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Si trasladar ‘El Gran Gatsby’ a la gran pantalla ya supondría toda una aventura para quien tenga agallas de hacerlo, la de 1974 no sólo fue una aventura, sino una quimera que nació del amor de un productor hacia una actriz. Cosas de Hollywood: Robert Evans, el niño prodigio de entre los productores hollywoodienses, el Irving Thalberg de los 70 capaz de fabricar éxitos como ‘El Padrino’ o ‘Love Story’, se planteó la adaptación como un nuevo éxito para Paramount. Su amada Ali McGraw iba a ser la protagonista, pero su participación en  ‘La Huída’ de Peckimpah la hizo ‘huir’ en brazos de otro, el coprotagonista de aquel rifirrafe de acción, Steve McQueen. Evans se quedaba sin la Daisy de la novela de Scott Fitzgerald, sin su chica y probablemente sin película. Ni Jack Nicholson ni Warren Beatty quisieron ser Jay Gatsby, y el personaje recayó, de casualidad, en un Robert Redford que parecía más pendiente de seguir de cerca el escándalo Watergate  (parecía prepararse, sin saberlo, para ‘Todos los hombres del presidente’) que de prestar atención al misterio de uno de los emblemas de la literatura norteamericana.

Vista hoy, la película que llevó el sello de Jack Clayton, director de esa maravilla llamada The innocents , y el guión de un Francis Ford Coppola en la cúspide, sigue resultando una anomalía del Hollywood de la década prodigiosa del cine. El director realizó una cinta tan naif y exagerada en muchos momentos, rodeada de una parafernalia técnica exquisita, que llega  a rozar lo hortera. Digna hija de su época hasta en el abuso de ‘zooms’ aquí y allá, de exagerados movimientos de cámara y forzados primeros planos, la película sí que sabe captar, parcialmente, la mística del personaje principal. Y es que, la primera vez que Sam Waterston (magnífico Nick y el mejor actor de toda la película) ve a Gatsby, tras más de diez minutos de oír hablar de él sin verle en un solo fotograma, Clayton nos ofrece un plano general de Redford de perfil, entre la penumbra de su mansión, digno de Charles Foster Kane. Igualmente acertada es la elección musical a base del jazz de la época, los travellings que recrean la magnificencia de los locos años 20 o esa transición que nos lleva de los metafóricos ojos de un anuncio a los faros de un coche (quienes hayan leído la novela lo entenderán) que acabará desencadenando la tragedia.

Sin embargo, el ‘Gatsby’ de 1974 no es, ni de lejos, una buena adaptación de la novela de Fitzgerald. Sobra el histrionismo romántico de Mia Farrow, el distanciamiento de un Redford que parece no estar y un romanticismo forzado que se come lo que siempre fue la novela: un reflejo de la ingenua ambición norteamericana, ya sea en el amor o en los negocios. Paramount no pudo evitar el desastre y los espectadores que vieron la película no fueron tan numerosos como esperaba la ‘major’. Sin embargo, queda para el recuerdo el hipnótico diseño artístico, los nebulosos planos llenos de ‘flou’ y la loca belleza de unos años 20 que nunca se parecieron tanto a los 70 de Nixon. Para bien o para mal.