreglarlo en Rapunzel, la paradigmática historia de princesita reprimida a la espera del chorbo rescatador. El tercer punto cuestionable ha sido el enfoque cómico. No hubiera sido un descuido si se hubiera tenido el pulso refinado de Aladdín, que tenía un guión cuidado en el que se dosificaba el humor, la acción y el drama. Pero en Tiana y el sapo se respira el fuerte olor del género más desenfadado y ligero. Tanto que acaba por dañar la importancia de los acontecimientos.

Mientras la suerte de Tiana deja al espectador un poco indiferente, el príncipe no mejora el cuento. Si antiguamente los príncipes tenían cierto atractivo, el príncipe Naveen aparece como un pijo alelado de un país inventado llamado Maldonia. Un ligón con dos dedos de cerebro que tras una aventura a toda mecha por el pantano descubre el amor y, con ello, por lo visto, la inteligencia. Un viaje emocional difícil de asimilar. El villano, doblado en la versión española por Javier Gurruchaga, posee un aspecto muy seductor, pero nunca se entienden los motivos de sus tropelías. Convendría que Lasseter se pasara otra vez por los Studios Ghibli para que Miyazaki les diera un par de consejos. En Ghibli, los malos al final siempre son buenos corrompidos con motivos reales. Y es que, efectivamente, los protagonistas sucumben ante los secundarios. El chistoso cocodrilo Louis provocará algunas de las mejores risas de la sala (otras son muy forzadas). Pero es la luciérnaga Ray la que se llevará el corazón de los espectadores. Un bichillo, con espíritu familiar, que está enamorado de una estrella llamada Evangeline y que no pierde la esperanza de conquistarla. Suyos son los momentos más intensos y dramáticos de la película, y también los más tiernos. Es el único personaje que verdaderamente merece la pena rescatar de esta película.

El mayor problema está en un guión que avanza atropelladamente y sin rumbo, dando la sensación de improvisación en algunos puntos. Los mensajes morales de la cinta tampoco quedan bien explicados, más bien, acaban por complicarse de una manera alarmante. Uno no sabe qué es lo que están queriendo decir. ¿Que a veces los sueños no son los que queremos sino los que necesitamos? Un lío del que no saben salir bien. Tampoco quedan bien enmarcadas las canciones de la película, que te asaltan repentinamente, sin razón alguna. Gracias a que Randy Newman perfila un poco el carácter de los personajes con sus canciones, porque algunos, como Mamá Odie, apenas tienen nada que decir al espectador. En este punto, conviene apuntillar el desastroso trabajo de doblaje y traducción de Disney España, probablemente el peor que hayan hecho nunca. Las canciones interpretadas entre otros por Álex Ubago y King Africa, no se entienden y quedan como un pegote confuso. La canción ‘Almost There’, que se ha traducido como ‘Ya llegaré’ (dando el significado contrario a la canción original), es especialmente insoportable. La elección de voces cubanas para las féminas estropea aún más el espectáculo, agudizando la diferencia entre los trabajos de interpretación y los vocales.  

Y es que lo mejor tiene un nombre: Randy Newman. Porque hasta que no veáis la película no podréis apreciar el enorme y valioso trabajo de la partitura instrumental en la película. Su mimetismo y calidez elevan mucho las coloridas imágenes de la película, hasta tal punto que Newman es capaz de sacarte una sonrisa con alguna escena que por sí sola quedaría desangelada. Qué lástima que la hayan descalificado, porque éste es un ejemplo clarísimo de cómo se debe escribir música instrumental para una cinta de animación. En algunos momentos el músico queda como responsable único de llevar el ritmo de un guión que no existe. Por lo menos no se han olvidado de dos de las canciones, ‘Down in New Orleans’ y ‘Almost There’. Ambas optan al Oscar a la mejor canción original sumando la decimonovena candidatura del músico a una estatuilla.

En resumen, estamos ante una película simpaticona, con colores muy bonitos, fácil de digerir, que nos devuelve parte del encanto de las maravillosas películas Disney. Es la demostración de que la animación a mano guarda un encanto imposible de emular con la animación digital. También supone también un viaje al pasado, pues contiene no pocas referencias: el cocodrilo de Peter Pan, el padre de Ariel en la cabalgata, y por supuesto, la constante referencia a ‘When You Wish Upon a Star’ de Pinocho. Quizás el problema que deban afrontar los estudios es que rescatar un arte en peligro de extinción puede remover recuerdos e invitar a soñar, pero al final, son siempre las historias las que cautivan los corazones de los espectadores, sean éstas en 3D, ficción real, por animación digital, con muñecos de plastilina o a mano. Y Tiana, por muy negra que sea, por mucho que cante y se esmere, no tiene nada nuevo que contarnos.