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Más que silbar, Lauren Bacall hablaba. Y lo hacía tan bien que no le dolían prendas a la hora de decir lo que le daba la gana. «Nadie que tenga cerebro podrá ser feliz nunca», dijo en una ocasión esta mujer que luchó contra el mccarthysmo y se convirtió en emblema del cine negro y en la sempiterna compañera sentimental y artística de Humphrey Bogart.

Nacida en Nueva York hace 89 años, la actriz, que se iba de este mundo este lunes, amó siempre esa ciudad y la profesión que le tocó en suerte: la de ser actriz. Lejos de la interpretación, con 19 años era tan sólo una joven modelo, flaca y bastante opuesta a los cánones voluptuosos de la época, a la que la mujer de Howard Hawks descubrió en la portada de Harper’s Bazaar. Inmediatamente se la enseñó a quien luego sería su marido, que pensó en ella para protagonizar Tener y no tener, la adaptación de la que Hemingway consideraba su peor novela. Corría el año 1944 y la química que desprendía con Humphrey Bogart, toda una estrella que le doblaba la edad, traspasó los estrechos márgenes de la pantalla. Entre cigarrillo y cigarrillo, ambos se convirtieron en un binomio explosivo.

En un Hollywood que adoraba el sexo aunque el Código Hays le impidiese hablar abiertamente de él, los dos actores exhibieron un erotismo soterrado e inteligente en clásicos como El sueño eterno. Además, se convirtieron en la pareja de oro del cine negro, el género que mejor supo reflejar el pesimismo post Guerra Mundial. Como marido y mujer encabezaron las protestas contra la nefasta Caza de Brujas y el amor que se profesaban era uno de los más sinceros y cálidos de la artificiosa meca del cine. Sencillamente, eran el uno para el otro y la cámara, esa gran reveladora de verdades, lo sabía muy bien.

En los cincuenta Bacall voló sola y sin Bogart. No hay más que verla en Cómo casarse con un millonario, la primera comedia en Cinemascope de la historia del cine, para darse cuenta de que su pueril erotismo se había convertido, ya en el 53, en clase y femineidad de primera. La comedia fue un género que la trató muy bien. De hecho, en Mi desconfiada esposa, de Minnelli, su guerrera esposa estaba a la altura de las combativas féminas que encarnaban Katharine Hepburn o Bette Davis. Sin embargo, aquellos que observen bien podrán ver que, tras las risas junto a Gregory Peck, se escondía el llanto por la enfermedad de Bogart, por entonces enfermo de cáncer. Hubo alguien que dijo que el Rick de Casablanca murió de esa enfermedad y de «un millón de whiskys». Su viuda lo certificaría, a pesar de que siempre lo consideró el gran amor de su vida y habló maravillas de él.

Musa de Douglas Sirk en esa oda al melodrama que es Escrito sobre el viento, que rodó justo antes de la cinta de Minnelli, ese género no la trató tan bien. En los años 60, muchos dieron la razón a los que pensaban que Bacall no tenía lugar en el cine sin un Bogart al lado, ya que su filmografía declinó de forma peligrosa. Ella fue lo suficientemente inteligente como para reconducirla y convertirse en una estrella de musicales de Broadway. Dos Tonys le dieron la razón.

«Seguir trabajando es seguir viva», dijo cuando muchos pensaban que ya no tenía nada que demostrar y que era fútil enfrentarse a ogros tras las cámaras del tipo de Lars von Trier, con el que trabajó en Dogville. Con ogros o sin ellos, fuera de los platós, Lauren Bacall siempre decía lo que pensaba. Su cara de desagrado cuando Juliette Binoche le birló el Oscar como mejor actriz secundaria por El paciente inglés fue el mejor ejemplo de que los disimulos no iban con ella.

Los años se han acabado llevando a La Flaca, a la viudísima de Bogart, cuando más dispuesta estaba a seguir adaptándose al cine de hoy, tan distinto a aquella ensoñación en blanco y negro que la vio aparecer a ella por primera vez. Y así quedará en la memoria, como la joven hija del gerente de un hotel en el final de Cayo Largo, aquella que abría la ventana y aparecía iluminada por los rayos del sol una vez pasado el huracán que servía de trasfondo metafórico a la historia; la que esperaba a un heroico Bogart que volvía en barco junto a ella. Ahora será él el que la espere en un cielo cinematográfico que cada vez cuenta con más constelaciones, el que la aguarde en algún rincón donde no haga falta silbar y haya hueco para las estrellas con alma canalla.