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Una casa, un coche, un trabajo estable, una pareja… Los mandamientos que han de cumplirse para encajar en la (cada vez más insostenible) sociedad del bienestar suponen, en este siglo de lo efímero, una presión difícil de soportar. Sin embargo, los llamados miembros de la ‘generación perdida’, esa que pese a su preparación jamás alcanzará del todo aquellos sueños burgueses que se le prometieron en la infancia, en plena España del pelotazo, no debemos sentirnos solos. Un visionado de ‘La vida por delante’ puede hacernos sentir mejor: muchos de nuestros padres y abuelos estaban igual de preparados que nosotros y, sí, también se les escaparon los sueños por la rendija de la calle de la esquina.

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‘La vida por delante’ (1958) fue la cuarta película de Fernando Fernán Gómez como director. Pese a lo escueto de su filmografía por aquel entonces, el director ya se salía de algunos de los estilemas que caracterizaron el cine español de su tiempo. Como muchos otros, Fernán Gómez opta por la comedia y el sainete a la hora de retratar a la pareja de recién casados que protagonizan su historia pero la cinta no es ni una fábula comercial al estilo de ‘Las chicas de la cruz roja’, ni tampoco ese amargo cine social que ofrecía Bardem con películas como ‘Calle Mayor’. La película elige el camino de lo cotidiano sin dulcificarlo en exceso, sugiriendo su problemática sin perder la sonrisa y con una amargura que nunca se hace evidente o se subraya. Los personajes parecen aceptar su condición de perdedores sin perder la capacidad de reírse de sí mismos. Ni Billy Wilder podría haberlo hecho mejor.

Así es como las desdichas de este joven licenciado en Derecho y su recién prometida, una médico que no ejerce de ello, sirven para apuntar temas que son el vivo reflejo de toda una época: los estrechos pisos de nueva construcción en los que vivir era toda una odisea, la imposibilidad de encontrar un trabajo digno a la altura de las expectativas creadas o la dificultad de conciliar la vida personal y la profesional. Y para ello, el ingenio de Fernando Fernán Gómez (como actor y como director) se multiplica por mil. El protagonista nos habla a nosotros, mira directamente a cámara para contarnos, con cierta ironía, su vía crucis cotidiano. Los ‘flashbacks’ se introducen admirablemente y la originalidad impregna cada secuencia. El accidente de coche protagonizado por Analía Gadé, por ejemplo, ilustra visualmente, a lo ‘Rashomon’, los diferentes puntos de vista de tres personajes. En el caso del de un fugaz Pepe Isbert el plano se congela cada vez que este tartamudea en su narración de los hechos. Se trata de un momento aislado, que quizá no encaja con el resto de la película, pero que deja claro que Fernando Fernán Gómez quería que su película tuviese unas costuras originales que fuesen más allá de las de la pura comedia costumbrista.

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En el reparto, para ayudarle a conseguir ese propósito, una ajustada Analía Gadé y una galería de secundarios que darían muchas horas de gloria a nuestro cine: desde Gracita Morales a María Luisa Ponte pasando por Rafaela Aparicio o el mencionado Pepe Isbert. No existe mejor coro para rodear los sueños frustrados de la pareja protagonista; esos que dejan, tras de la sonrisa, un poso de amargura y una indudable identificación por parte de la generación perdida de hoy, la nuestra. Cuando se ve la película uno no puede evitar recordar aquella magnífica crítica de la serie ‘Mad Men’ que decía que, ficciones como esta parecen decirnos que nuestros padres y abuelos sufrían las mismas desgracias que nosotros pero lo disimulaban mejor. O, al menos, se veían obligados a hacerlo.