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La mañana se ha levantado reivindicativa con la adaptación al cine de la obra de teatro de gran éxito El rey tuerto. Marc Crehuet dirige, como ya hiciera en las tablas, esta comedia negra de enredo que tiene como punto de partida una cena en la que coinciden una pareja formada por una chica de barrio con aspiraciones y un antidisturbios que se citan con una amiga de ella, trabajadora en una agencia de publicidad y su novio antisistema convaleciente de un pelotazo de goma en una manifestación propinado por… su compañero de mesa.

La propuesta, como muchas otras basadas en textos teatrales (La punta del iceberg, por ejemplo, que pudo verse ayer), arrastra su origen dramático formalmente. Que el adaptador a imágenes sea el mismo que puso en pie la función teatral tampoco juega a su favor: los reiterativos subrayados, los guiños al público en directo que en sala se pierden, o lo farragoso y alambicado del texto, son solo algunos ejemplos de una película cuyo mayor dislate es intentar erguirse como un texto panfletario en pro de la izquierda reivindicativa, para acabar resultando un involuntario justificante de la derecha más reaccionaria. Un desliz que, probablemente sin intención, convierte la película en todo lo contrario de lo que a priori pretende, por más que sus dos estupendos protagonistas, Miki Esparbé y Alain Hernández, hagan un tour de force bastante estimable.

La directora Manuela Moreno, que ya trajo el año pasado al festival su Cómo sobrevivir a una despedida, con desastrosas consecuencias, regresa al certamen camuflada tras el apellido Burló con Rumbos, una propuesta más personal, que, aún llegando tarde en forma y fondo, resulta un estímulo más gratificante que su anterior trabajo. Durante una noche de verano barcelonesa, varias historias que ocurren en diversos vehículos de toda índole, están abocadas a confluir. Resulta curioso que una segunda cinta peque de ópera prima, pero su aparente inseguridad salvada con un tono trágico-trascendente y el desequilibrio dramático manifiesto entre varias de las historias entre sí, hacen de Rumbos una cinta irregular, pero estimable por el simple hecho de contar con una visión, una intención y un esfuerzo palpable para poner en pie una historia coral de situaciones aparentemente cotidianas que es complicado que acabe siendo redonda si no es en manos de verdaderos expertos.

Envuelta en un halo de desesperanza salpicada de pequeños flashes de humor y con un reparto tan desequilibrado como su carga dramática, Rumbos es capaz de lo mejor y de lo peor con solo un cambio de plano, pero también es capaz de armar una atmósfera y una empatía en algunos de sus pasajes que no son fáciles de conseguir en una historia tan forzada a congeniar consigo misma. La barcelona solitaria de una noche de verano, acompañada por programas radiofónicos de testimonios es un personaje más de este intento de redimir y olvidar el pasado que consigue a medias porque por suerte, de aquellos polvos, no siempre vienen lodos.