Que la ficción televisiva muestra en ocasiones una ambición artística y visual comparable a la cinematográfica es algo que queda claro si nos fijamos en las cuatro producciones que compiten este año en la categoría de Dirección Artística, que premia el talento de profesionales cuyo cometido es aportar una entidad estética a la narración mediante la creación de decorados y la elección de objetos y localizaciones. En dos de estas producciones, Downton Abbey y Arriba y abajo, los espacios adquieren un protagonismo absoluto. En Mildred Pierce asistimos a un ejercicio de virtuosismo creativo, y Los Kennedy trata de mostrar una imagen distinta acerca de una realidad sobradamente conocida.

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Donal Woods, Charmian Adams y Gina Cromwell por Downton Abbey

Si, desde el siglo XIX, las grandes obras de la narrativa continental tenían nombre de mujer (Madame Bovary, Eugenia Grandet, La Regenta, Anna Karenina), en esa extraña isla llamada Inglaterra ocurría lo mismo con las mansiones familiares. Wuthering Heights, Mansfield Park o Howards End eran nombres bajo los que bullía un auténtico crisol de emociones, pasiones, dramas familiares y conflictos de clase. Una de las principales razones de este fenómeno posiblemente esté relacionada con el apego de la aristocracia británica al terruño familiar, inmutable a lo largo de los siglos y expuesto a los avatares del mundo moderno. Downton Abbey recupera ese espíritu y convierte a esta suntuosa propiedad de la campiña inglesa –los exteriores del edificio corresponden a una finca de Berkshire- en la verdadera protagonista de una historia en la que los personajes tratan de estar a la altura de una casa que condensa la historia y el esfuerzo de una familia, los Crawley. Por eso, diseñar Downton Abbey es una labor tan titánica como trazar los caracteres y los diálogos de sus personajes. El resultado es impecable, y buena parte del peso emocional de la serie descansa en estos complejísimos interiores que dan muestra de una labor exquisita y detallista; desde el cuadro ecuestre que preside el salón familiar hasta las cajitas de rapé, las vajillas y cuberterías, las austeras dependencias de la servidumbre, la contención de las viviendas de Lady Violet o de Matthew Crawley o la precisa recreación de la aldea cercana, el trabajo de Donal Woods se acerca a la perfección y nos muestra una imagen distinta de algo que creíamos conocer de sobra. Quizás ésta sea la oportunidad más seria hasta la fecha para que Donal Woods se lleve a casa el premio que, hasta ahora, se le ha resistido en dos ocasiones. En los premios de 2008 y 2010 compitió gracias a su magnífica labor en las dos partes de Cranford, aunque sus oportunidades resultaban algo menguadas frente a contrincantes más sólidos. En esta ocasión, nadie duda que Downton Abbey es una firme candidata en las secciones artísticas del certamen y, sin duda, una de las que más encendidos entusiasmos despiertan en el público

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Rocco Matteo, Mun Ying Kwun y Enrico Campana por Los Kennedy

Diseñar el aspecto de una serie cuyo foco de atención es la vida de la familia más documentada de la historia estadounidense es, sin duda, un reto para un equipo de dirección artística que debe caminar con pies de plomo para no suscitar críticas. Por ello, los profesionales capitaneados por Rocco Matteo llevaron a cabo una minuciosa labor de investigación antes de emprender el diseño. Durante semanas, revisaron revistas, filmaciones y recreaciones anteriores de la vida de los Kennedy y el resultado reproduce, con asombrosa fidelidad, los espacios vitales de una familia que durante décadas simbolizó un auténtico estilo de vida para muchos americanos. Desde los despachos presidenciales hasta la residencia familiar o de vacaciones, Los Kennedy reconstruye un mundo ostentoso y por momentos más desordenado y caótico de lo que imaginábamos. No es una casualidad. Del mismo modo que la serie pretende desvelar la cara oculta de una familia poliédrica y con algunos ángulos oscuros, la dirección artística nos muestra el aspecto que debía de tener el Despacho Oval o la lujosa mansión familiar cuando las cámaras se habían ido. Quizás en ese desorden –interiores abigarrados, superficies deslustradas, un cierto gusto kitsch- resida, posiblemente, uno de los mayores valores creativos de esta labor, al margen del rigor histórico. No obstante, quizás el conjunto general sea demasiado previsible y monótono, lo que desluce levemente a esta candidatura frente al resto de competidoras.

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Mark Friedberg, Peter Rogness y Ellen Christiansen-De Jonge por Mildred Pierce

No resulta difícil apreciar en Mildred Pierce el preciosismo estético que destilaba asimismo otra de las películas más conocidas de su director, Todd Haynes. El turbulento mundo suburbano de Lejos del cielo no queda muy lejos del universo recreado por Mildred Pierce, y el responsable, en ambas producciones, es el mismo, Mark Friedberg. Su labor en el ámbito de la dirección artística es uno de los factores más atractivos de esta estupenda miniserie.  Nos hallamos ante una creación sutil y atípica de las urbanizaciones norteamericanas de los años treinta, mundos perfectamente cincelados en cuyos planes no figuraba el impacto de la crisis económica y la pobreza. Este mundo en descomposición es subrayado por el equipo de Dirección artística a través de espacios levemente lúgubres, pulcros salones cuya penumbra oculta el polvo y el abandono, y una serie de exteriores y localizaciones adicionales que, con su caos, desorden y vida, contradicen la aparente armonía del sueño americano convertido en pesadilla. Como corresponde a un trabajo de altura, Mildred Pierce nos devuelve la imagen de un mundo inquietante cuyo epicentro, posiblemente, sea la casa de la protagonista, su cocina revuelta y débilmente iluminada, su dormitorio levemente descuidado, sus paredes sutilmente descoloridas. Al igual que sucedía con el vestuario, la dirección artística de Mildred Pierce tiene la inmensa virtud de despojar una época de clichés y mostrarnos una versión más dura, más compleja y más hermosa de lo que quizás fue.

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Eve Stewart, David Hindle y Julia Castle por Arriba y abajo   

Si comenzábamos este artículo hablando de casas que protagonizan historias, lo cerramos del mismo modo. Arriba y abajo recrea los seísmos íntimos de una lujosa residencia londinense, y lo hace con un verdadero alarde de imaginación y hedonismo visual. Al igual que sucedía en la categoría de vestuario, Arriba y abajo muestra una notable distancia estilística respecto a la contención rural de Downton Abbey. En Arriba y abajo han hecho eclosión todas las vanguardias decorativas de principios de siglo. El orientalismo desbordado y el art déco llevado a su extremo más formal –maderas exóticas, audaces composiciones geométricas, ostentación decorativa, audacia ornamental- están presentes en espacios tan asombrosos como el hall de entrada a la casa, los salones orientales de la madre del joven diplomático, los exclusivos bares en los que los protagonistas se codean con la realeza o las espléndidas fiestas que organizan. Hay color, hay imaginación y hay también un contraste entre los dos mundos representados, entre el de arriba y el de abajo. Si el mundo de la clase alta es espléndido y lujoso, los espacios que frecuentan los miembros del servicio se caracterizan por una sobriedad quizás menos cuidada pero igualmente significativa. El despacho del ama de llaves, la taberna a la que acude el servicio o sus dormitorios están recreadas con una voluntad historicista no exenta de imaginación. Posiblemente ése sea su mayor valor, y el elemento más interesante que podemos encontrar: un derroche de fantasía y creatividad en una serie abiertamente teatral y visualmente fascinante. Las cosas se aclaran, además, si mencionamos que el diseño de producción ha corrido a cargo de Eve Stewart y David Hindle, responsables de un trabajo deslumbrante en El discurso del Rey.

Debería ganar: Downton Abbey
Ganará: Downton Abbey