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El baile de la victoriaLas dudas se disipan. Finalmente España sí cuenta con una buena candidata para poder al menos ser seleccionada entre las cinco nominadas al Oscar a la mejor película de habla no inglesa. El baile de la victoria, basada en una novela de Antonio Skármeta, dirigida por Fernando Trueba y protagonizada por Ricardo Darín, es una obra sensible y dulce que puede apelar al corazón de Hollywood.

Ambientada poco después de la llegada de la democracia a Chile, se trata de una cinta ambiciosa pero satisfactoria a varios niveles: como crítica al régimen de Pinochet, como thriller de ladrones, como drama familiar, pero sobre todo seduce por la historia de amor adolescente que recuerda a Un lugar en el mundo, de Adolfo Aristarain.

Y aquí está el gran acierto de la película. Abel Ayala, el joven actor bonaerense, con un perfecto acento chileno, es el que roba cada uno de los planos del film. Visto anteriormente en títulos como El polaquito o El niño de barro, es realmente el protagonista de la cinta e irradia un carisma que logra que los pequeños fallos que pueda tener el largo, los podamos pasar por alto. Atentos a su más que posible nominación a los Goya.

Por su parte Ricardo Darín encarna al ladrón amnistiado con la sabiduría y derrota que sólo un actor de su calibre podría imprimir. Su nominación a los Goya también está prácticamente asegurada. No así el personaje anecdótico de Ariadna Gil, cuya linea argumental es necesaria pero muy breve. También es de destacar el talento de la joven bailarina Miranda Bodenhöfer, la Victoria del título.

Algunos de los pros del film son una excelente fotografía de Julián Ledesma, el vestuario de Lala Huete y el diseño de producción de Verónica Astudillo. Entre los aspectos negativos encontramos una duración algo dilatada, a pesar de que Trueba mantiene un ritmo que apenas decae, una primera parte algo más difusa hasta que las historias de los personajes terminan por encontrarse y un final, igual que en la novela, totalmente abierto y que deja con un lígero sabor de insatisfacción.

La película, extraño crisol en el que se mezclan innegables talentos de España e Iberoamérica, es un canto a la ilusión, la esperanza y el romanticismo, con algunas pinceladas de negrura que nunca llegan a explotar en pantalla, que contiene varias posibles lecturas, pero que este cronista decide ver desde el optimismo que baña gran parte del metraje.

Inexplicablemente ayer fue recibida de forma fría en San Sebastián, con algún que otro silbido al final de la proyección. El baile de la Victoria (creo que debería escribirse con uve mayúscula) no inventa nada, pero cuenta una historia que seduce y apasiona a través de una narración excelente de Trueba y un plantel de actores con lo más granado de hispanoamérica que logran hacer creíbles y entrañables a sus personajes. Y eso no es poco.