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El terror vuelve a esta edición del Festival de Málaga en forma de cuento para no dormir con la uruguaya Ojos de madera. Además hemos sufrido una nueva entrega del compadreo sevillano firmado por Alfonso Sánchez en El mundo es suyo.

El desconcierto y la fascinación que producen las imágenes de Ojos de madera tienen que ver tanto con el fondo como con la forma de la película, dirigida por los uruguayos Roberto Suárez y Germán Tejeira. Con referencias al Pinocho de Godoni y a El hombre de arena de E.T.A. Hoffmann, en ella, Víctor, un niño de 11 años, es adoptado por sus tíos tras un accidente que le deja huérfano. Este accidente convierte su vida en un infierno plagado de visiones aterradoras, y solo su amistad con una ciega le da la terrorífica solución a sus problemas. Rodada en un estricto blanco y negro que lo aleja del naturalismo para sumergirlo en un expresionismo surrealista casi abstracto (hay hacia el final alguna imagen en color que supone cierto alivio del agobio), en la película se confunden según avanza las imágenes que pertenecen a su realidad y las que son producto de su imaginación, hasta el punto de que su visión se hace tan insoportable para el espectador como para el niño protagonista.

Llama sobre todo la atención esa presencia de algo ominoso indescriptible que aunque invisible se hace sentir en todo momento. No abandona la sensación de que algo está a punto de suceder a pesar de que nunca sucede, y se consigue sobre todo con una magistral fotografía en la que abundan las luces misteriosas y las presencias invisibles e inexplicables, y el trabajo de sonido, fundamental para construir esos espacios fantasmagóricos. Eso y el permanente juego con el espacio-tiempo, y la teatralidad de los escenarios y las interpretaciones, construyen una obra perturbadora que se sitúa como la más personal y críptica que hemos visto en este festival.

Harina de otro costal es El mundo es suyo, una nueva entrega del humor de Alfonso Sánchez tras El mundo es nuestro, que toma a dos pijos sevillanos para retratar un mundo de caraduras, corrupción y caspa a varios niveles, en el que todos intentan sacar tajada de todos sin motivo ni fin alguno. Y aunque tiene pretensiones de sátira (por lo menos eso dice su director) lo que queda no es ni siquiera una comedia costumbrista inteligente (la de, por ejemplo, Mi querida cofradía) sino una sucesión de chistes sobre modos de vida en diferentes estratos de la sociedad sevillana, sin que se lance ni una sola crítica, ni una mera reflexión sobre nada. El Fali y el Rafa son dos pícaros cuyo mayor objetivo en la vida es dar el braguetazo para seguir comiendo cigalas y bebiendo “servesita”. Quiere ser una comedia irreverente y desvergonzada, pero no es más que una irritante serie de tópicos (y están todos: el cura que solo piensa en que le inviten a comer; el político corrupto; el gitano que vende hasta a su madre; el okupa guarro; el narcotraficante que dice que su trabajo es muy “honrao”; la mujer del político que está muy buena y que solo piensa en drogarse y tirarse al primero de turno; la esposa pesada y cortarollos; la periodista cotilla, hasta el cojo con mala leche) con una excusa argumental muy banal que se ve con sopor y de la que se sale con la sensación de que los tiempos no avanzan igual para todo el mundo.

Si el visionado de Ojos de madera es incómodo y perturbador, el de El mundo es nuestro lo es también, pero por razones muy distintas.