
Krux (Encrucijada) es el esforzadísimo debut en el largometraje de la alemana Tony Vahl. La directora parte de una horripilante colección de hechos históricos: la oleada de suicidios en la Alemania nazi durante los últimos días de la guerra para no dejar nada vivo —ni animales domésticos, ni mujeres, ni niños— para cuando llegara el enemigo.
Vahl lo representa en una aldea ensimismada, rodeada por el agua y por la niebla, por el miedo y la ceguera. Allí sólo quedan tres hombres: el alcalde, un pequeño Hitler; el cura, un asustaviejas; y el profesor, un maltratador que por las noches escucha la propaganda del enemigo. Ninguno es capaz de ofrecer esperanza, ni rumbo, ni salida. Entre las mujeres del pueblo, la protagonista comienza casándose con un soldado fallecido, su madre tiene dejes de bruja, la mujer del alcalde está subyugada a su marido y la vecina cada vez hace menos pie.
No hay tregua en Krux. Casi se diría que no hay color, ni aire. Casi ni ruido. La angustia es infinita, pero también la voluntad de la directora de epatar con metáforas que realidad son simplonas cuando en verdad lo que se echa en falta es un rumbo. No basta con construir este mundo tan desasosegante, hace falta también un objetivo claro, un enfoque narrativo. Y de esto la película va escasa.
Y es importante ser claro, porque según se escriben estas líneas llegan noticias de otra victoria de la extrema derecha en Alemania. Las serpientes a las que tanto recurre Vahl en sus trabajadas imágenes, son terriblemente escurridizas. Nadie debe limitarse a querer meterlas en una pecera: hay que saber si te gustan y tener un plan de acción.

