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El fenómeno pop se confirma. El compositor indio A. R. Rahman se convierte en el primer indio en ganar el Oscar a la mejor composición y lo hace por Slumdog Millionaire. Bajo la etiqueta de Bollywood, el compositor sacude esta categoría ganando con un pequeño conjunto de canciones electrónicas que sólo la Academia ha recibido en su totalidad. Imaginamos que el tirón de las canciones de la banda sonora indudablemente han ayudado a confundir el significado de este Oscar. De esta forma, se liquida la tradición de premiar partituras orquestales adaptadas a la imagen. Tiemblan los fans de la música de cine.

Rahman no es un novato en su paí­s, la India. Su primer trabajo le vino de la mano de Mani Ratnam en Roja. Pero el primer gran éxito de Bollywood le llegó con Rangeela, del director Ram Gopal Varma. Tras ésta, vendrí­an muchos más largometrajes para la factorí­a del celuloide indio. Sin embargo,  ésto no le ha impedido proyectarse internacionalmente. Andrew Lloyd Webber le invitó para que compusiera la partitura del musical de Broadway Bombay Dreams. También es el responsable de la adaptación a la escena de El Señor de los Anillos que se estrenó por primera vez en Canadá y posteriormente en Londres. Respecto al cine de Hollywood, suya es la música de Elizabeth: La Edad Dorada que compuso junto a Craig Amstrong, otro compositor de adaptaciones y texturas.

Probablemente los académicos no sepan quien es pero este compositor es conocido en su país como el John Williams del cine. Seguramente, este sí­mil es obsceno pero a Rahman hay que reconocerle lo suyo. Tiene talento para mezclar y crear musicales contemporáneos. Y he aquí­ el primer error de esta banda sonora. Slumdog Millionaire no es un musical. Probablemente, este contrasentido es más propio de su director Danny Boyle, que así­ se lo pidió al propio compositor. Éste simplemente se ha limitado a parir otra creación suya. Este hecho ya es en sí­ bastante insólito. Probablemente, sólo en Bollywood encontraremos buenos compositores (y baratos) capacitados para crear una banda sonora original sólo de canciones cantadas. Es cierto que cada vez más a menudo, artistas de la música americana se pasan a componer para el cine. Pero el resultado suele ser siempre bastante pobre. El año pasado Eddie Vedder lo intentó con Hacia rutas salvajes y obtuvo como recompensa la descalificación de la Academia. Por tanto, sólo donde se crea un cine que requiere y forma sus propios compositores de canciones, como es el caso indio, se es capaz de dar a luz a músicos como Rahman. Si la pelí­cula extranjera además se ambienta en la India, y el compositor conoce perfectamente los sonidos del lugar, los astros se han alineado. Por tanto, estamos hablando de una casualidad en el mundo de la música, un Oscar que es una jugarreta del destino.

El hecho de que esto, que no es una partitura original instrumental, haya ganado el Oscar es más que nada una burla al propio reglamento de la Academia. Muchos compositores (y de los grandes) han visto como sus preciosas partituras no podí­an competir al Oscar porque la Academia las descalificaba por pequeños detallitos. Entre ellos, Howard Shore (El señor de los anillos: las dos torres; El aviador), Alan Menken (Encantada: la historia de Giselle) o James Newton Howard (Collateral). Innegablemente, es un insulto y un agravio para todos ellos que, habiendoles negado el reconocimiento, se practique la pasividad con Slumdog Millionaire, que infringe prácticamente la mitad del reglamento y desde luego, más prohibiciones que todas estas mencionadas anteriormente juntas. Ojo. No digo que Rahman no debiera merecer méritos por su creación musical, eso es otro tema, sólo digo que no me parece justo que con unos se defina la partitura de una forma y con otros de otra. A diferencia de quienes defienden en blogs secundarios el trabajo de Rahman, yo sí­ he escuchado su obra anterior. Y si alguna vez estrena adaptación musical en España no me disgustaría comprar una entrada. Pero esta banda sonora es un grave desacierto a la hora de adaptar musicalmente esta película porque le imprime un desorbitado dinamismo pero le resta muchí­sima profundidad y sensibilidad, dos factores de los que anda un poco coja la pelí­cula. Además la excitada presencia musical y su inexistente relación con las imágenes son dos elementos que le restan muchí­sima calidad, mucha. Pero volviendo al tradicional concepto de partitura y al actual reglamento, su triunfo marca desgraciadamente el principio del fin de la credibilidad del gremio de compositores de la Academia.

2009-02-23-deseldestinoMás que la victoria, ya que votan todos los académicos, es intolerante que el propio gremio la haya nominado. Es esta la decepción. Cuando Gustavo Santaolalla fue nominado por Babel ya avisamos que actos tan raros como aquel no debieran repetirse por el propio honor de la Academia de cine. Pero aunque no es el mismo caso, sí parece la misma actitud. Otra vez han hecho trampas. Un gremio que hace unos años era conocido como ser uno de los mas justos y trabajadores se ha convertido en el hazme reir de la Academia junto con los maquilladores o los responsables de elegir las canciones nominadas. A primera vista, tres razones se me ocurren. La primera es la nula y preocupante interacción de los compositores. Pese a la globalización y la internacionalización de talentos, luego son muy pocos los que componen para el gran cine. Este incesante pluriempleo hace que los compositores se hundan en sus partituras y no socialicen con sus compañeros (esta frase la dijo el año pasado Danny Elfman, no me la invento yo). Esto parece indicar que cada vez más los compositores (y sobre todo, los nuevos outsiders) votan a ciegas sin escuchar. Yo me pregunto cómo es posible que excelentes compositores como Alberto Iglesias critiquen Memorias de una geisha de John Williams y alaben el trabajo de Santaolalla en Brokeback Mountain. Necesito razones para comprender tal afirmación. En segundo lugar, la desaparición de los grandes compositores de la música de los años ochenta (Jerry Goldsmith, Elmer Berstein, etc) hace que este gremio se esté quedandose sin referentes y tengan que tantear quienes les heredarán con mayor éxito (Dario Marianelli) y con menor acierto (Gustavo Santaolalla). Por último, la falta de ideas hace que los nuevos ramalazos musicales destaquen. Normalmente, estos suelen suelen probarse como desatinos (Babel) aunque también hay excepciones (American Beauty). E igualmente, suelen captar una gran atención entre los académicos. La Academia, en general, se está abriendo a un concepto de música de cine en el que la orquesta empieza a perder su sentido y  los nuevos ritmos se incorporan al desarrollo cinematográfico.

Sólo los aficionados de la música de cine, aunque estemos en desacuerdo incluso con los propios compositores, parece que sigamos defendiendo el esquema clásico de las partituras para cine. Más que nada porque sabemos que es el que mejor resultado da, aunque acatamos otras opciones. Respeto (y disfruto) la música de Rahman pero sigo pensando que una partitura instrumental adaptada de un buen compositor hubiera quedado mejor. Sólo los directores con escasa perspectiva de cine, como Danny Boyle, no saben verlo. La música de cine tiene que crear contextos musicales pero también debe ir al compás de las imágenes y las imágenes deben bailar junto a los compases de la partitura. Lo peor de todo, es que el tiempo siempre acaba por darnos la razón y al final son aquellos que tienen bien aprendida la lección los que acaban estando en los mejores filmes de Hollywood. Puede que Alexandre Desplat no tenga un Oscar pero a nadie se le escapa que cuando tu pelí­cula necesita una música, le vas a llamar primero a él antes que a Rahman, porque Slumdog es un experimentos musical y no certifica méritos de que Rahman pueda ofrecer una versatilidad de calidad en otro proyecto que no sea con música electrónica y en la India.  En definitiva, el Oscar de 2008 no dejará de ser una anécdota de color en el palmarés de la Academia y una mancha en el del gremio de compositores. Afortunadamente, este negro panorama en la Academia y en el cine se contrapone al furor de los aficionados. Cada vez somos más y más entregados. Y prueba de ello son los festivales de música como el de Úbeda, en el que incluso en un paí­s como el nuestro, una pequeña ciudad como esta se convierte por unos dí­as en referencia y deleite para cientos de aficionados españoles. Mantengamos ese espí­ritu, perdonemos a la Academia y vayamos a Ubeda con la cabeza bien alta porque lo que ha ocurrido esta noche ha sido una triquiñuela del destino.