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Una joven pareja, interpretada maravillosamente por Joseph Gordon-Levitt y Zooey Deschanel, se conocen en el trabajo, se gustan e inician un romance. Buenrollista, ¿no? Pues no. Porque 500 días juntos es un filme que cuenta lo que nadie quiere contar en el cine, el desengaño. Una moderna fábula que no dejará indiferente a nadie.

20090922500diasjuntoscine-600aMarc Webb se enfrenta a una historia difícil. El cine siempre ha servido como vehículo de desconexión con el mundo. Trata de contar historias satisfactorias o con un alto grado de originalidad o exotismo. 500 días juntos no es nada de esto: es una historia real, común, la más común de todas: el desamor. Y es una comedia. 

En la película hay un momento en el que Tom (Gordon-Levitt), que trabaja en una empresa que hace cartas de felicitación, estalla en un meeting y con un nudo en la garganta dice que éstas son perjudiciales porque no expresan el sentimiento real de la gente. En efecto, el cine a veces es igual. A algunos se nos revuelca el pecho al diluirnos en esos besos de ensueño en una pantalla, la sinceridad de los abrazos, la transparencia de las emociones. Pero la realidad es muy distinta. Y la gente también lo es. No todo es Moulin Rouge y es necesario hacer una reflexión sobre si el cine se ha estancado en una visión concreta del amor que ya que cada día parece que ésta no es creíble nada más que en el cine. Porque efectivamente, existen personas inteligentes, suspicaces, con estudios o sin ellos, libres y sofisticadas que son incapaces de amar, sentir o de saber que no pueden amar. Y no tienen por qué ser los malos de la película. Fríos ángeles, si se me permite la retórica, gente optimista, incapaces de captar el sufrimiento, la perturbadora sensación de contradicción que sacude el alma de una persona enamorada y no correspondida. Y son muchas. Summer (Zooey Deschanel) es una de ellas. Un ángel, libre de espíritu, una zorra inconsciente, que va de frente con sus principios (“el amor es una fantasía”). Ciega ante el desgarrador sufrimiento de su “mejor amigo” establece con el una relación real y verdadera, de compañerismo, sexo y confidencia que se niega a etiquetar. Joseph Gordon-Levitt interpreta a ese chico solitario en su juventud, que se queda fascinado por una chica que saca lo mejor de él, su atrevimiento,  sentido del humor y sobre todo, su ilusión. 500 días desgrana la odisea de este chico por comprender la no correspondencia y de gestionar una relación (cinematográficamente hablando) inclasificable.

La cinta está contada como un sorprendente ejercicio de montaje. Una cortinilla avanza y retrocede los días según Tom ve más cerca a su ángel de su propia concepción del amor. El espectador es forzado a introducirse (e identificarse) con Tom de forma que vivimos sus pensamientos (esa secuencia partida, a la izquierda sus expectativas, a la derecha la realidad), vivimos también su ilusión (esa coreografía en mitad de la calle con dibujo animado incluido a la Menken en Encantada) y también su desesperanza. La dirección de Marc Webb es eficaz, arriesgada, y con un alto grado de preparación. Pero si hay algo que decir sobre su factura técnica es su magnífico montaje. No es casual que el póster original de la película fueran 500 fotos de Deschanel. La película es un absoluto collage de ideas, todas distintas, muy indies, de trocitos de planos, números musicales, homenajes cinematográficos y hasta caben unos cuantos cortos en blanco y negro. Esta estrategia narrativa tan caleidoscópica (que también incluye flashbacks) puede no convencer a todo el mundo ya que no deja de ser un divertimento técnico para ajustarse a los cánones de la comedia independiente y cool. Y precisamente esto perjudica un poco su discurso dramático (que es muy fuerte).

Y si hablamos de factura técnica hay que destacar su banda sonora. El soundtrack de 500 días juntos es una recopilación de canciones de los Smiths o Regina Spektor que están muy integradas en la película. Normalmente éste suele una excusa para que el director de turno meta las canciones que le apetezca (y ganar dinero) y que éstas suenen de fondo a modo de música de ascensor. Pero aquí funcionan como un musical, en conexión con las acciones y las emociones de su protagonista. El score de Mychael Danna (que habrá que esperar a su edición por separado o a su ejemplar para la Academia) suena mucho y muy bien. Una partitura pausada, sugerente, emotiva.

Pero lo mejor de esta película son sus actores. Hacía muchos años (¿década quizás?) que no presenciaba una química tan fuerte entre sus protagonistas. Literalmente te arrastran hacia una dimensión hipercreíble. Joseph Gordon-Levitt es la gran promesa del cine americano. Ésta película es lo que a Heath Ledger es El caballero oscuro. Su interpretación es precisa, natural, un torrente de emociones que se expresan en sus gestos, en su tono de voz y sobre todo, en sus ojos. Deschanel, hija del director de fotografía Caleb Deschanel (El patriota) también está soberbia. Su protagonismo no podía ser más prometedor. Una actriz multifacética, con una especial versatilidad gestual. Un personaje nada fácil porque tenemos que comprender el amor que siente Tom por ella (y realmente encadila también a la audiencia) y a la vez tenemos que odiarla por no enamorarse de él (y eso también lo consigue). Dos interpretaciones que no deben pasarse por alto bajo ningún concepto. Si por mí fuera ambos estarían en primera línea para el Oscar a la mejor actriz y al mejor actor.

En conjunto, estamos ante una entretenidísima película que se os pasará volando y que deja un poso muy importante en el espectador. Webb hace de un tema espinoso una película digerible y divertida con un guión sagaz e intimista. En cuanto a premios, es difícil que la Academia la recuerde y lo peor, que la tome en serio. Pero tiene pedigree. Si hubiera justicia en este mundo, 500 días juntos estaría nominada a mejor película, actor, actriz, guión y montaje. Y quién sabe, puede que después de todo, lo esté.