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Esta noche los Oscar cumplen 90 años en una edición llamada a enterrar el bochorno de la anterior, con la falsa proclamación de La La Land como gran ganadora y la poco honrosa corrección en directo a favor de Moonlight.

Por unos breves instantes, los Oscar se parecieron a sí mismos: la cinta más nominada de la noche y de la Historia (14 candidaturas, igualando el récord de Eva al desnudo y Titanic), después de acumular seis estatuillas a lo largo de la gala, incluyendo mejor director y actriz protagonista, recibía también la de mejor película del año.

Pero no. Los Oscar ya no son lo que fueron. En los últimos cinco años, siempre hemos llegado a este punto sin estar seguros de qué película sería la ganadora del gran premio. Muchas veces, hemos estado muy perdidos y este año, el desconcierto se agudiza aún más con dos películas que parecen tener exactamente las mismas posibilidades de llevarse el galardón.

Pero, ¿qué nos ha pasado? ¿Por qué el Oscar a la mejor película se ha convertido en impredecible? Como en todo fenómeno complejo, no podemos achacarlo a una única causa, sino encontrar varias razones que colisionan hasta provocar una auténtica marejada.

En primer lugar, la razón más objetiva: la Academia se ha renovado. El escándalo Oscars So White sirvió para acelerar un proceso que ya había comenzado pero que desde hace dos años ha recibido un gran impulso con la incorporación masiva de nuevos miembros pero también con la suspensión de derechos de voto de otros por razones de edad o profesionales. La Academia es ahora un poco más joven y un poco más mixta no sólo en lo que respecta a la raza sino también en lo que se refiere a orígenes geográficos al haber invitado a cineastas de todo el mundo a formar parte de la institución.

En 2015 había 5.856 miembros con derecho a voto. Un año más tarde el número creció hasta 6.687 y en esta edición hay 7.258 votantes. ¿Pueden esos 1.402 votantes extra haber modificado por sí solos la tendencia de los resultados? Es improbable, y más si tenemos en cuenta que desde 2012, el año de la victoria de The Artist, no hemos vuelto a tener una clara favorita en la carrera. Y más aún: desde 2009, con los ocho oscar de Slumdog Millionaire, ninguna película ha obtenido una victoria amplia.

¿Qué pasó en 2010 para acabar con los títulos con muchos Oscar? Una autentica revolución: la ampliación a diez nominados a mejor película del año (y, unos años más tarde, una cifra oscilante entre 5 y 10) y, con ello, la restauración del sistema de papeletas preferenciales para la votación. Para elegir la ganadora del gran premio, los votantes deben ordenar las candidatas por orden de preferencia. Su peculiar forma de recontar los votos (puedes leer la explicación completa aquí) tiene como objetivo no encontrar la película con más fans, sino la que guste a más votantes.

El objetivo último es evitar que el premio a la mejor película vaya a parar a un título que guste mucho a una parte del público pero que provoque rechazo en el resto. Con las papeletas preferenciales se garantiza que las opciones extremas nunca salgan elegidas. Si lo aplicáramos a unas hipotéticas elecciones presidenciales en España (cosa que no existe, pero que nos permitirá explicarlo gráficamente), el sistema de papeletas preferencias impediría sistemáticamente que saliera elegido ni el candidato del PP ni el de Podemos porque son los percibidos como los dos extremos del espectro político. Al colocar por orden de preferencia a los candidatos, los votantes más a la izquierda siempre colocarán en el último puesto al PP, mientras que los más conversadores castigarán a Podemos. En cambio, los partidos situados más cerca del centro ideológico aparecerán con más frecuencia en la parte alta de las papeletas porque no sufren tan intensamente el voto de castigo. Al recontar, son precisamente esas posiciones en los puestos 2 al 5 las que dan la victoria.

¿Quiénes son el PP y el Podemos de los Oscar? Pues a tenor de los resultados del año pasado, puede decirse que La La Land era el PP, la opción hegemónica, la más nominada, la película grande. Mientras que Moonlight era una alternativa intermedia, una película pequeña y moderna, previamente multi premiada y bien vista por la mayoría de los votantes.

Y eso alude al tercer elemento disruptivo al que se enfrentan los Oscar: el exceso de información. Con medios de comunicación -sobre todo digitales- cubriendo 12 meses al año la carrera por el Oscar, los candidatos se queman rápido. Este año arrancó con Call Me by Your Name, después se empezó a hablar de Dunkerque, las nominaciones de los Spirit apuntaron a Déjame salir, los primeros premios de la crítica auparon a continuación a Lady Bird, más tarde las nominaciones a los Globos de Oro pusieron el foco en La forma de agua, pero un mes más tarde sus resultados apuntaban a Tres anuncios en las afueras… Los medios vamos declarando un nuevo favorito cada pocas semanas por su necesidad de generar nueva información pero también por el exceso de ella. Tanta rama que no permite ver el bosque.

Y así, llegamos a la ceremonia de esta noche, con dos películas que parecen empatadas en opciones. Los premios previos aclaran más bien poco. Los Globos de Oro y los Bafta apuntan hacia Tres anuncios en las afueras, mientras que los galardones de los gremios profesionales -que comparten parcialmente votantes con los Oscar- parecen inclinarse hacia La forma del agua.

Hay quien incluso hace cálculos matemáticos para resolver el enigma, pero sirve de poco. Porque, volviendo al primero de los puntos, no conocemos bien a la Academia de 2018. Sus miembros tienen voz propia, esa que les ha llevado a multinominar a una cinta fuera de la agenda, El hilo invisible.

Por lo tanto, hay juego. Esta noche, casi mañana por la mañana, quedará resuelto.