Si tuviéramos que definir una tendencia en el terreno de la dirección artística, este año sería la victoriana. Los espacios industriales de Alacrán enamorado, los claroscuros barrocos de Caníbal, el despliegue trash de Las brujas de Zugarramurdi y el Hogwarts castizo de Zipi y Zape y el Club de la Canica demuestran que la oscuridad gótica regresa en tiempos difíciles para el cine español. Las cuatro nominadas subrayan también algo que siempre conviene recordar: que las producciones históricas no tienen por qué acaparar las nominaciones de esta categoría. Nos hallamos ante cuatro películas donde el realismo contemporáneo se llena de referencias históricas, literarias y artísticas.

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Llorenç Miquel por Alacrán enamorado

Nos encontramos ante la primera nominación para un veterano director artístico. A excepción de algunos títulos góticos como la lovecraftiana Dagon (2001), su trabajo se ha centrado principalmente en el terreno del realismo contemporáneo. Su trabajo para Alacrán enamorado es impecable en ese aspecto: consigue crear espacios aislados que tienen su correlato en el aislamiento de los personajes. Gimnasios, rings de boxeo, algunos interiores domésticos y, sobre todo, muchos exteriores urbanos, desérticos e inquietantes: un callejón amenazante, un parque al lado de la M-30, los bloques de viviendas de El avispero donde transcurría ¿Qué he hecho yo para merecer esto?. Hay realismo sucio, pero también una cierta estilización: por ejemplo, en el callejón más londinense que madrileño junto a la salida del gimnasio, pero también en la estación ferroviaria reconvertida en sede del movimiento neonazi, un toque victoriano muy potente pero que quizás rompe el exquisito realismo del resto de la cinta.

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Isabel Viñuales por Caníbal

Hay una escena de Caníbal que simboliza a la perfección el desafío psicológico que presenta la dirección artística de la película. Desde su ventana, el sastre interpretado por Antonio de la Torre contempla una procesión de Semana Santa que tiene lugar en la calle. El exceso barroco de la celebración religiosa contrasta con el interior de la estancia y son la sobriedad de los espacios donde transcurren los días del protagonista. De esta dualidad entre pasión y frialdad, violencia y neutralidad surge el conflicto dramático de la película, y también su universo estético. De puertas adentro (la sastrería, las viviendas del sastre) una atmósfera impersonal contrasta con la personalidad turbulenta y criminal del protagonista. En el exterior, espacios hiperbólicos compensan sus pulsiones: las calles barrocas de una Granada casi decadente, o el sublime (por abrumador) paisaje nevado donde transcurre otra de las escenas fundamentales de la película. Isabel Viñuales, que recibe su primera nominación a los Premios Goya, firma tal vez el trabajo más elegante de los que compiten, una delicada mezcla de estremecedora cotidianeidad e insospechadas profundidades. Romanticismo en estado puro.

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Arturo García ‘Biaffra’ y José Luis Arrizabalaga ‘Arri’ por Las brujas de Zugarramurdi

Con los años, el cine de Álex de la Iglesia no sólo ha logrado desarrollar unos patrones narrativos y expresivos inconfundibles, sino también un universo visual que transplanta a suelo español elementos procedentes del cine de terror, el gore, la fantasía o el western. Las brujas de Zugarramurdi, en el terreno visual, es un compendio de lo mejor y lo más disparatado del estilo del director: un pastiche de referencias tan estimulantes como variopintas. Hay notas realistas, escenarios góticos muy logrados, espacios que parecen sacados de un parque temático y guiños continuos a todo tipo de géneros. Sus responsables son dos colaboradores habituales de Álex de la Iglesia que ganaron el Goya en 1996 por El día de la bestia y repitieron nominación en 2001 con La comunidad. Posiblemente éste sea su trabajo más complejo y ambicioso hasta la fecha. El tenebroso palacio de las brujas, el siniestro bar de carretera o, sobre todo, la transformación de las cuevas de Zugarramurdi en el escenario de un multitudinario aquelarre tiene tanto de Goya como de AC/DC. Pocos peros se le pueden poner a una creación que respira espíritu novelesco, humor y exceso por los cuatro costados.

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Juan Pedro de Gaspar por Zipi y Zape y el Club de la Canica

Juan Pedro de Gaspar ha afirmado que las claves estéticas de Zipi y Zape y el Club de la Canica estaban más cerca del cine de aventuras de los 80 (y aquí las referencias más claras son Los Goonies o, incluso, las películas de Indiana Jones) que de la tira cómica creada por Escobar en los años 60. Y en esta decisión radica uno de los mayores dilemas a la hora de afrontar la valoración de su dirección artística. Por un lado, porque es cierto que la película tiene un aire de misterio muy novelesco, con espacios tan espectaculares como el internado que también remite a otros internados célebres (el de Harry Potter, pero también el de estilo british que Juan Pedro de Gaspar pudo poner en práctica en Fuga de Cerebros). Por otro lado, uno no puede evitar preguntarse cómo habría sido el resultado si realmente hubiera algo en la factura visual de la película que recordara en efecto a los tebeos que todos recordamos. En la memoria reciente hay casos tan deslumbrantes como el Mortadelo de Javier Fesser o la acertada atmósfera de El gran Vázquez. Sin embargo, ¿es lícito valorar un trabajo en función de sus renuncias y oportunidades perdidas? Dejando a un lado esta cuestión, no cabe duda de que la película de Oskar Santos está excelentemente resuelta en el plano artístico y visual, tiene toques creativos muy acertados y demuestra ambición. Para Juan Pedro de Gaspar, es su tercera nominación y, desde luego, es una de las preferidas para llevarse el premio.

Ganará: Las brujas de Zugarramurdi
Debería ganar: Caníbal