Hemos enviado la contraseña a su correo electrónico.

La recreación del ascenso y caída del poeta Jaime Gil de Biedma es una empresa ambiciosa para cualquier cineasta. En la literatura contemporánea de nuestro país hay pocos personajes tan fascinantes como este escritor polémico, dandy y genial. Hacer una película sobre su vida –y obra- sin caer en la vulgaridad ni la trivialidad era ya un auténtico tour de force. Sigfrid Monleón lo ha conseguido y El cónsul de Sodoma es ya una realidad y una película que, a pesar de algunas irregularidades, principalmente en el plano narrativo, representa una auténtica osadía en el cine español y como tal debe ser aplaudida.

En lo visual, la película consigue una entidad propia gracias, en primer lugar, a una iluminación portentosa y absolutamente exquisita. El lujo decadente de la burguesía barcelonesa a la que pertenece el protagonista y en la que se mece la cuna de la celebérrima gauche divine se plasma en la pantalla a través de un colorido equilibrado, en el que predominan los tonos medios con deslumbrantes destellos de color. Un elemento clave es el cristal -de roca, principalmente-, que a fuerza de su aparición constante se convierte en un símbolo con múltiples significados. El cristal se halla en las copas y vasos que el poeta apura como apura la vida, en el jarrón de Lalique que se quiebra violentamente, en las lámparas de la rancia vivienda familiar y en muchos otros objetos que la cámara aprovecha magistralmente, extrayendo de ellos destellos, leves resplandores y brillos fulgurantes que aportan un aura fantasmagórica, de fábula decadente y esplendorosa, a la imagen del filme.

La iluminación ambiental también huye de la consabida pátina amarillenta habitual en las recreaciones de época –pensemos, por ejemplo, en las películas de Garci sobre el mismo periodo, por otro lado magníficamente iluminadas- para sustituirla por una luz blanca, cristalina en las escenas diurnas, y por un violento contraste de sombras y colores brillantes en los momentos en que la acción se desarrolla en las profundidades de la noche, tan caras al protagonista.

La dirección artística busca recrear el imaginario de una época que supo combinar la más exigente modernidad con la ostentosa herencia de las generaciones precedentes. El vestuario del protagonista se adapta a la perfección a la imagen de un dandy contemporáneo, de un carácter exquisito que conoce el valor exacto de cada prenda, de cada tejido, de cada corte, de cada perfume. Este arquetipo, asociado al decadentismo decimonónico, tuvo una época de insólito auge en la España de los años cincuenta, sesenta y setenta, como testimonia la obra, aún impactante, de los novísimos, en literatura, o de los jóvenes Gonzalo Suárez o Eloy de la Iglesia –Don Juan en los Infiernos, Juegos de amor prohibido-, con un fuerte componente dandy. En el ámbito internacional, esta sensibilidad tuvo su máximo exponente en la figura de Luchino Visconti, probablemente el director visualmente más exigente de la historia del cine europeo, y con cuyas películas el filme de Sigfrid Monleón guarda notables semejanzas. De hecho, la escena final, con un envejecido Gil de Biedma contemplando a un chaval que baila, remite al final de La muerte en Venecia, donde Von Aschenbach agoniza ante la visión a contraluz del jovencísimo Tazdio, jugando en la orilla y esfumándose en la tarde. El adagietto de la 5ª de Mahler ha sido sustituido por Pet Shop Boys, pero el propósito es similar: manifestar la devoción del personaje hacia la belleza pasajera, frágil, volátil y, sin embargo, totalmente incontestable.

Las localizaciones y decorados combinan el moderneo chic de la Barcelona burguesa de la época –principalmente Boccaccio 70 y las viviendas y escenarios en los que se desarrolla la relación del protagonista con el personaje que interpreta Bimba Bosé, un personaje escultórico en el que la interpretación importa menos que su fisonomía geométrica y andrógina- con lo vetusto de la pompa familiar, y en esta dinámica surge, como una entidad estética determinante y rompedora, la presencia de Filipinas, donde el brillo, la naturaleza, el exotismo y la miseria son retratados a través de colores vivos con un toque palpitante y corrupto –cuerpos desnudos y no lujosamente vestidos, miradas directas, una lengua enigmática- que simbolizan magníficamente la huida de la civilización que muchos intelectuales de los sesenta quisieron emprender –con Pasolini y sus Mil y una noches como ejemplo perfecto.

Si nos centramos en el plano visual y artístico, el hecho más notable es que este largometraje ha sido capaz de elevarse sobre todas las películas españolas que hasta ahora han retratado esta época. La recreación es fiel, genuina y, sorprendentemente, muy original, escasamente manida y enormemente cuidada. La decadencia, el lujo, la miseria, la sordidez y la intensa poesía de la vida de Gil de Biedma quedan plasmados no sólo en un guión y unas interpretaciones más que aceptables –con un Jordi Mollá que, dicho sea de paso, consigue transformarse en el poeta barcelonés-, sino en un imaginario estético notable y de enorme belleza expresiva. Por eso, en mi opinión, no tiene sentido que los Premios Goya, en sus nominaciones, hayan preferido nominar a Antón Laguna –director artístico de la película- por Celda 211, una película visualmente muy correcta pero que no planteaba grandes desafíos, en lugar de hacerlo por El cónsul de Sodoma, cuyos méritos estéticos superan con mucho no sólo a las otras candidatas de este año, sino a la mayoría de películas españolas de la última década.