Ferran Audí, actor y director teatral, debuta en el largometraje con The Frost (La escarcha). Esperaremos al siguiente intento a ver si debuta en el cine. Enredada en diálogos interminables y metáforas pretenciosas, con personajes supuestamente trágicos unos y míticos otros, el conjunto resulta pedante, aburrido y tan frío como su título indica. Los sentimientos que supuestamente bullen en sus personajes jamás logran derretir la mencionada escarcha, ahogados en palabras y carentes de acción.

Despúes de un larga y desconcertante introducción en la que el espectador nunca tiene claro qué es lo que le quieren contar, el matrimonio protagonista (él, noruego; ella, española) entra en crisis por la muerte accidental de su único hijo al que nunca han querido lo suficiente. Al tiempo, los respectivos hermanos de la pareja hace la digestión del trauma en sentidos opuestos.

Como decíamos al comienzo, el principal problema de The Frost es lo mucho que habla y lo poco que se enseña. Audí, llegado del mundo del teatro, tiene una desconfianza absoluta de la capacidad narrativa de las imágenes y de los gestos. Por ello, sus personajes cuentan constamente lo que les pasa y tanta palabrería no les deja hueco al recogimiento, a la expresión física e íntima del dolor, a los silencios.

Los actores se contagian de la grandilocuencia de la narración y se pasan de intensos. Aitana Sánchez Gijón declama sus kilométricos lamentos en un inglés más que solvente como si estuviera en el escenario del Royal National. Tristán Ulloa, en cambio, no termina nunca de encajar en la historia y la sospecha de que no domina el idioma resta credibilidad a todas sus intervenciones.

La mítica Bibi Andersson, actriz de Bergman a quien Audi ha debido tener en la cabeza en todo momento al crear esta cinta, interpreta aquí a un personaje que se inserta en la tradición de los mitos nórdicos: una vieja cazadora de ratas acompañada de un loco de buen corazón. Ambos, como ocurre con las apariciones de un hombre que habita en el hielo, son convocados por Audí para catalizar el drama. Es un recurso interesante, pero al final resulta más efectista que efectivo.

El director acierta, en cambio, al apostar por la fuerza turbadora del paisaje y la exprime al máximo gracias a la maravillosa fotografía de David Omedes (que ya ganó el premio de este Festival por Pudor). Y en este mismo sentido, los decorados de Antonio Belart, uno de los mejores escenógrafos de Europa, aportan a la narración mucho más que los parlamentos.