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SecuestradosParece que en el Festival la reacción es bastante unánime: Secuestrados, segundo largo de Miguel Ángel Vivas, es la favorita para los aficionados en lo que va de certamen. Cinta muy dura y desasosegante, con una arriesgada propuesta formal (la película se compone enteramente de planos secuencia) y una desgarradora interpretación de Manuela Vellés que puede allanarle el camino a su primer Goya.

Secuestrados dedica sus primeros quince minutos a presentarnos a la familia protagonista para, de repente, estallar en una orgía de violencia y mal rollo como no se veía en una pantalla probablemente desde Funny Games. La puesta en escena, a través de los mencionados planos secuencia, está medida a la perfección, proporcionando tensión y atención al detalle de forma constante.

Quizá algunos detalles, como la elección de partir la pantalla en algunos momentos, puedan parecer un truco demasiado obvio, haciendo que el espectador se salga ligeramente de la experiencia, pero su seco final y la excelente labor del reparto (aparte de la notable labor de Vellés, Fernando Cayo y Ana Wagener están excelentes) hace que la película suba muchos enteros.

También a concurso pudimos ver la argentina Fase 7, primera película de Nicolás Goldbart, protagonizada por Daniel Hendler y Federico Luppi, es una divertida ida de olla sobre cómo le afecta a una comunidad de vecinos la llegada de una pandemia vírica mundial. Sus primeros dos tercios son simpáticos pero se nota que durante los últimos 20 minutos el director no sabe cómo resolverla y se mete en un berenjenal sin salida. Aun así arranca algunas sonrisas.

Fuera de competición pudimos ver la esperadísima última película de John Carpenter: The ward, anticuada pero efectiva (hasta cierto punto) cinta de sustos con cinco guapas pacientes en un psiquiátrico. Carpenter tiene, evidentemente, mucho oficio, pero el guión es una sucesión de tópicos y el giro final está calcado al de una película del 2003.

Finalmente, en la sección Noves Visions se proyectaron dos títulos bastante interesantes. En primer lugar Everything will be fine, del danés Christoffer Boe (premiado en Cannes 2003 por Reconstruction), que indaga en la dificultad de un guionista por separar realidad de ficción y cómo afecta este hecho a su vida personal. No es la película más redonda de Boe pero merece la pena su visionado. Y para terminar, también de Dinamarca, Sound of noise, curioso experimento acerca de la libertad creativa, centrado en seis percusionistas que se dedican a hacer terrorismo musical con cualquier objeto en hospitales, bancos, teatros… Muy divertida, aunque sin demasiada profundidad, y con una banda sonora con la que no puedes dejar de mover los pies.