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El director austríaco Francis Lawrence (Soy leyenda, Agua para elefantes) ha sido el encargado de llevar a la gran pantalla la segunda parte de la exitosa saga literaria firmada por Suzanne Collins, cuya primera entrega cinematográfica superó todas las expectativas recaudando más de 150 millones de dólares en su primer fin de semana en Estados Unidos. Lawrence también será el encargado de dirigir la última parte, Los juegos del hambre: sinsajo, que estará dividida en dos películas, algo que se ha convertido en toda una moda a la hora de adaptar capítulos finales, como ya pasó con Harry Potter y las reliquias de la muerte 1 y 2 y la saga Crepúsculo: amenecer parte 1 y 2.

La gira de la victoria en la que se ven obligados a participar Katniss Everdeen y Peeta Melark tras proclamarse vencedores de los Juegos del Hambre es el punto de partida de esta secuela. Y ya desde las primeras tomas, cuando la historia se sumerge en las secuelas emocionales de sus protagonistas tras su experiencia en los juegos, Francis Lawrence nos ofrece un trabajo realizado con un pulso mucho más estable que el de su antecesor a los mandos del timón, Gary Ross (Los juegos del hambre, Seabiscuit), abandonando los abusos en los movimientos de cámara y optando por una realización mucho más firme. Algo que se agradece, sobre todo, en largometrajes de duraciones tan extensas, y es que En llamas alcanza los 146 minutos de metraje. Además, el aumento en el presupuesto para la producción de la película hace que Lawrence haya podido contar con recursos visuales y ambientales que le han permitido dibujar un universo mucho más tenso, violento y espectacular del que habíamos dejado hace un año.

No solamente en la rigidez de la cámara parece haber querido marcar la diferencia, Francis Lawrence también ha optado por una dirección de actores mucho más sobria y contenida. Personajes como los de Elisabeth Banks o Stanley Tucci se muestran menos poseídos por lo pomposo de su caracterización y empezamos a encontrar en ellos matices realmente interesantes de cara a lo que está por venir. Además, el tono marcadamente social de la primera parte – muy correctamente adaptado de las novelas de Collins-, está todavía más presente en esta continuación, una película mucho más incendiaria que su antecesora y que, aun cumpliendo los requisitos de un filme que ejerce como puente entre la primera parte y el desenlace de la historia, deja de lado el básico instinto de supervivencia que caracterizaba a la gran mayoría de personajes y los convierte en revolucionarios por la causa.

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Si hay algo que agradecerle a los responsables de casting de esta saga es, sin duda, la presencia en ella de Jennifer Lawrence interpretando a Katniss Everdeen. Y es que cuando nos enfrentamos a grandes producciones de este tipo, en numerosas ocasiones el handicap principal con el que nos damos de bruces son actores que no están a la altura de las circunstancias, protagonistas sin carisma o directores que olvidan que los blockbuster también tienen que ser interpretados. La pirotecnia y los efectos visuales nunca deberían ser la única pata sobre la que se sostiene un largometraje, por mucho que sus intenciones sean principalmente comerciales, y los responsables de Los juegos del hambre parecen haber hecho bien los deberes en este aspecto. La joven ganadora de un Oscar por El lado bueno de las cosas aparece en prácticamente todo el largometraje, y en todo momento se encuentra absolutamente entregada a su papel de Katniss Everdeen, aportando la credibilidad necesaria para un personaje que, como líder involuntario de la revolución de Panem, tumbaría los cimientos sobre los que se sostiene la película de no conectar correctamente con el espectador.

Sus dos compañeros de reparto, Josh Hutcherson y Liam Hemsworth, terminan de dibujar el arco de personajes principales de la película, y junto a Katniss Everdeen forman un trío que inevitablemente nos hace temer que en algún momento la historia de amor adolescente a dos bandas se torne predeciblemente empalagosa. Suzanne Collins consiguió evadir este fantasma que acecha a este tipo de romances juveniles en las novelas, y Francis Lawrence ha sabido respetar este tono en la gran pantalla, evitando que sus  jóvenes protagonistas estén supeditados por sus hormonas.

Los juegos del hambre: en llamas, se presenta como una cinta juvenil de aspiraciones claramente comerciales y, sobre estas bases, da un paso más allá y se afianza como un notable largometraje de ciencia ficción con tintes sociales que aprovecha los 146 minutos de los que dispone para tensar al espectador en la butaca y no soltarlo hasta el último momento.