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La española 'El jugador de ajedrez' y la chilena 'La memoria de mi padre' son tan correctas como aburridas
La sección competitiva de Málaga llega hoy a su fin con uno de los títulos más esperados de la selección: Pieles, el debut en el largometraje de Eduardo Casanova, un mosaico de personajes deformes e inadaptados que buscan su lugar en el mundo. Enmarcado en un universo de colores rosa y pastel, los personajes de Pieles buscan querer y ser queridos, anhelan sueños que para el resto son derechos y se reivindican lo diferente como bandera.
Una cinta extrema -que algunos recibirán con disgusto- y atípica que encuentra en su propia diferencia su mayor baza, pues argumental y narrativamente se despacha en poco más de unas líneas. Pieles es un triunfo por su mera existencia, pero el armazón, construido impecablemente en rosa y violeta por el propio Casanova, se debilita en el interior por una propuesta menos rotunda de lo que lo es visual y técnicamente. No hay duda de que ha nacido un autor, pero su gran y rotunda película aún está por llegar. Y seguro que llegará.

En las antípodas a Pieles se sitúan las otras dos cintas a concurso de hoy. La memoria de mi padre es un drama chileno que retrata la decadencia de un anciano enfermo de Alzheimer y su obsesión por encontrar a su mujer, que ha olvidado que murió algunos meses atrás. Su hijo, guionista de series de televisión, divorciado y sin ganas compromisos, se ve abocado a cuidar de él y termina por participar en la búsqueda de su madre.

El tratamiento que el debutante Rodrigo Bacigalupe hace de la cuestión tiende a lo sentimental esquivando no se sabe bien por qué los aspectos más sórdidos del deterioro físico para primar una historia casi romántica que nunca interesa ni emociona. Todo es correcto en la película, también sus dos actores, pero aburre.

Algo similar le pasa a la española El jugador de ajedrez, de Luis Oliveros, vinculado hasta ahora casi siempre a la televisión. Seguramente esa es la razón de que la cinta, basada en la novela de Julio Castedo, tenga las hechuras de un telefilm de sobremesa. También el argumento: un jugador de ajedrez en la España de los años 30 que con el triunfo de Franco termina emigrado a París no por cuestiones ideológicas sino porque su mujer es francesa. Allí poco después llegan los nazis y terminará con sus huesos en la cárcel acusado de espionaje. Y, como anuncia su título, el ajedrez será su llave a la salvación.

En general, El jugador de ajedrez se percibe como una película prefabricada. Las calles de Budapest donde se rodó nunca terminan de ser creíbles como Madrid o París; Marc Clotet está extrañamente falto de carisma y el resto del reparto compone personajes esquemáticos; los malos son prácticamente figuras de un museo de cera; y los acontecimientos nunca nos deparan ningún giro fascinante. La película puede tener su público, pero no está en este Festival.