
El Festival Internacional de Cine de San Sebastián acaba de arrancar su 74ª edición, un año marcado por el el último del mandato de José Luis Rebordinos, su omnipresente y alabado director, que ha evolucionado el legado de Diego Galán y ha marcado el rumbo del certamen en su singladura del siglo XXI.
En las coordenadas de esta era ha sido relativamente frecuente encontrar películas de inauguración inocuas si no olvidables, por lo que contar con el director turcoalemán Fatih Akin, que es un acicate innegable. Tal vez por ello , su nueva película, Geister, (Ghost Song, en su título internacional), ha sabido a poco.
Akin se asoma una vez más a la vida de las personas de origen turco en Alemania, sin duda el eje de su cine, para esta vez relatar un amor romántico postadolescente, con todos los manierismos del género, desde el flechazo imposible de Romeo y Julieta a la irremediable soledad de Call Me by Your Name. Pero como si fuera una obra decimonónica, la muerte es el motor de la historia: dos jóvenes se conocen en una fiesta de graduación y de camino a casa sufren un accidente y ella fallece. Es ahí cuando comienza el noviazgo, durante los sueños del muchacho superviviente.
Rodada en un blanco y negro que parecería evocar El cielo sobre Berlín, la película no termina de encontrar la poesía en su relato ni en su tono. Tal vez los dos jóvenes protagonistas no tengan lo suficiente para arrastrarnos con ellos, pero tampoco los lugares a los que nos conduce Akin terminan de sugerirnos demasiado.
El retrato de dos familias de origen árabe —la de él, turca; la de ella, siria— ofrece pinceladas sobre cómo abordan la pérdida y el duelo, pero se quedan más en la superficie. El río, al que la película acude constantemente para evocar lo inexorable, nos lo sabemos también. Poquita cosa.


