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Recuerdas aquel momento de tu vida de forma muy nítida. Alguien coge de la estantería un VHS titulado, por ejemplo, Con Faldas y a lo loco. Te dicen:  ya eres suficientemente mayor para apreciar el cine clásico y si hay que empezar por alguien ese es Billy Wilder. Al principio no prestas mucha atención, dos músicos que son testigos de un ajuste de cuentas entre mafiosos y tienen que huir de la ciudad y para ello se visten de mujeres y se enrolan en una banda (solo) de mujeres y, de repente, Marilyn Monroe.

Ya estás atrapado, te ríes a carcajadas con Jack Lemmon, te enamoras de esa rubia de buen corazón que siempre se cuelga por saxofonistas y quieres ser tan seductor como Tony Curtis vestido de magnate. Deseaste vivir en esa película y ser esos personajes acabados, maltrechos pero felices, nada cínicos, apasionados… Fue la primera vez que sentiste ese maravilloso nudo en el estómago, que, como el primer beso, nunca se olvida.

Y si no te ha pasado con Billy Wilder quizá fue Casablanca, o Qué bello es vivir, o La princesa prometida o Historias de Filadelfia

Esa sensación vertiginosa al salir del cine no ocurre a menudo. De hecho, no importa porque muchas de tus películas favoritas no han tenido ese efecto, han tenido, en todo caso, otros. Pero inconscientemente lo sigues buscando y en los últimos años pocos títulos han conseguido noquearte sentimentalmente. Abrumarte. Hacerte tan feliz.

Fuiste a ver La La Land con las expectativas por los aires. Y la devoraste o te devoró ella a ti. Crees que el verdadero musical es el de Fred Astaire porque te gusta ver a los protagonistas bailar esas coreografías elegantes e imposibles, el movimiento atlético de Gene Kelly, el claqué, la música orquestada… Y La La Land tiene todo eso, sí, es maravillosa y te ha producido esa sensación que añorabas. A ti y a todo el mundo, estás en medio de un fenómeno cinematográfico, todos silban los tres acordes de City of Stars por la calle, es la película favorita de tu madre y también de ese amigo que solo ve películas de acción y cuando las echan en la tele. ¿Qué demonios pasa con La La Land? La respuesta es muy, muy sencilla: ES CINE CLÁSICO.

BREVE HISTORIA DEL MUSICAL

Antes de seguir es importante destacar el western y el musical son los dos invento de los americanos. Un producto exclusivo de Hollywood. Y curiosamente los dos tuvieron su época de esplendor en los años dorados de la industria -no olvidemos que la primera película sonora es un musical- para después pasar a ser géneros de segunda. Pero eso sí, no ha habido ni una sola década en la que no se estrenara un musical que abanderara a toda una generación o que se convirtiera en un icono cinematográfico: West Side Story, Cabaret, Grease… Y en los últimos 20 años tenemos Moulin Rouge o Los Miserables como dos estandartes del musical modernizado.

Sin embargo, La La Land rompe con la tendencia y se acerca al pasado. Se podría decir que la película de Damien Chazelle es puro cine clásico, que no es lo mismo que cine clásico purista.

LA GENTE YA NO ESCUCHA JAZZ NI VE CINE CLÁSICO

En un momento de la película el personaje interpretado por John Legend, un músico de jazz que ha formado una banda fusión entre el pop la electrónica y el jazz le dice a Sebastián, el personaje de Ryan Gosling que sueña con montar un local de Jazz, que se olvide, que nadie ya escucha Jazz, precisamente porque los puristas como él lo están matando, no es el momento de aburrir a los espectadores con música de hace 30 años, es momento de innovar, crear, fusionar, adaptar y crear tendencia.

Esta reflexión durante la película es breve pero suficiente para analizar a toda una industria. ¿Qué es Whiplash si no un acercamiento brutal, directo y de ritmo endiablado hacia el Jazz más puro? Pero no se trata de ignorar el cine clásico o la esencia del género musical que Miles Davis revolucionó unas cuatro veces. Se trata de visitarlo, de conocerlo… Es simplemente un asunto cultural

“No veo mucho cine moderno desde hace unos años. Paré porque no significa nada. Nos inundan con imágenes y palabras que no significan nada”

Martin Scorsese ya no ve cine. El tipo que se encerraba durante meses con Robbie Robertson en su casa para ver una película tras otra, con las persianas cerradas y un montón de coca encima de la mesa ya no ve cine. Scorsese es un intelectual un tipo de mente enciclopédica que ama, por encima de casi todas las cosas, el cine clásico americano.

Él junto a Warren Beatty, Brian de Palma, Francis Ford Coppola, George Lucas o Steven Spielberg revolucionaron el cine de Hollywood después de memorizar el trabajo de sus héroes, de John Ford, de Howard Hawks, de Alfred Hitchcock… lo llamaron Nuevo Hollywood.

Desde entonces nada parecido ha ocurrido. Los directores han roto con el Hollywood clásico y la industria se nutre de películas de superhéroes, un género divertidísimo pero que no aporta demasiado (más allá de lo obvio) a los espectadores. Las grandes obras modernas lo son porque mantienen un diálogo con otras obras maestras. Una armonía como la que se produce entre Gravity y 2001: Una Odisea en el Espacio, por ejemplo.

O sin ir más lejos entre El Episodio IV: Una Nueva Esperanza de Star Wars y el VII El despertar de la Fuerza. Lo pueden llamar copia, reboot pero lo que hace J.J. Abrams es revisar los engranajes de la aventura clásica sobre los que George Lucas construyó todo su imperio y se los presenta a las nuevas generaciones a través de una auténtica revolución narrativa. Básicamente convierte a los protagonistas en millenials, en jóvenes que han nacido en el peor momento posible pero que no van a dejarse pillar por un trabajo de mierda, que van a seguir esforzándose para hacer realidad sus sueños.  Rey, la joven chatarrera de Jakku pertenece a la misma generación que Sebastián, el pianista de La La Land. Podrían convivir en la misma película aunque ella sea un Jedi y él un músico de Jazz.

UNA NUEVA ESPERANZA

Hay muy pocos directores jóvenes que hagan cine clásico, y no el que rueda Clint Eastwood, que comienza a dar sus primeras señales de cine trasnochado, sino el cine clásico de J. J. Abrams, el de J. A. Bayona, el de Alfonso Cuarón, el de Jeff Nichols o el de Damien Chazelle. El Nuevo Nuevo Hollywood. Manejan el tono como lo hacían en la época dorada, piensan cómo contar las historias para que el público las vea, saben que rodar el primer plano de una cara es mil veces mejor que cien paisajes imposibles, saben cuál es el tempo qué funciona y sobre todo reconocen en sus personajes a los espectadores, les miman, les dan voz a las nuevas generaciones sin olvidarse de los sueños de los más viejos. Desechan el cinismo y se divierten.

Y por eso La La Land es un fenómeno mundial. Porque si hoy Woody Allen volviera a rodar La Rosa Púrpura del Cairo y Cecilia fuera al cine para escapar de su gris vida de camarera en Nueva Jersey  no sería a Fred Astaire a quién vería bailando en la pantalla… Serian Sebastián y Mia bailando al lado de una farola en una espléndida noche de Los Ángeles, ella con un vestido amarillo, los dos con zapatos de claqué y todos los demás con un gran nudo en el estómago.