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Sonaba en una secuencia el silbido del tren a lo lejos, ese tren que llevaba en sus entrañas no pocos polizones hambrientos, que albergaba a esas gentes que ansiaban un hogar, un trabajo, un espacio propio en aquella América desolada por la Depresión, la avaricia y la penuria. Sonaba tal cual en Sucedió una noche como sonaría después en tantas y tantas road movies, en docenas de esas películas en las que un personaje X cogía el camino B de esa Norteamérica siempre misteriosa, siempre bella, siempre árida a la par que fascinante, para cambiar su visión de las cosas. En suma, lo más parecido al western sin serlo, lo más parecido a la Odisea sin necesidad de un Homero detrás ni una Ítaca a la que volver.

En el caso de la película de Capra era la caprichosa millonaria Claudette Colbert la que comprendía las míseras condiciones de vida de muchos de sus compatriotas a la vez que se enamoraba y peleaba con un plumilla encarnado por Clark Gable. Bajaba, por así decirlo, a las míseras cloacas y realidades de la pobreza. El esquema ‘road movie’ se repetiría infinidad de ocasiones, incluso en las películas que no pueden ser catalogadas como tales ni se ajustan estrictamente a los códigos de ese subgénero. En Los viajes de Sullivan de Sturges,  Joel Mcrea descubría algo que la Colbert de Sucedió una noche también había aprendido a base de palos: la capacidad de hacer reír. Esa era la gran lección de un cineasta que se embarcaba en mil y un peligros para conocer de cerca qué es lo que el público de aquel lejano 1941 le pedía a una película. Descubría, al fin y al cabo, que el noble arte del entretenimiento también es capaz de salvar muchas vidas.

Sucedió una noche

Los tiempos cambiaron, pero los caminos del Estados Unidos más recóndito siguen allí. Los mismos pueblecitos a los que llegaba el tétrico y tristón circo de Dumbo, el mismo Monument Valley que asomaba como imponente escenario en docenas de películas del iracundo y sabio John Ford, esa oda de la naturaleza que sigue inmarchitable con todas y cada una de sus interminables formaciones rocosas. Quizá por ello, en el cine de los últimos años, muchos han vuelto a transitarlo para cambiar de rumbo y, de paso, también de vida. Poco importa que fuesen el Forrest Gump de Zemeckis o la Laura Dern y el Nicholas Cage de Corazón Salvaje. Desde el más convencional hasta los más surrealistas y lynchianos de los personajes han visto el mundo de otro color tras atravesar los atardeceres imposiblemente kitsch de la América más honda.

También lo hicieron las feministas y reivindicativas Thelma y Louise aunque sus cuerpos, más que cambiar de vida, acabasen inertes en aquel Cañón del Colorado de los primeros 90 que les enseñó el verdadero valor de un ser humano (y el más americano de todos): el de la libertad. En Alma Salvaje, esa cinta que (en un visionado superficial) a muchos les recuerda a Hacia rutas salvajes o Las aventuras de Jeremiah Johnson, la cordillera que bordea el Pacífico y llega hasta el Canadá no parece tan profunda como los puebluchos con los que se encontraba la pija de la Colbert o el elefantito de las grandes orejas, pero algo en su esencia nos vuelve a conducir a esa odisea homéricoyankee que ya es un clásico del cine de Hollywood. Que la película protagonizada por Reese Witherspoon es una de las mejores de 2014 es indudable. Sólo hay que comprobar viéndola cómo recursos generalmente fastidiosos como la voz en off o los flashbacks de recuerdos fragmentados se convierten aquí en el lienzo que nos pinta el verdadero camino de la protagonista. Y en ese camino reside también el corazón de todos nosotros, de aquellos que hemos querido caminar por un nuevo sendero que lave la suciedad de nuestros dolores más profundos, aquellos que hieren en silencio y a traición. Como le ocurre a la protagonista; como nos ocurre cuando escuchamos junto a ella los acordes finales de esa flauta de pan de El Condor Pasa de Simon and Garfunkel. Como le ocurre a todo aquel que, tras un traumático periplo, elige estar en el lado de la belleza.