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Fernando Fernán Gómez con el Oso de Oro honoríficoDesde que se ha conocido la noticia de la muerte de Fernando Fernán
Gómez -y así será en los próximos días- mucha gente mucho más
autorizada que yo ha dedicado conmovedores y elogiosos plantos a su
figura. Yo no tuve más que una ocasión para conocerle pero me voy a
permitir la licencia, pese a mi escueta experiencia, de dedicar unas
líneas a recordar aquella tarde.

Una amiga común me brindó la ocasión de visitarle en su casa. Desde que su dolencia le tenía más o menos confinado, sus amigos peregrinaban gustosos y con frecuencia a su residencia de las afueras de Madrid. Ir a conocer a Fernán Gómez era, claro, muy emocionante, pero producía también cierta inquietud habida cuenta de alguna que otra bronca televisada o de aquella regañina que le propinó a una antigua compañera de trabajo.

Emma Cohen abrió la puerta y sus enormes ojos. Nada más entrar en la casa, al doblar una esquina, aguardaba Fernando en su sillón. Pese a susdificultades para moverse, su aspecto era tan imponente como esperaba.
– “Encantado, tocayo”, le dije.
No sé cómo pude dirigirme de forma tan poco respetuosa a alguien tan ilustre. Por un instante temí escuchar el trueno que tanto temía. Pero fue todo lo contrario: me sonrió con extrema simpatía y me invitó a sentarme en el sofá que estaba a su lado.

Durante unas horas participé en una conversación que ojalá puediera recordar palabra por palabra. La ironía, el verbo afilado y la lucidez que asoman en sus escritos estaban también en todas sus respuestas, no importaba al hilo de qué. Fernando siempre miraba a lo que se decía desde otro ángulo. “Me dicen que soy un gran conversador”, contaba en el documental La silla de Fernando. Creo que quien se lo dijo se quedó muy corto: un gran conversador es la persona con la que resulta fácil pegar la hebra y no aburrirse. Con él eran muchas cosas más: con se aprendía a pensar.

No se me olvidará, por ejemplo, su reflexión sobre la posible entrada de la Unión Europea a Turquía. Una tertuliana mencionó problemas sociales, otro preguntó por las implicaciones económicas, yo recordé el peso político de un país de casi 100 millones de habitantes. Fernando, en cambio, habló de China: se preguntaba cómo podía explicarse a los ciudadanos la integración de un país del que desconocen todo. “De China al menos sabemos que comen arroz, que es muy grande… Pero ¿qué sabe la gente de Turquía?”.

Era muy emocionante ver cómo sus ojos brillaban cuando José Sacristán, también presente, le recordaba la escena de El último caballo en la que cabalgaba por la Gran Vía.  “Sí, era una película preciosa”, confirmaba sin grandilocuencias. Y al final resultó hasta reconfortante el fugaz ecuentro con el cascarrabias: alguien quería que le escribiera un folio para el prólogo de una publicación y él se había negado tajantemente: “¡Me cuesta mucho trabajo escribir mi novela! ¡Que no son un folio, son 300!”.

Desde que supe de su ingreso en el hospital las sensaciones de aquella tarde han regresado a mi cabeza. La luz que se colaba por la ventana, las hermosas plantas de Emma, los muchos libros que rodeaban su sillón. Y Fernando. “Vuelve cuando quieras”, se despidió. De algún modo lo he hecho cada día.