La competición malagueña ha deparado hoy un curioso programa doble: El idioma imposible, de Rodrigo Rodero, y El dios de madera, de Vicente Molina Foix, dos adaptaciones literarias que han sufrido toda suerte de males en su viaje de un medio a otro.

El idioma imposible es una adaptación de una parte –ni siquiera un libro- de la trilogía de Francisco Casavella El día del Watusi, con guión del propio director y el beneplácito del escritor (que falleció hace algo más de un año). Pese a que el propio Rodero explica que se trata de una versión “muy libre” y de que se han realizado muchos cambios respecto del original, la película adolece de principio a fin de un ritmo más contemplativo y plano que la obra original y de un lenguaje excesivamente literario. Es muy difícil aceptar a una yonqui de los bajos fondos de Barcelona que se expresa con una riqueza léxica y una complejidad argumental como las que desarrolla aquí la protagonista.

El argumento resulta, además, muy trasnochado: un hombre joven que se enamora de una chica heroinómana a la que ve caer sin poder hacer nada por evitarlo. Principio y fin de la historia que es, pues, extemporánea y nada novedosa. Rodero, que parece ser consciente de ello, espera que el interés de la narración se centre en los personajes, pero resultan tan artificiosos y poco naturales que es imposible conectar con ellos. Andrés Getrudix está impecable como el Fernando protagonista, pero Irene Escolar es físicamente incapaz de dar el tipo de la adicta en plena espiral de autodestrucción. No importa que se haya preparado el papel acudiendo a una ONG y observando a adictos: su aspecto jamás es el de una heroinómana, siempre impoluta, bien peinada, con la piel sana y sin perder ni un gramo.

La película, pese a todo, tiene virtudes evidentes. Rodero la ha filmado con valentía, con un gran sentido estético y recreando con eficacia el ambiente de la Barcelona de los ochenta. Una pena que fallen piezas capitales.

A El dios de la madera, en cambio no es que le fallen piezas, es que no tiene ninguna en su sitio. Tanto es así, que calificarla de “película” puede ser incluso un exceso. La historia, que Vicente Molina Foix planteó hace más de una década en un breve relato, hace aguas por doquier: un inmigrante senegalés le pide a un marroquí con el que cruzó ilegalmente el Estrecho que le acoja unos días. El marroquí vive en casa de su novio, un veinteañero burguesito que habita la buhardilla sobre el piso de su madre, una viuda atractiva y conservadora. La madre conoce al senegalés y, en lugar de ponerle de patitas en la calle, se enamora de él y le seduce.

Los personajes tienen diálogos imposibles y mantienen conversaciones sonrojantes. La cámara está colocada en los sitios más insospechados. Las pinceladas que se prentenden sean de humor provocan la risa pero por ridículas. La mojigatería con la que Molina Foix retrata la relación entre el marroquí y el joven español es sonrojante a estas alturas del siglo XXI y más aún viniendo de quien viene. El ritmo es inexistente, lo mismo que ocurre con la evolución de los personajes y de las relaciones entre ellos. Es, en fin, un despropósito con pretensiones.