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Una noche fría y lluviosa. Pavimentos mojados y paraguas abiertos que albergan a seres tocados por la pobreza. A través de un gran ventanal, esos pobres observan desde la oscura calle una boda de alta sociedad. Sus ropas raídas, producto de los años más duros de la Gran Depresión, contrastan con la elegancia que se observa en el lujoso interior en el que dos novios se dan el ‘sí, quiero’. El policía que vigila les ruega que despejen la zona. Lo consigue con algunos pero una mujer se resiste a marcharse, a apartar su acuosa mirada. Ni el agente de la autoridad ni nadie de alrededor sospechan que esa mujer mal vestida con un largo y raído abrigo y lágrimas en los ojos es, ni más ni menos, que la madre de la novia. Una madre que no ha acudido al enlace, que ha preferido renunciar a su hija para siempre al no poder ofrecerle ese mundo de grandes posibilidades económicas y sociales del que ahora disfrutará; una mujer que ha preferido que el fruto de sus entrañas piense que ni siquiera se ha enterado de que ella se encaminaba hacia el altar. La escena descrita, con fotografía en blanco y negro y fondo musical a cargo del mítico Alfred Newman, supone el final de Stella Dallas, una película basada en la novela de Olive Higgins Prouty cuyo encadenado de secuencias parece  construido para llegar a ese desenlace que ha hecho llorar a varias generaciones desde su estreno, en un lejano agosto de 1937.

La película nació del empeño de Sam Goldwyn por impulsar su estudio independiente elaborando productos de calidad, por muy folletinescas que fuesen las tramas que los sustentaban. En este caso, el productor quería como protagonista a Ruth Chatterton, pero ella debió pensar que el personaje de madre vulgar que no encaja en la alta sociedad a la que parece encaminada su hija era demasiado similar al de la esposa adúltera que había encarnado un año antes en Desengaño y lo rechazó. La elegida fue una esforzada Barbara Stanwyck de tan sólo 30 años que se transformó literalmente para hacer justicia al personaje y que, además, aguanta en pantalla algunos de los más inmisericordes primeros planos que se recuerden en la historia del cine. El filme tuvo tanto éxito que dio origen a la primera soap ópera radiofónica, que hizo historia en las ondas a lo largo de diecinueve años.

La cinta de Vidor sigue siendo hoy uno de los grandes weepies del cine americano. Se nota, por la serie de elipsis que conducen rápidamente a la protagonista de hija de obrero que quiere casarse con Stephen Dallas a su papel de madre algo desastrosa, que a Vidor le interesaba más la parte final, en la que surge el conflicto entre la protagonista y su hija. Nada es coincidencia: desde la película muda llena de elegantes personajes que Stella contempla junto a su prometido, en la que ya se vislumbra su querencia por pertenecer a un universo social que le ha sido negado, a la cantidad de secuencias que la colocan frente a un espejo, símbolo del mundo de apariencias en el que vive o frente al que se estrella una y otra vez. Hay que recordar que, de existir un objeto que sea emblema del melodrama, ese sería el espejo. Lejos de espejos, desde el plano que abre la película, con unos obreros saliendo de una fábrica, ya se indica que la diferencia de clases, que finalmente desencadenará una suerte de tragedia griega para la protagonista, jugará un importante papel en la trama. Igual que lo juega el estrafalario vestuario que define tan acertadamente al personaje principal.

Lo más avejentado de una película a la que el paso del tiempo ha otorgado una indudable capacidad poética, son las escenas desarrolladas alrededor de Anne Shirley, que interpreta a la hija de Stella. A veces es duro para el espectador creer que una madre pueda hacer tan abnegados sacrificios por un ser tan repipi. Aunque Barbara O’ Neil, como la rica de noble corazón, John Boles como el hombre que enamora a Stella o Alan Hale como aquel que se convierte en emblema de su caótica forma de proceder resultan creíbles en sus personajes, este es, sin duda, el ‘show’ de Bárbara Stanwyck. Significativo es que para la actriz, que fue la cara de numerosas obras maestras de Capra, Hawks o Wilder, este fuese su personaje favorito. Debió saber cuál sería la reacción de nosotros, los humildes espectadores de un mundo más real y menos folletinesco, ante su Stella; la de una madre que renuncia a su hija y al final hace que acabe teniendo lo que ella nunca tuve; la de una mujer que llora y ríe acompañada por el trávelling final de la cámara de King Vidor. Y nosotros, humildes testigos de su epifanía, sentimos cómo nos estalla el corazón mientras en la pantalla llega el grandilocuente ‘The End’.