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Sergio G. Sánchez, autor de algunos de los éxitos recientes del cine patrio, da el salto a la dirección acompañado de un padrino de excepción, Jota Bayona, con el que tanto ha colaborado, y bajo el ala de Telecinco Cinema. El secreto de Marrowbone es una intriga familiar pseudo sobrenatural de corte más que clásico que ha copado la atención en la Sección Oficial hoy en San Sebastián, aunque esté fuera de concurso.

Con todos estos ingredientes, y suponiendo una intriga de thriller terrorífico por parte de uno de los guionistas más exitosos de nuestro país, no hay otra posibilidad que tener la sensación de que el proyecto, de manos de quien viene, podría haber dado mucho más de sí.

La cinta narra la historia de los cuatro hermanos Marrowbone que, tras la muerte de su madre, a la que tenían gran apego y ante la indefensión de la nueva situación, se refugian en una casa abandonada y alejada del mundo hasta reorganizar sus vidas. Es entonces cuando descubren que las paredes de la casa esconden un oscuro secreto.

El resultado es una apuesta visual realmente conseguida, una atmósfera bastante enrarecida y un elenco de actores de correcta interpretación lastrados, sorprendentemente, por un guión que recurre a las tretas narrativas más sobadas del género para crear una sucesión de giros interminable con la intención de terminar de satisfacer al espectador en el triple salto mortal. Craso error: El secreto de Marrowbone es un artefacto cinematográfico urdido sobre unas bases tan conocidas, que incluso el espectador menos despierto sabrá distinguir su maquinaria a la pocas escenas de su comienzo.

Identidades del Este

Hasta hace pocos años, el cine rumano era sencillamente inexistente y en muy poco tiempo se ha convertido en presencia indispensable de los grandes festivales. La mitad de se debe a Cristian Mungiu y la otra mitad a la productora Ada Solomon, productora entre otras de las películas de, y ahora de Soldatii, que se ha proyectado hoy aquí.

Ivana Mladenovic debuta en el largometraje con la curiosa historia de una improbable relación no está claro si amorosa o sexual entre un payo cuarentón y un gitano regordete y mellado en lo que seguro es la zona más deprimida de Bucarest. El retrato del ambiente sucio, triste y amenazante en el que se mueven los personajes es sensacional. Posiblemente hasta excesivo. También es de agradecer la audacia de construir una pareja tan alejada de cualquier canon o idea preconcebida. Pero la historia que narra avanza poco y pobre y termina por convertirse en pesada.

Peor es lo de Urszula Antoniak, que tiene entre sus manos en Beyond Words una buena oportunidad y talento para rodar, pero al final se queda en una cinta pretenciosa y errada. Retrata a un joven inmigrante polaco que se esfuerza por borrar su origen en una Alemania retratada en un áspero y profundo blanco y negro. Pero hete aquí que aparece un señor poco aseado que asegura es su padre y al muchacho le da la crisis de identidad que había estado evitando.

No sólo la idea es buena, también la oportunidad, en un momento en el que Europa, otra vez, ignora a sus inmigrantes, los que están y los que quieren venir. Pero la película de Antoniak se pierde en sus ambiciones y nos depara un tramo final en el que se va al traste con un desenlace que quiere estar cargado de simbolismo pero que simplemente no funciona.