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Retorno a Hansala, de Chus Gutiérrez, se estrena hoy en salas de toda España, más de tres meses después de haber sido candidata a tres premios Goya. No es la primera vez que los productores de una película maniobran para entrar en los galardones (basta con estrenar de estrangis en algún cine recóndito) y no es la única cinta que lo ha hecho este año (El juego del ahorcado, por ejemplo, se estrenó el 30 de enero). Pero tres meses de demora nos brinda una buena ocasión para reivindicar más seriedad en la competición española.

No se trata de denunciar ninguna irregularidad, porque no la hay: tal y como consta en el registro del ICAA, Retorno a Hansala se estrenó oficialmente el 28 de noviembre de 2008 y la vieron 137 espectadores. De la misma forma, la otra cinta aludida, El juego del ahorcado, estuvo en alguna sala comercial a partir de esa misma fecha.  Pero ninguna de las dos ha tenido su estreno real hasta entrado 2009.

La razón, claro, es la búsqueda de la promoción gratuita en el marco de un sistema de producción que rara vez reserva partidas presupuestarias para publicitar las películas. Así, la cinta de Manuel Gómez Pereira llegó a los cines el mismo fin de semana en que se entregaban los Goya. El caso de la película de Chus Gutiérrez es más grave: tantas semanas después de los premios, en los que no compitió por las categorías principales, poca gente recordará su existencia.

Pero lo peor del caso es la sensación de trampa. Un nuevo episodio que mancha la reputación de la Academia y el presitigio de sus premios, de nuevo reos de una maniobra. Hemos tenido de todo: unas veces son las polémicas forzadas desde los sectores más reaccionarios de la sociedad española que acaban en manifestaciones políticas frente a la alfombra roja; otras el intento, por débil que sea, de mancillar el honor de las figuras más relevantes del cine nacional por ser también destacados intelectuales del bando contrario; tampoco está mal el enfado de cineastas presuntamente maltratados por los premios, que se dan de baja de la Academia en plena pataleta; sin olvidar las acusaciones de compra de votos, con igual desenlace que en el caso anterior; incluso, ha habido medios de comunicación que han querido converetirse en protagonistas de los Goya; y actores intentando hacerse los graciosos. Hasta la propia Academia se ha colocado en el ojo del huracán con la anulación de candidaturas –en dos entregas– después de nominadas.

Y ahora, un año más, la maniobra con las fechas de estreno. Una trampa que se produce, por cierto, no sólo con los Goya, sino también con la designación de la película que va a competir en Hollywood por los Oscar. Entre todos los agentes implicados van consumiendo poco a poco el crédito de los Goya y de la industria. ¿Hasta cuándo y hasta dónde?