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La piel que habito
Basado en la fabulosa novela del francés Thierry Jonquet, La piel que habito, nuevo y esperadísimo trabajo de Almodóvar, llega a las carteleras esta semana con un halo de misterio y secretismo del que no ha sido capaz de despojarse ni meses después de pasar por el Festival de Cannes. El nuevo trabajo del manchego es un thriller minimalista en la forma y salvaje en el fondo que da un interesante giro a su carrera, dejando de lado las características más explícitas de su cine para abordar más profundamente el contenido subyacente en sus historias. Lo que Los abrazos rotos dejó entrever, La piel que habito lo confirma.

Con esta película comienza un nuevo Almodóvar que se muestra mucho más desgarrador, pasional y singular en el fondo que en la forma. Todo lo que antes definía lo ‘almodovariano’ de una película está derivando poco a poco en un minimalismo calmo con destellos de excentricidad y con un subtexto tan rico, profundo y desgarrado como el Almodóvar de siempre. El material está, sólo ha evolucionado a una parte más introspectiva, menos expuesta, menos explosiva, más íntima.

Y este hecho enlaza con la sensación que desprende la película de estar filmada desde una realidad, desde un mundo ajeno al que vivimos. La acción está situada en 2012, pero la forma en que actúan e interactúan los personajes, las situaciones, la presunta normalidad de la narración, dista enormemente de la realidad en la que nos encontramos; es una realidad abordada de forma diferente a cómo se aborda en películas anteriores. Y no en lo referente a la parte más científica y circunstancial de los hechos, no, sino en el día a día de los personajes, en la verosimilitud fílmica de la historia, que entronca directamente con la mente de un creador atormentado que ha estado retirado, recluido de la realidad, viviendo una rutina moldeada a su medida en la que se han deformado los recuerdos anteriores del discurrir de la vida, como si Almodóvar hubiera perdido su identidad social, pero no su identidad artística.

Porque de eso nos habla La piel que habito, de que dentro de nosotros hay algo que, por mucho que el entorno quiera cambiar, siempre permanecerá inherente a nosotros mismos, algo puro que esconde la verdadera esencia de la persona, la verdadera esencia de Vera, la verdadera esencia de Vicente, la verdadera esencia de Robert.
La piel que habito
En cuanto a la forma, Almodóvar se desprende de la opulencia y el claroscuro para adentrarse en un mundo minimalista, ultraluminoso y con pretensión de demostrar que todo lo que hay, se vea de forma clara… porque la realidad es que lo realmente importante es invisible a los ojos; está en el subtexto, en el subconsciente. La película comienza desconcertantemente con un primer acto de presentación de los hechos, los personajes y los entornos en la que el contenido narrativo es bastante difuso, por no decir directamente inexistente; son una sucesión de planos compuestos con exquisitez, como sólo Almodóvar puede hacer, pero significativamente vacíos, que dan la sensación de que el argumento no avanza. El cambio llega un poco antes de la mitad de la película, en un momento en el que se rompe la linealidad argumental y encontramos un flashback que comienza a contar toda la historia desde el principio; a partir de ahí, y en su posterior vuelta al presente, la película se activa y discurre normalmente, sin rodeos, y precisa en su ejecución.

Entre todo este batiburrillo cabe destacar una pequeña escena en la que casualmente aparece el ya clásico cameo de Agustín Almodóvar y que supone, como ya ocurrió con ‘Chicas y Maletas’ en Los abrazos rotos, un maravilloso y necesario descargo cómico para la historia, demostrando una vez más, como también demostró el ejemplo anterior, que Pedro Almodóvar sigue en plena forma para la comedia más divertida y gamberra, y que desde luego, haciendo revisión a su filmografía reciente, se echa mucho de menos.

En relación al texto original, en La piel que habito sorprende que se haya transformado tanto el material original de Jonquet, ya que la novela posee una narración excelente y un tratamiento de la historia excepcionalmente exquisito, pausado y perfectamente naturalista y normalizado, dentro de lo tenebroso de ésta. En su adaptación cinematográfica se han variado algunos personajes, algunas situaciones, y algunas relaciones entre personajes que no benefician precisamente al producto final, pero en cualquier caso, la esencia, aunque adulterada, de Tarántula, está presente.
La piel que habito
En el aspecto interpretativo, cabe destacar por encima del resto, como no cabría otra opción, el tour de force entre un Antonio Banderas contenidísimo, estirado, frío, distante pero herido en el interior y una Elena Anaya que se sabe la protagonista absoluta de la película y el objeto de todas las miradas dentro y fuera de la ficción. Correctísimos en su cometido ambos. Entre los secundarios cabe destacar la descarnada interpretación de Jan Cornet, breve pero intensa. En el lado diametralmente opuesto está Roberto Álamo, dando vida a un personaje ridículo que, para colmo, tampoco es necesario para el desarrollo de la trama y que sacan al espectador de la narración. Flaco favor hace este personaje a su carrera, a la película y a la experiencia del visionado de ésta.

En definitiva, y como cabría esperar de Almodóvar, La piel que habito es una película que no debería dejar a nadie indiferente: a unos por su historia, a otros por sus interpretaciones, a otros por su significación y a otros más por su lugar en la evolución de su autor, el director más internacional del panorama español, que en esta película ha hecho de su cine una manera más de descubrir su interior, sus miedos, sus fantasmas y su percepción del mundo. Para bien, para mal, en el mejor o en el peor de los casos, La piel que habito es, sin duda, una película que nadie debe perderse. Vayan a verla, medítenla y vuelvan aquí a contarnos sus impresiones.