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Han pasado diez días desde el sorprendente desenlace de la gala de los Oscar 2017 y los medios especializados ya están haciendo balance serio de lo sucedido, que la prensa y las redes sociales han venido a llamar “EnvelopeGate”. Pero tanto Stephen Galloway en su columna de The Hollywood Reporter como Peter Hammond en Deadline van más allá y piden cambios drásticos y de largo alcance que eviten estos y otros problemas, y sobre todo se concentran en lo obsoleto e injusto que resulta el sistema de votos preferenciales.

En su interesante How the Academy Failed the Transparency Test, Galloway arguye que los tiempos han cambiado mucho desde 1934, momento en que la Academia contrató los servicios de la empresa auditora PricewaterhouseCoopers para que se hiciera cargo del recuento de votaciones, custodia y entrega de los sobres de premiados en sus premios anuales, y que no puede ser que se siga con un sistema de votación casi invariable a lo largo de ocho décadas ni que al final todo dependa de que dos asociados entreguen el sobre adecuado. El hecho de que el número de miembros de la Academia vaya en aumento y se extienda por todo el mundo, y que sus decisiones se vean afectadas por razones extracinematográficas debería llevar a una vocación extrema de claridad, sencillez, igualdad y transparencia tanto en el sistema de votación como en la comunicación de los resultados, al igual que en la designación de cargos en la entidad y las decisiones que éstos toman.

Por su parte, en Notes On The Season: Final Oscar Thoughts, Plus A Call To Junk Another Bad Pricewaterhouse Idea, Hammond relativiza lo ocurrido ese domingo y se concentra en la obsolescencia del voto preferencial como sistema para elegir la mejor película del año. Insiste en lo intrincado del proceso de recuento de votos, tanto que hay que explicarlo todos los años a votantes, periodistas y aficionados, y sobre todo en los resultados poco fiables y satisfactorios que proporciona, como se ha visto en los tres últimos años con Moonlight, Spotlight y 12 años de esclavitud, además del hecho de que tras la gala no se pueden conocer las cifras exactas que llevaron a ese resultado, porque la Academia no lo permite.