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El Festival de Málaga ha arrancado esta mañana con la proyección, en sección oficial pero fuera de concurso, de Yo, don Giovanni, la nueva película de Carlos Saura en la que recrea la biografía de Lorenzo Da Ponte (encarnado por el actor Lorenzo Balducci), un sacerdote y poeta veneciano desterrado por la Inquisición en Viena y que termina escribiendo libretos para varias óperas de Mozart y muy especialmente Don Giovanni, un personaje que resulta un trasunto del propio Da Ponte.

El propio Carlos Saura tiene también algo en común con el personaje, a pesar de que él lo niegue: “No he sido nunca un donjuán, me he limitado a tener hijos con varias mujeres”, ha bromeado el director en la rueda de prensa de presentación. “Es una película muy querida para mí”, ha afirmado. Quizá se deba en parte a las dificultades financieras que obligaron a interrumpir el rodaje durante más de un año y que llevaron al realizador a pensar que nunca lograría terminar la cinta.

La película tiene algunas singularidades. La más chocante es la puesta en escena, en cuyos inmensos decorados se mezclan construcciones y elementos de atrezo con inmensas fotografías del propio Saura impresas sobre lonas de plástico que sirven de fondo para la práctica totalidad de las secuencias. Esta idea dota a la cinta de una muy buscada teatralidad, quizá artificiosidad, que se revela un recurso narrativo muy interesante al difuminar los límites entre los acontecimientos de la vida de Da Ponte y su retrato en la ópera de Mozart. No es una idea nueva –la usó, por ejemplo, George Cukor en My Fair Lady-, pero funciona aquí a las mil maravillas, en buena medida gracias a la luz de Vittorio Storaro.

20100417bTambién es llamativo el hecho de todos los actores que incorporan a los cantantes de ópera –algunos de los culaes son persoanes capitales en la narración- son músicos auténticos que interpretan sus piezas delante de la cámara, sin que medie doblaje alguno. Así se brindan algunos planos fascinantes –“eróticos”, para Saura- de la soprano Ketevan Kemolidze en plena aria, que da vida a la amante del protagonista.

Desde luego, pocas personas más adecuadas que Saura para filmar una película en la que pesa tanto la parte musical, no sólo por obras como Tango sino también como director escénico de obras como la Carmen de Bizet, en un montaje que todavía gira por los grandes teatros del mundo.

El problema es que según avanza,Yo, don Giovanni se va ganando en solmenidad hasta hacerse algo plomiza. La trama, que arranca casi como un thriller dieciochesco, se torna pronto en un drama bastante previsible que se prolonga por encima de las dos horas. El personaje de Da Ponte, una vez llega a Viena, pierde irremediablemente protagonismo al toparse con Mozart y su entorno, lo cual hace que la narración se disperse. Tampoco ayuda el hecho de que la escritura de Don Giovanni es también la principal trama del Amadeus de Milos Forman, un referente demasiado popular parta medirse con él. Además, la relación entre el compositor y su admirador y rival Salieri que reconstruía Forman es mucho más interesante que la colaboración más o menos fluida entre Mozart y Da Ponte.

La película es, pues, un hueso duro de roer para el público y a buen seguro va a tener complicada su distribución comercial. Ahora, como ejercicio de creación –aunque Saura rechace ese término- resulta bien interesante.