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Un folletín de cinco horas y un delicado retrato de Pasqual Maragall en su lucha contra alzheimer

Festival de Cine de San Sebastián 2010Llega esta segunda crónica de San Sebastián con algo de retraso: ayer dedicamos la tarde-noche a ver Misterios de Lisboa, un culebrón de casi cinco horas sobre líos de faldas de la alta sociedad y el clero decimonónicos. Pero los grandes protagonistas ayer fueron Pasqual Maragall y su familia con el documental Bicicleta, cuchara, manzana, que retrata con delicadeza pero sin rubor al ex-presidente catalán cayendo poco a poco en el abismo del alzheimer.

El documental, dirigido por Carles Bosch, es una cinta cómica y trágica por momentos, dotada de un empaque visual y una realización más que notables, pero con una duración que acaba por lastrar el ritmo. A lo largo de sus casi dos horas, la cámara se cuela por todas las rendijas de la vida de los Maragall, mostrando así cómo la enfermedad va poco a poco ocupándolo todo, sin dejar apenas espacio para nada más en la vida de la familia. Los momentos emocionalmente más intensos llegan con las confidencias del matrimonio a la cámara, cuando por un lado el ex-presidente se lamenta de su falta de libertad y por otro su mujer se queja amargamente de que es ella quien la ha perdido por las muchas atenciones que necesita su marido. Bicicleta, cuchara, manzana resulta, en fin, una especie de despedida de un político brillante y comprometido con su causa, pero también un toque de advertancia: tempus fugit y cada cual que lo exprima lo mejor que pueda.

Tampoco es nada desdeñable la nueva cinta de Peter Mullan, Neds, siglas de Non-Educated Delinquents, una historia sobre la vida en la calle en el Glasgow de los setenta. Todo un mundo de glam rock, sexo, violencia y camaradería pandillera, que se aprovecha de la frágil infancia del protagonista John McGill para crear un monstruo. La película discurre por terrenos sociales muy duros, de una violencia física y visual muy elevada y que en su primera parte consigue un resultado excepcional. El problema viene en la segunda parte, cuando Mullan tiene que dar un final a la historia, y escoge la vertiente excesiva y a ratos grotesca que consiste en pasar de vueltas al personaje principal.

El tercer plato del día fue el mencionado folletín de cuatro horas y 15 minutos que, sumado al descanso y a los fallos de proyección, supusieron el reto de permanecer casi cinco horas en la sala. El problema de hacer una película tan larga como Misterios de Lisboa es que nadie habla de ninguna otra cualidad. Es una dura prueba de resistencia cinematográfica que no todo el mundo superó y el goteo de público que abandonaba la sala se sucedió lento pero constante. El film, dirigido por el chileno afincado en Francia Raúl Ruiz, recorre los líos amorosos de un grupo de personas en los albores del siglo XIX, en los que se mezclan nobles portugueses, miembros del clero y un pirata. A lo largo de tan amplio metraje da tiempo a todo: momentos espléndidos y escenas que caen en el más absoluto ridículo, aunque en términos generales puede decirse que la pelicula resulta un tanto acartonada y que en muchos casos cae en una teatralidad muy forzada.

Aún nos quedaba por comentar otro título en competición de la jornada anterior: la suiza Colours in the Dark, dirigida por Sophie Heldman y cuya traducción debería ser más bien Todos los colores hasta el oscuro. Es la durísima y devastadora historia de cómo una pareja madura afronta la noticia de que él está enfermo de un cáncer terminal. Con reminiscencias del cine de Bergman, consigue transmitir los sentimientos que pretende: desesperación, rabia e impotencia ante la enfermedad y la desazón de un amor alimentado por más de 50 años de convivencia. Las interpretaciones de todos los actores son notables pero la del inmenso Bruno Ganz es sobresaliente, pues llena de matices su apocalíptico personaje.

En Zabaltegi se ha proyectado también la original y valiente propuesta del director español Rodrigo Cortés Buried (Enterrado). La película tiene mucho a su favor, sobre todo, la interesantísima y atrayente premisa de ser una película de aventuras filmada dentro de un ataúd durante 90 minutos. Por imposible que parezca, el director consigue un trabajo de fondo y forma muy notables y que aguantan estoicamente la prueba. Sin duda es una de las películas más arriesgadas de los últimos tiempos y uno de los grandes logros del cine español.