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Pau Freixas (Barcelona, 1973) se confiesa admirador del cine de Spielberg y Zemeckis y se expresa con una honestidad y un entusiasmo arrolladores. Ambas cualidades están en la esencia de Héroes, su segunda película que se estrena hoy en cines de toda España. En ella rinde homenaje a los años ochenta y propone recuperar al niño que llevamos dentro. “Hay películas que te afectan más que muchos de los días que has vivido y que se convierten en recuerdos propios muy potentes”, reconoce en esta entrevista.

Pregunta: ¿Cómo saltas del cine de terror a rodar un melodrama tan personal como Héroes?
Respuesta:
Desde que decidí que quería hacer cine, de lo único que me había preocupado era de rodar de películas, sin importarme lo que contaba. Me tiré mucho al género de terror para adolescentes, en el que de implicación personal había cero. No me planteaba contar nada que me interesara personalmente, sólo me fijaba en la estructura, los tres actos, la realización, los actores…. El terror sólo era una forma de jugar con la narrativa. Pero lo que es la tesis de la película no me lo había ni planteado. Recuerdo muy bien estar en el cine el día del estreno de Cámara oscura, mi anterior película, y pensar: “¿Tanto esfuerzo para esto?”. Coincidió con que Luis de Val, de Media Films, me ofreció producir mi siguiente película y me preguntó qué quería hacer. Pensé que contar algo que me importara de verdad y, por la etapa vital en que me encontraba, me vino la nostalgia de la infancia. El concepto de partida era una historia de niños, que nos remitiera a aquella época, aquellos veranos, aquello que echamos de menos, nuestra visión del mundo.

Estamos en una época en que lo cínico mola. Es verdad que el cinismo implica inteligencia. House es cínico y brillante y divertidísimo y lleno de capas porque por debajo hay un gran corazón. Pero el otro lado de la moneda es que el inocente es tonto.

P: Es que parece que la inocencia ha desaparecido de nuestras vidas.
R:
Estamos en una época en que lo cínico mola. Es verdad que el cinismo implica inteligencia. House es cínico y brillante y divertidísimo y lleno de capas porque por debajo hay un gran corazón. Pero el otro lado de la moneda es que el inocente es tonto. Y si algo tenían los ochenta era esa primera capa: decir las cosas tal y como son, no ir con una máscara… Las caras que pones es lo que te está pasando y lo que sientes es lo que se ve. Es un valor muy bonito que se ha ido perdiendo. Cuando hicimos el casting buscamos niños que tuvieran escrito en los ojos que son buena gente, nada del típico niño cabroncete. Lo más chungo que tenemos es Ekaitz y de chungo no tiene nada, simplemente tiene un poquito más de carácter.

P: ¿Como localizasteis a estos niños, y, sobre todo, a Marc Balaguer, que es el vivo retrato de Corey Feldman?
R: Eso fue totalmente casualidad… Vimos 800 niños, pero uno a uno. Al final nos quedamos con esto cinco. Dos semanas antes de empezar el rodaje los llevamos a una casa de colonias con piscina, caballos… increíble. Y les tuvimos allí hasta terminar. Si había siete fines de semana, sólo se fueron a su casa tres o cuatro. Con lo cual, hicimos una especie de inmersión para que la relación entre ellos fuera real. Y también para implicarme yo con ellos y crear un vínculo emocional fuerte que me permitiera dirigirlos desde dentro. Se trataba de conseguir que su verano, el de los niños, fuera único, el más potente de sus vidas y que supieran que tenía una fecha de caducidad. Porque es lo mismo que pasa en la película. Acuérdate de cuando te ibas a las colonias una semana y cuando te despedías de los amigos era como si llevaras allí un año.

P: Porque hay mucho de tu propia vida en la película.
R: Sí… Albert Espinosa hizo la primera escritura, donde no había componentes dramáticos, sólo se contaba la historia de aquel verano. Luego yo le metí la parte dramática de la última media hora y también la perspectiva adulta. Y empecé a incluir una serie de componentes autobiográficos. Si hasta ese momento no había contado nada personal, me fui al otro extremo. Quería contar mis recuerdos, lo de mi familia, contar la pérdida… Por ejemplo, la escena en que Nerea Camacho le da el beso al chaval y él se levanta y se va. Algunas personas del equipo me decían: “Igual debería decirle algo en plan ‘Me tengo que ir…”. Y yo respondía: “Es que yo lo hice así”. Y todo eso con el telón de fondo la nostalgia de la infancia y de los ochenta, que fueron unos años con un encanto del que nos quedamos enamorados todos los que vivimos aquella época.

P: Y la has llenado de referencias a esa época, recurriendo sobre todo a la iconografía del cine de Hollywood.
R:
Los americanos tocaron mucho este tema y con este color. Cuenta conmigo, Los Goonies, E.T…. Al meter todas esas referencias en la película no quise plantearlo como guiño sino como algo totalmente obvio. Porque eso era nuestro telón de fondo de la infancia. Salías le cine de ver Karate Kid y ése era tu mundo: durante unos días no querías otra cosa que hacer la grulla. Por tanto, en Héroes no se trataba de hacer el guiño, sino de reproducir que todo aquello era de verdad tu mundo. Cada vez que planteaba una cosa de estas, se generaba mucho debate con el equipo. Me decían: “¿Esto no es muy obvio?”. ¡Pues claro, superobvio! Que nadie diga: “Mira, intenta meter nosequé”, sino que sea: “¡Mira, lo ha metido!”. Cuanto más a saco, mejor. Más se entenderá lo que estamos haciendo. “¡Vamos a meter el plano de E.T. con la bicicleta!”. Porque al final, lo que hace que la película conecte con la gente es que reconocen todo esto como su universo propio.

‘Cuenta conmigo’, ‘Los Goonies’, ‘E.T’…. Al meter todas esas referencias en la película no quise plantearlo como guiño sino como algo totalmente obvio. Porque eso era nuestro telón de fondo de la infancia.

P: ¿No te dio vértigo hacer una película que pudieran tachar de sensiblera?
R:
Es mi batalla con el cine español… Bueno, en realidad es mi debate de bar con los amigos. Creo que no hay que tener vergüenza de jugar con las emociones a saco. Cuando te pasan cosas en la vida, las emociones tienen una presencia enorme. Si algo te ha dolido, lloras; y si te hace gracia, ríes. Los americanos lo juegan a fondo porque son más extrovertidos, es parte de su cultura. Y nosotros vamos al cine y lo disfrutamos. Pero cuando abordamos este tipo de historias, nos acabamos quedando en una especie de realismo que está muy bien para un tipo de cine. Pero para otro, que es el que a mí me gusta -el de Spielberg, Zemeckis y toda esa tropa-, lo que hace falta es saltarse las vergüenzas. Yo decía: “Aquí pondremos el Ti amo de Umberto Tozzi a tope” y había gente que me decía que les daba vergüenza. Pues sí, es esa sensación que tienes cuando eras pequeño, que sientes que todo te va grande. Creo que la vergüenza es algo muy infantil, porque de mayores te escaqueas de las situaciones que te la producen.

P: ¿Eres consciente de la capacidad de conmover de Héroes?
R:
De eso me di cuenta en el Festival de Málaga. Como estás tan implicado, es un viaje tan largo, lo conoces todo tanto, cada plano tiene una historia y conoces a cada niño, llega un punto en que no sabes si la emoción es por la película o por todo eso que llevas en la cabeza. Pero cuando la proyectamos en Málaga nos dimos cuenta de que a los espectadores les estaba pasando algo muy especial. Y en todos los pases previos que hemos hecho la reacción ha sido espectacular. Incluso yo, que soy muy prudente y me da mucho miedo llevarme chascos, me doy cuenta de que la película emociona. Espero que ahora que llega a las salas esto siga así y consiga generar esa energía.

 

CRÍTICA: ‘Héroes’, la película de una generación