España, febrero de 2004. A nuestro país, y más concretamente a Madrid, le va a pasar algo en un mes que marcará profundamente nuestra repulsa hacia el terrorismo y abrirá una herida difícil de curar. En ese mes y en ese año, nada ni nadie puede hacer que imaginemos semejante tragedia. Tampoco se nos pasa por la cabeza la hecatombe en forma de crisis económica que se producirá tan sólo cuatro años después. En ese febrero (y en el resto de nuestras vidas) muchos ignoramos cualquier noción sociopolítica viviendo por y para el cine. El que esto escribe es uno de ellos y, por aquel entonces, está a punto de cumplir años y desea, con todas sus fuerzas, ver el último estreno de la cartelera, el que muchos definen como el ‘film del año’.

La película en cuestión la protagonizan una ex niña prodigio y un actor que antaño cazó fantasmas y vivió varios ‘días de la marmota’. Mi deseo se cumple y acabo viéndola en un nuevo cine de Málaga pero, sin embargo, erro el tiro en algo muy importante que me acaba jorobando la jornada. Y es que, nunca JAMÁS debí llevar a un ligue al cine a verla conmigo, ya que la cinta de Sofía Coppola, titulada Lost in Translation, no es para todo el mundo y esta personita en cuestión (a la que no volví a ver nunca más, a Dios gracias) se pasa todo el metraje dándole al dedo y a su móvil enviando docenas de SMS. Sí, amiguitos, en 2004 todavía no existía el Whatsapp y los móviles aún no eran más inteligentes que nosotros mismos…

No puedo negar que Lost in Translation me conmocionó de una forma especial. Coppola basó su guión en esa bizarra costumbre de muchos actores y directores de Hollywood de irse a Japón a grabar anuncios de carácter más bien…ridículo. Imaginó un ‘breve encuentro’ a la manera de David Lean pero en un Tokyo frío (y sin embargo fascinante) entre una jovencita recién casada que busca el rumbo y un maduro actor de carrera mediocre que ha acudido a la urbe japonesa para realizar un anuncio de whisky. Cada vez que el sol aparecía entre los árboles, Scarlett Johansson sacaba a pasear su mirada triste y perdida entre los impersonales edificios japoneses o la Coppola retrataba a Bill Murray frontalmente en la cama de su hotel  para mostrar su vacío existencial, yo me extasiaba en mi butaca. Recuerdo que, tras ver la película, me convertí en un auténtico devoto de la música del grupo Air gracias a todas las canciones suyas que aparecían a lo largo del metraje. También entré enardecido a defender la cinta en todos y cada uno de los foros de Internet que acusaban a la película de xenófoba.  Muchos la tildaban así por el humor que se gastaba la hija del director de El Padrino a la hora de retratar a los japoneses. Yo lo veía, simplemente, como el punto de vista de los protagonistas ante un universo chillón, pop y bastante alejado de nuestros parámetros occidentales. Y siempre, eso sí, sin emitir juicios de valor.

Me creí a los dos protagonistas, a una Johansson previa a sus devaneos con el cine comercial y a un Bill Murray del que ya era fan y que, delante de la cámara de la Coppola, encarnaba la estampa más real y más dolorosa de la soledad y el fracaso vital. Porque de eso va Lost in Translation, de una soledad compartida en el otro lado del mundo que tiene fecha de caducidad y que va mucho más allá de las paredes de un hotel nipón o del gris funcional de una gigantesca ciudad.

Cierto que, a lo largo de esta última década, las razones para odiar la película han crecido como los malos restaurantes japoneses. No recuerdo el número interminable de usuarios de Instagram que han copiado las poses de Scarlett o de Bill en la película. Tampoco la de veces que muchos ‘hipsters’ de pro han emulado la poesía visual de la Coppola para autorretratarse (‘selfie’ lo llaman ahora) y así alimentar sus insaciables ansias de protagonismo a través de las redes sociales. Quizá ellos se quedan en la epidermis del asunto y olvidan lo más importante de la película y de la filmografía de Sofía Coppola en general : que detrás de los planos de anhelantes adolescentes mirando a través del cristal de un coche (o de un carruaje, como la Kirsten Dunst de María Antonieta), se encuentra todo un universo de silencios cruzados y de humor seco, a menudo basado en los absurdos cotidianos, que nos habla de los aislamientos adolescentes, de la desasosegante quietud de nuestro día a día o de los seres heridos por sus propios privilegios.

Sofía Coppola ha rodado maravillas, pero pocas veces ha acertado tanto a la hora de retratar la incomunicación urbanita de nuestro tiempo. Y es que, ni todos los ‘hipsters’ del mundo, ni todo el postureo de las redes sociales que pretende convertir la película en culto de un  moderneo  vacío y superficial, pueden impedir que siga emocionando ese susurro final y esos planos de un Tokyo taciturno al ritmo del Just like Honey de Jesus and Mary Chain. Ni ahora ni en febrero de 2004, cuando yo dejaba de ser un mocoso, el mundo empezaba a ser virtual y Scarlett Johansson seguía siendo la chica que paseaba anhelante por una ciudad  despersonalizada, acompañada de unos enormes auriculares.