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Descubrimos a Hugh Grant triunfal en la proa de una barca con una chaqueta de tartán en Remando al viento, de Gonzalo Suárez. Y en el imaginario cinéfilo ocupa puesto de honor Indiana Jones con la cazadora de cuero y el sombrero, en En busca del arca perdida, de Steven Spielberg. El espectacular vestido naranja de Emma Suárez en El perro del hortelano, de Pilar Miró, fue protagonista de exposiciones. Hay guardarropa de películas que se recuerdan a veces tanto o más que las películas mismas, pero los diseñadores de vestuario son mucho más que eso, como ayer quisieron demostrar Tatiana Hernández (La vida secreta de las palabras, Lope, La gran aventura de Mortadelo y Filemón, Los amantes pasajeros), Pedro Moreno (El perro del hortelano, Caníbal, El autor), Clara Bilbao (Blackthorn, Nadie quiere la noche, Proyecto Lázaro, La enfermedad del domingo) y Cristina Rodríguez (Tres bodas de más, No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas, Tarde para la ira) en un coloquio moderado por la diseñadora Deborah Nadoolman Landis y que tuvo lugar en la sede de la Academia de Cine.

La invisibilidad del vestuario como aspiración

En la introducción de Nadoolman Landis, la persona que propuso sombrero y chupa de cuero como atributos del héroe encarnado por Harrison Ford y que diseñó además la chaqueta de Michael Jackson para el videoclip de Thriller,  dedicó unas emotivas palabras a Yvonne Blake, impulsora de que el encuentro se celebrara en Madrid. Insistió después en tres ideas básicas, sobre las que circularía la charla posterior: el vestuario es un asunto muy serio, la indumentaria que ellos diseñan no lleva etiquetas pero todo el mundo la reconoce y en ningún caso se trata de moda en cine, ni diseño de moda. Para ella, personaje y vestuario son uno. La ropa es una expresión de la identidad, y ha de asumir e incorporar que los personajes tuvieron una vida previa a la historia. Es a su vez un diseño que se hace desde el interior hacia el exterior: tiene que revelar secretos de los personajes y establecer sin dudas quiénes son. Sin embargo, el mejor diseño de vestuario es el que es invisible, el que es tan coherente con la historia y con el resto de elementos artísticos que se funde y se hace imperceptible.

Tras un vídeo en el que se mostró la relación de Swarovski (marca patrocinadora del evento) con el cine, además del trabajo de los invitados y un breve homenaje a Yvonne Blake, Nadoolman rompe el hielo preguntando a Hernández, Bilbao, Moreno y Rodríguez qué les llevó a este trabajo. Mientras que Cristina Rodríguez habló de la emoción y la posibilidad de contar historias a través de la ropa y poder intervenir en ella, Moreno contó cómo empezó en moda y, tras aprender nociones básicas del diseño, su jefe le echó diciéndole que mejor se dedicase a la creación de vestuario para espectáculos. Lo que le engancha de esta adicción es poder contar lo que él piensa que los personajes quieren contar, y cita a Edith Head: “El vestuario es tan bueno como el actor que lo lleva”. El principal impulso de Clara Bilbao es aportar algo al conjunto, algo único que sólo el diseñador puede aportar, mientras que Tatiana Hernández llegó a este trabajo por su curiosidad por cómo vive y viste la gente y por las posibilidades de investigación que le da cada película.

La importancia de la coherencia

En cuanto al procedimiento de trabajo, lo primero que hace Tatiana Hernández es hacer una lectura pausada del guión, intentando disfrutar y sobre todo sin pensar en su trabajo. A continuación habla con el director e intenta “escudriñar” su cabeza para obtener una visión global, intentando ver en qué puntos su trabajo puede aportar e incluso mejorar lo que quiera contar. Esta charla con el director también es un punto muy importante para Clara Bilbao, de la cual intenta sacar un plano general de la historia y detalles de ella y de los personajes. El vestuario, y esto es algo en lo que coinciden todos, tiene que ser coherente con la historia en todo momento. Cristina Rodríguez aprovecha para quejarse del encasillamiento de los “figurinistas” (una palabra que no gusta nada al resto de invitados), a lo que Moreno responde que elegir género es un lujo que no se puede permitir todo el mundo, y que están obligados a ser todoterreno. Esto le sirve a Nadoolman para repetir la idea de que todos los oficios creativos que intervienen en una película han de tener la misma versión de la historia; son socios en un proyecto y todo, absolutamente todo, tiene que ser coherente.

¿Qué es un buen diseño de vestuario?

Para diferenciar un trabajo correcto de uno bueno y de uno excepcional, Deborah Nadoolman arguye que ella quiere ser transportada, que si se fija en los dobladillos es que el vestuario es mediocre. Un argumento que apoya Pedro Moreno: “Un trabajo excelente es el que no notas. El actor y el personaje son uno, hace que fluya la historia sin destacar”. Y remata diciendo que si te fijas en los detalles del vestuario o cuando a éste no le pasa nada a lo largo de la película, es que es un trabajo malo. La indumentaria tiene que evolucionar con los personajes y con la acción. Clara Bilbao refuerza que todo tiene que ser un conjunto, un engranaje. Y añade que es mucho más complicado diseñar el vestuario de una película contemporánea porque los detalles erróneos llaman más la atención. Es mucho más complicado vestir a los pasajeros de un vagón de metro que a los 600 invitados de una cena medieval. En cuanto al vestuario contemporáneo, Cristina lucha contra la idea de que los actores no van vestidos de casa. Si un actor viste vaqueros, la diseñadora le ha probado antes 30 vaqueros distintos hasta dar con el correcto, y que, dado los ajustados presupuestos para su departamento en el cine español, esos vaqueros tienen que lavarse y ambientarse todos los días, labor que también corresponde a su equipo. Añade además que en comedia el vestuario tiene que hacer chistes también. Pedro Moreno cuenta en este momento que para afrontar el trabajo de El perro del hortelano tuvo que alejarse de la pintura de la época (a la que se recurre frecuentemente como referencia) porque es demasiado trascendente, y él y Pilar Miró querían frivolizar: la protagonista iba vestida según sus cambios de humor. Clara aprovecha para contar que en una cena con Yvonne Blake, ésta le dijo que le había encantado el vestuario de Nadie quiere la noche pero que el abrigo de Juliette Binoche era demasiado largo, que quién iba a llevar un abrigo tan largo en esas condiciones; a lo cual ella respondió que Isabel Coixet insistía en que quería “una reina en medio de la nieve”.

Vestuario y moda

A pesar de la necesidad de que el vestuario se funda con la historia, Deborah Nadoolman apunta que hay momentos en los que se necesita un vestuario que destaque, en la presentación de un personaje importante, del que se hace un barrido de abajo arriba, por ejemplo. Y es el momento de hacer algo excepcional. Cristina va más allá diciendo que en muchas ocasiones el cine no sólo adelanta modas sino que las crea, argumento que apoya con el ejemplo de la serie Corrupción en Miami. Pedro Moreno dice que no se puede usar moda en el cine porque para cuando la película se estrena, aquella ya ha quedado anticuada. Además, los personajes son seres reales y complejos, no usan la moda como un bloque. “Moda es consumo, y hay que renovarla cada poco tiempo. Y el cine eso no se lo puede permitir”.

Termina la charla con una queja general sobre la situación del sector en españa. “Piden un acabado de Titanic con el presupuesto de Verano azul”, dice Clara, a lo que Pedro añade que la máxima es hacer de la necesidad virtud. “En España tenemos mucha suerte porque se producen milagros constantemente”.

Foto @Alberto Ortega