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Los gallegos que tanto saben sobre el Poniente, llaman luscofusco al momento en el que no es de día ni de noche y, como añade el diccionario, “la luz desaparece casi por completo y las cosas se perciben como sombras”. Precisamente en el luscofusco se desarrollan los momentos clave de La reconquista y Your Name, la dos películas que se han presentado hoy en la sección oficial de San Sebastián. Después de una semana de largometrajes protagonizados por personajes rotos y sin futuro, de hurgar en lo más feo del ser humano cuando no directamente en la maldad, hoy al fin es el turno del amor. O mejor, del romanticismo, que no necesariamente es lo mismo ni van de la mano.

Por ejemplo, Jonás Trueba en La reconquista narra el reencuentro de dos jóvenes que cuando tenían 15 años se escribieron una carta prometiendo que su amor adolescente sería eterno y ahora a los 30 a penas saben el uno del otro. Estamos ante el cuarto largometraje de su autor, que consolida aquí su voz y su mirada, deudora del cine de otra generación, pero no por ello menos personal y seductora.

Estructurada en tres bloques, el primero empieza bajo el viaducto de la calle Segovia de Madrid, convertido a estas alturas en epicentro geográfico del cine del tercer Trueba. Allí se produce el reencuentro entre dos personas justo en el luscofusco, cuando la luz desaparece casi por completo y el amor se percibe como sombra del pasado. Ella trae una carta que él asegura -y nos lo creemos- apenas reconoce. Y atendemos a su cita con el placer del voyeur a través de la mirilla: les escuchamos evocar lo fueron y explicar lo que son y advertimos que, pese a todo, pese a la mala suerte -o la mala cabeza, quién sabe- de ella y pese al compromiso de él, aquellas brasas siempre podrían reavivarse.

Y así cae la noche. Acuden a un concierto donde el cantautor, un remedo de Dylan o de Cohen, parece hablar sólo para ellos. Que sea el padre de ella es meramente circunstancial, tan sólo explica que cuando más tarde ella se sienta al piano sea capaz de rompernos el corazón. Y después del concierto viene también el baile, de forma que Trueba logra redondear la ocurrencia felicísima de que por momentos La reconquista pueda llegar a ser un elegante musical.

Con el amanecer pasamos al segundo capitulo, ese en el que el guerrero que ha logrado mantener alta la guardia, llega a casa al borde de sus fuerzas. Allí le espera su pareja actual, su amor de verdad. Y así vemos al idealizado amor romántico, el alimentado por los relatos más clásicos, contrastado con el amor cotidiano, menos bombástico pero más profundo. “¿Vas a volver a verla”, le pregunta ella.

El tercer y último tramo es el de la evocación, el origen de todo. En un hábil guiño, en los recuerdos no hay luscofusco, sino claridad y color. Tal vez sea este tramo donde Trueba afloje por momentos las riendas de la narración, pidiendo varias veces al espectador un poco más de paciencia. Pero merece la pena. Porque La reconquista regala una mirada al romanticismo llena de nostalgia, no por perdido -sabemos dónde está y podemos acudir a él- sino por superado.

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En cambio, Your Name, que se proyecta fuera de concurso, es arrebatadamente romántica. La nueva cinta de animación de Makoto Shinkai acude a los grandes mitos del género para reivindicarlos y darles otra vuelta de tuerca más. Si es que aún es posible. Dos adolescentes descubren que un día sí, uno no, sus cuerpos se intercambian. Pero lo que al principio es confusión poco a poco se va tornando en dependencia. Los dos jóvenes tratarán de encontrarse pero no sólo les separa la distancia, también el tiempo. Sólo el luscofusco les podrá reunir.

Para hablar de You Name es inevitable citar a William Dieterle y su indeleble Jennie, en la que Jennifer Jones y Joseph Cotten se enamoraban a pesar de vivir en épocas diferentes; y también a las películas que practican el body swap, el intercambio de cuerpos, casi siempre como artefacto cómico tales como ¡Este cuerpo no es el mío! o Vernes loco. También a Big donde además de que el protagonista mute su físico también late la idea del amor y el destino. A todo ello hay que sumarle la sombra de Fukushima -o, yendo más allá, de Hiroshima-, el cataclismo que amenaza con interponerse entre los dos.

Cono todo y con eso, Your Name no es una película para todos los gustos. Su tono conscientemente almibarado, su narración algo reiterativa y sus canciones horterillas, gusta pero cansa.