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Entran en esta categoría, como es lógico, las cuatro superproducciones del año en el cine español, tanto por lo abultado de sus presupuestos como por la ambición de los proyectos. En un año que destaca por la calidad de las películas más nominadas, estas cuatro son perfecto ejemplo de lo que debe ser la producción cinematográfica.

Carlos Bernases por 1898: Los últimos de Filipinas

Probablemente la producción más ambiciosa de este año en el cine español junto a Un monstruo viene a verme haya sido la de la película histórica 1989: Los últimos de Filipinas. El responsable de controlar y distribuir los dineros fue Carlos Bernases (3 nominaciones, 1 goya), para un rodaje de nueve semanas con dos equipos y unas 1.500 personas (implicadas en toda la película, incluidos los filipinos de figuración), repartido en localizaciones como Guinea Ecuatorial, y las Islas Canarias, y que incluyó la utilización de un buque real de principios de siglo, escenas de un desembarco que finalmente se descartaron en el montaje final, y las secuencias de la selva, muy complicadas, y todo con un presupuesto que no dejaba de crecer a medida que avanzaba la producción. El rodaje en el país africano fue un gran reto, pues era el primero que se llevaba a cabo en ese país, cuyas infraestructuras son más bien malas, y los medios cinematográficos inexistentes, por lo que hubo que llevarlo todo desde aquí. Tras esto fue el rodaje de una semana en el barco en Tenerife y luego la reconstrucción del poblado de Baler en medio de la población de Santa Lucía de Tirajana (Gran Canaria). Además de los abundantes efectos especiales físicos, la postproducción requirió muchos efectos digitales y retoques en más de 2.000 planos. El resultado, pese a los mediocres resultados de taquilla, es técnicamente irreprochable, y si la película de Salvador Calvo tiene posibilidades es precisamente en estas categorías técnicas.

Manuela Ocón por El hombre de las mil caras

Podría decirse que Manuela Ocón (3 nominaciones, 0 goyas), directora de producción habitual de las películas de Alberto Rodríguez, ha hecho el más difícil todavía con El hombre de las mil caras, la película basada en las peripecias del espía y trujimán llamado Francisco Paesa, que tiene más que ver con el Tony Leblanc de Los tramposos que con el agente 007. La película contaba con un presupuesto de 5 millones de euros para un rodaje de 11 semanas, cuya mayor dificultad radicaba en la cantidad de localizaciones (Madrid, París, Ginebra y Singapur) y por añadidura la necesidad de recrear una época cercana en el tiempo pero con características muy marcadas, sobre todo en España. Todas estas complicaciones se resuelven haciendo una fase de preproducción larga que lo deje todo atado y bien atado, para sacar el mejor partido a los recursos humanos y materiales que se tienen, para una película con una historia compleja, muy fragmentada y con muchas aristas. Rodar en ciudades como París en el momento en que se produjeron los primeros atentados de Isis y en lugares emblemáticos, o en Singapur, donde tuvieron que llevar coches de la época porque por ley está prohibida la circulación de coches de más de diez años son trabas que sólo se solucionan con un trabajo brillante en dirección de producción, y en este caso la de Manuela Ocón es impecable, y una firme candidata al premio en esta categoría.

Pilar Robla por La reina de España

El hecho de que la última película de Fernando Trueba haya pasado con más pena que gloria le ha restado muchas posibilidades en las nominaciones a los Goya, relegándola casi únicamente a categorías de las llamadas técnicas. Pero no por ello se debe pasar por alto el gran trabajo de Pilar Robla (2 nominaciones, 0 goyas), cuya dificultad en La reina de España estaba sobre todo en la complejidad de decorados construidos en España y en Budapest, los dos lugares donde se rodó. Su perfecto entendimiento con Trueba, tener claros sus necesidades y deseos, y además saber campear los contratiempos como un rodaje en exteriores durante un mes de abril más lluvioso de lo habitual y los constantes cambios de logística, hacen del trabajo de dirección de producción algo muy loable y merecedor de esta nominación, no más.

Sandra Hermida Muñiz por Un monstruo viene a verme

Bayona ha vuelto a contar con gran parte del equipo de El orfanato y Lo imposible para Un monstruo viene a verme, y una pieza importante es Sandra Hermida (3 nominaciones, 2 goyas), que se llevó el cabezón a casa precisamente por esos trabajos. Sandra estuvo implicada desde el principio, y fue una de las primeras en conocer las intenciones del director de trasladar la novela al cine, un proyecto cargado de dificultades técnicas porque Bayona tenía muy claro desde el principio su potente estética desde los títulos de crédito, la mezcla con varias técnicas de animación y la relación del niño con el arte. En los dos años de producción se incluyen un rodaje de 16 semanas que transcurrió entre los exteriores de Manchester y los interiores, que se hicieron en los platós del Parc Audiovisual de Tarrasa. Una de las complejidades mayores fue rodar con un personaje que es el segundo en apariciones en pantalla que no existe físicamente y que además es enorme, pero con el que tenían que interactuar todos los elementos, lo que se logró con  división de planos, la ayuda de empresas de previsualización en set y animáticas que facilitaron la información técnica para la construcción de los decorados.  También tuvieron que rodar con Liam Neeson con la técnica de Performance Capture y junto a Lewis McDougall, lo que le sirvió como un ensayo general para el rodaje posterior. Y a todo esto se unió un año de postproducción, que corrió casi por completo a cargo de todo el equipo de Lo imposible. Un trabajazo de producción que sin duda es el punto fuerte de esta categoría.

Ganará: Sandra Hermida Múñiz por Un monstruo viene a verme
Debería ganar: Manuela Ocón por El hombre de las mil caras
Molaría que ganara: Carlos Bernases por 1898: Los últimos de Filipinas