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Los hermanos Coen, Julian Schnabel y Paul Thomas Anderson. Parece un extracto de la sección competitiva del Festival de Cannes (de hecho los dos primeros participaron en el certamen este año; el tercero, dado que su película no estaba lista, lo hará en el de Berlín el mes que viene) pero son los nombres de los favoritos a los Oscar. Un panorama bastante sorprendente que viene pergeñándose desde hace algunos años.

Los profundos cambios que se han producido en la industria cinematográfica de EE UU en los últimos tiempos explican sin duda una buena parte de la situación. El hecho de que los grandes estudios hayan creado pequeñas filiales disfrazadas de compañías de cine independiente han permitido que los realizadores más personales y con indeleble sello de autoría obtengan sin problemas financiación y distribución para sus proyectos. Así, la película de los Coen está respaldada por una empresa del conglomerado Disney y la de PT Anderson por una filial de Paramount. Schnabel ha obtenido dinero de la major francesa Pathé asociada con la otra gran compañía del país, Canal+, y con la productora estadounidense Katheleen Kennedy, mano derecha a su vez de Steven Spielberg.

Por este camino, estas cintas de autor han ido ganando puestos año tras año en la carrera por los Oscar. Nos quedamos de piedra en 1993 cuando Pulp Fiction obtuvo ocho nominaciones, pero aquel caso ha quedado muy lejos de ser una anécdota y el cine que antaño se llamaba de arte y ensayo copa por completo la competición por los Premios de la Academia en este 2007. Mientras, por el camino se han dado varios casos en que cuatro de las cinco candidatas a mejor película habían sido producidas fuera de las majors.

A esta nueva situación se suma el auge de Internet. Hasta hace poco, una película podía triunfar en los Oscar con críticas flojas y opiniones de los aficionados en contra. Baste recordar un ejemplo no tan lejano: Una mente maravillosa, en 2001. Hoy es impensable: la inmensa difusión de las valoraciones de la prensa –y no sólo de los grandes medios- establece una barrera infranqueable para cualquier cinta con aspiraciones en los premios. Pero además se añaden la opiniones de los bloggers: lo que diga un puñado de ellos en sus posts puede arruinar la promoción de cualquier cinta, no importa lo grande que sea.

Y por si todos estos cambios fueran pocos, este año en particular se suma la huelga de guionistas. En Awards Daily subrayan hoy una circunstancia difícil de apreciar desde este lado del Atlántico: la suspensión de los programas de entrevistas como los de Jay Leno o David Letterman han dejado a los últimos largometrajes del año sin una de las mejores armas para la promoción. En efecto, los grandes estrenos de diciembre están logrando dar una buena batalla: ni Expiación ni Sweeney Todd, que han sido durante meses las favoritas de la mayoría de expertos, no han recibido nominaciones en los primeros premios elegidos en votación por los profesionales del cine: los del gremio de actores y los del gremio de directores. Tampoco le está yendo bien a La guerra de Charlie Wilson, aunque a su caso se añaden las críticas poco entusiastas.

En cambio, Juno y Pozos de ambición, que también han llegado a las salas de EE UU en el último mes del año, están haciéndose se hueco en la carrera (bien importante en el segundo caso). Los resortes de los pequeños estudios para promover sus películas están demostrando una eficacia impresionante.

Todo ello tiene, en cambio, una lectura negativa para la industria del cine: los Oscar están perdiendo peso e influencia. Cuando la gran favorita es una gran película que ha llevado a mucha gente al cine, la audiencia de la ceremonia en televisión se dispara: el año en que ganó Titanic se batieron todos los record. En cambio, en las últimas ediciones la caída en los registros es constante. El gran público ignora quiénes son buena parte de los principales candidatos. Por ejemplo, hace dos años los nominados a mejor actor protagonista fueron Philip Seymour Hoffman, Heath Ledger, David Strathairn,  Terrence Howard y Joaquin Phoenix: unos perfectos desconocidos para muchos.

En cambio, los Oscar siguen sin tener ningún prestigio entre los cinéfilos, que siguen considerándolos como una herramienta de marketing de los grandes estudios. Y el cambio que se está produciendo en las candidaturas, con la entrada de todos estos autores de renombre, no está produciendo ningún cambio en esa percepción.

Llegamos pues a una conclusión un poco sombría en un año en que la huelga de los guionistas arroja muy serias dudas sobre si la ceremonia de los Oscar se podrá celebrar. La cancelación de los Globos de Oro ha sentado un precendente muy grave: los escritores saben que llevan las de ganar y, a no ser que logren un acuerdo golobal que ponga fin a los paros, es muy probable que a la Academia no le quede otra vía que la de la rueda de prensa. Un triste espectáculo para un acontecimiento mundial que cumple 80 años.