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Hoy arranca la edición número 19 del Festival de Málaga, que debería de ser la gran cita para la presentación del cine español del año. Sin embargo, no veremos por aquí El hombre de las mil caras de Alberto Rodríguez (que seguramente se esté reservando para San Sebastián), El olivo de Icíar Bollaín, Tarde para la ira con la que debuta en la dirección Raúl Arévalo, Que Dios nos perdone de Rodrigo Sorogoyen, Nacida para ganar de Vicente Villanueva ni mucho menos Un monstruo viene a verme de J.A. Bayona, como tampoco hemos visto Julieta de Almodóvar, Kiki, el amor se hace de Paco León (que sí trajo aquí las dos Carminas) ni Cien años de perdón de Calparsoro.

Es decir, que una buena parte, si no la principal, de los estrenos más esperados del año prefieren otros foros para presentarse en sociedad. Aunque la incapacidad de Málaga para atraerles a su programación no sea ninguna novedad, duele constatar que el Festival se afiance como espacio para títulos de segunda. Segunda fila, ojo, porque de calidad siempre hay esperanza. No en vano de aquí salieron títulos imprescindibles como Tres días con la familia, Héroes, Stockholm o Carmina o revienta, por señalar sólo más obvios.

En lo que no falla el Festival es en concentrar a todas las estrellas del cine español, sobre todo a las ascendentes. Jóvenes actores y actrices que hacen gritar a la pléyade de fans adolescentes que siembran los márgenes de las calles en torno al Teatro Cervantes. Aquí el “talento estelar” de Louis B. Mayer se mide con sonómetro.

Quizá haya sido esa la razón para escoger como película inaugural Toro, de Kike Maíllo a pesar de que hoy mismo se estrena en salas de toda España. No hay primicia en el Cervantes, pues cualquier espectador de cualquier rincón de España habrá podido ver la película en su cine más cercano antes de su pase de gala en el Festival. También se han publicado por adelantado las entrevistas al equipo y las críticas como esta, de forma que lo único que le queda a Málaga es su especialidad: la alfombra roja con adolescentes desatadas que, por cierto, este año cambia su recorrido por delante del teatro para darle mayor espectacularidad.

Sin embargo, más allá de estas consideraciones sobre la oportunidad, Toro se presenta como una opción idónea para abrir el certamen. Segunda película del ganador del Goya al mejor director novel por su ópera prima Eva, Kike Maíllo propone una cinta extraordinariamente ambiciosa: una metáfora sobre la España de hoy bañada por un look postmoderno a lo Winding Refn. Las aspiraciones de Toro son tan altas que pronto el espectador comprende que no las puede alcanzar.

La visión fraticida de España identificada en tres hermanos dedicados al mundo del hampa suena a ya vista -y tanto-. Aún así, es pertinente y, en efecto, habla bastante bien del momento de descomposición nacional -en más de un sentido- que atraviesa el país y de los antihéroes que protagonizan su vida: los que quieren redimirse, los que chapotean en el fango y los que flotan sobre la basura apoyándose en las cabezas de los anteriores. Lo malo es que no hay análisis, ni conclusión, ni mucho menos redención, sino simple exposición de motivos. El guión de Rafael Cobos y Fernando Navarro acierta en el retrato pero no trasciende.

Esa es, precisamente, la principal falla de la película: la falta de estrategia. No sabemos hacia dónde va la historia, que se plantea más como una sucesión de situaciones de thriller que como una historia de suspense sostenido en aras de lograr un objetivo que, prácticamente, no existe. El único hilo conductor de la historia es que el protagonista debe de llegar a dormir a la cárcel, a pesar de las múltiples complicaciones que surgen por el camino a modo de las tentaciones de Cristo. Pero no es suficiente para sostener una narración que pretende ser intensa y vibrante. Tampoco hay estrategia en las sucesivas persecuciones, atracos y fechorías varias. O si la hay, el espectador no la conoce, con lo que nunca llega a hacerse cómplice de lo que ocurre.

El principal hallazgo de la cinta nace de su otra gran ambición: ser la versión ibérica del Drive de Nicolas Winding Refn. En la búsqueda de un ambiente psicodélico, enrarecido y hasta lisérgico, Maíllo ha descubierto Torremolinos 2016. Lo que en los setenta fue una oda a la modernidad y el desarrollo de una España pueblerina y caduca, es ahora una terrorífica muestra del quiero y no puedo y de la decadencia más vergonzante. Sus extraños edificios creados a imagen de la gran arquitectura de la época, los neones de colores fosforescentes y los garitos de moquetas imposibles se convierten en el exquisito escenario de esta historia, sirviéndola y amplificándola con la generosidad de quien fue hermosa tiempo atrás y muchos años después alguien la rescata del olvido.

Pero el deseo de ser Drive se paga caro. Toro no logra ni el ritmo, ni la atmósfera, ni el grado de violencia, ni la sexualidad de la original. Mario Casas no es Ryan Goslin ni su bomber negra puede compararse a la cazadora del escorpión dorado. Si Goslin era puro misterio, Casas se queda en bravucón. Nos hubiera encantado ver al Mario Casas de La mula o Mi gran noche, sensible e inocente, pero en cambio tenemos al chulo de barrio de Tres metros sobre el cielo, matizado tan solo por sus deseos de redención, pero que nunca llega a dar verdadero volumen tridimensional a su personaje. Más acertado está Luis Tosar, perro viejo que dota de humor y patetismo a su perdedor egoísta. Y, por supuesto, nada que objetar a José Sacristán, que saca adelante un esquemático capo de la mafia obsesionado con la Semana Santa que en otras manos habría sido un disparate.

Ah. Pues al final va a resultar que Toro sí que se parece a la España de hoy: un ambicioso intento de copiar a nuestros vecinos europeos que se queda a medias y no satisface.