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Nadie duda de que mañana por la noche Mildred Pierce será la gran vencedora en las categorías de miniserie o telefilme. En la superior de ellas, en realidad, no tiene rival: la única que le puede hacer algo de sombra es la británica Downton Abbey, pero su lejanía del espectador estadounidense, pese a su calidad, es un gran lastre. El resto, salvo Cinema Verité, parecen nominadas de relleno, por lo que no cabe esperar ninguna sorpresa.

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Downton Abbey

Al principio de la serie, el hogar y la vida familiar de los Grantham se tambalea por la muerte del heredero y futuro esposo de la hija mayor en el hundimiento del Titanic. Al final, los problemas de su pequeño mundo se quedan en insignificantes ante el anuncio del estallido de la Primera Guerra Mundial. Pero entre un punto y otro, y con la excusa argumental de buscar un marido para Mary, la hija mayor del Duque de Grantham, ha pasado por los siete capítulos una minuciosa descripción de ese microuniverso que representa una familia aristocrática inglesa en su fabulosa hacendad, unas posesiones que el patriarca (Hugh Bonneville) intenta conservar intactas. Un microuniverso que compone no sólo el núcleo familiar de padre, madre y tres hijas; también se incluyen en él todos los miembros del servicio, una especie de familia desestructurada en la que caben el amor, el odio, las traiciones, las trampas, el dolor, la bondad, la aceptación, las ambiciones y las conspiraciones, en simetría con lo que sucede en los pisos superiores de la gran mansión en la que trabajan. La impresionante ambientación, el cuidado por los detalles, el gran trabajo de vestuario juegan un importante al servicio de una serie cuya principal baza son unos personajes perfectamente definidos, unas interpretaciones magníficas por parte de todos los miembros del reparto, y sobre todo, un guión impecable con unos diálogos eficaces y sobrios al más puro estilo inglés, que dejan lo mejor para la afilada y superior lengua de Lady Violet (Maggie Smith), y que es el que eleva a la serie a las alturas y la salva de ser un culebrón de época más. Quizá no tenga mucho que hacer frente a la gran favorita en unos premios estadounidenses, pero para mí ha sido una de las experiencias audiovisuales más gozosas del año.

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Los pilares de la tierra

Adaptar un best-seller como Los pilares de la tierra a la pequeña pantalla tiene el inconveniente de que pone el producto resultante bajo el escrutinio de las hordas de fans que la novela ha cosechado desde que se publicó en 1989. Esto, unido a que en un tomo voluminoso como es la novela original hay más posibilidad de que los personajes profundicen en quiénes son, para que los acontecimientos, por locos que sean, se sucedan a un ritmo razonable e incluso para que el autor despliegue todo su conocimiento sobre la época, las órdenes religiosas y militares, la arquitectura medieval o lo que sea. Está claro que a la hora de adaptar, hay que optar por sacrificar personajes y acontecimientos o ponerlo todo. Y esto es lo que se ha intentado en esta miniserie. Y todo es tanto, que siempre parece al borde de la locura: Dios, arte, guerra civil, traición, batallas y luchas de poder, celos y venganza, incesto, violencia doméstica, enemistad entre hermanos, matricidio, feminismo, homosexualidad… Un auténtico cajón de sastre que desde luego no se resuelve en una miniserie; hay tantos personajes y temas que al principio cuesta saber quién es quién o qué es lo que sucede. Afortunadamente (aunque a mi parecer es demasiado tarde) la madeja se va desentrañando, y entonces es cuando la serie llega a enganchar y a disfrutarse. Desde luego, la producción es lujosa y la elección de actores es de primer orden (aunque al final es Ian McShane, el obispo Waleran, el que termina robando la pantalla), pero a veces da la impresión de que se han gastado el presupuesto en esto, porque, por ejemplo, las escenas de masa son demasiado poco multitudinarias. La nominación al Emmy es un reconocimiento al titánico esfuerzo de adaptación, y debería bastar con ello.

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Cinema Verité

En 1973, cuando la cadena PBS emitió An American Family, una serie documental sobre los Loud, una familia californiana de clase media, fue la revolución cámara al hombro contra el corsé de los guiones y los platós en la televisión convencional. Era la primera vez que la audiencia televisiva veía en sus cuartos de estar cómo una familia, que podía ser la suya, aireaba sus trapos sucios delante de todos, el primer reality show de la historia. Es decir, un hito en la historia de la televisión, y una gran ocasión para hacer un estudio minucioso de la repercusión social de los programas de telerrealidad. Y aunque el resultado es inteligente y está muy bien hecho, es un poco decepcionante, en el sentido de que la grabación del reality show es una mera excusa para mostrar la desintegración de un matrimonio al más puro estilo telefílmico. Y el problema no está en las interpretaciones: Diane Lane está fabulosa como Pat Loud, y su personaje evoluciona de verdad; también Tim Robbins y su personaje manipulador, que intenta aprovechar la presencia de las cámaras para hacerse publicidad. Se apunta la buena dirección, pero no se llega a culminar; quizá Cinema Verité habría sido más satisfactorio si se hubiera explotado más la relación entre Pat Loud y el productor del programa (James Gandolfini) –no se llega a saber si hay verdadera amistad, enamoramiento o si él la está utilizando  o si la pareja de cámara y sonidista hubieran servido de tamiz de lo que sucedía delante de las cámaras, o si se hubiera hablado más (y no sólo al final) de la repercusión del programa en los espectadores de la época. Pero el resultado es una oportunidad malgastada de hacer un telefilme diferente. Es interesante, pero no todo lo interesante que podría haber sido.

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Too Big to Fail

No es fácil hacer un thriller financiero: no hay sangre, ni cadáveres. Y si la acción se centra en un grupo de adultos en conservadores trajes que hablan por teléfono y se reúnen, y lo más cercano a una persecución en coche es una comitiva de coches oficiales, ¿cómo se va a crear emoción? No puede ser sólo en que a medida que la crisis avanza, los actores principales (William Hurt y Paul Giamatti, entre otros) hablen más bajo y más confusamente; o que se dediquen a gritar improperios (James Woods como directivo de Lehman Brothers). Tampoco se crea sea sensación de emergencia simplemente haciendo que los protagonistas no se sienten en su silla de despacho cuando hablan por teléfono, o caminando con paso fuerte por los pasillos, rodeados de una nube de ayudantes y ladrando por sus móviles. Ni tampoco con la música machacona que supuestamente crea tensión y suspense, aunque lo que suceda en las imágenes sea tremendamente vulgar. Si algo se puede decir a favor de Too Big To Fail es que los espectadores salen con una idea un poco más clara sobre la crisis financiera y sobre la intervención gubernamental para salvar los bancos, y sin duda apoya la idea de que no haber hecho nada habría supuesto una catástrofe. Pero tal vez eso se podría haber hecho sin necesidad de tanto suspense ficticio y hablando más claramente.

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The Kennedys

Anunciada como la miniserie más polémica del año, se suponía que The Kennedys iba a hacer temblar los cimientos de una de las dinastías políticas más importantes del siglo XX. Desde luego, no presagiaba nada bueno que varios historiadores y expertos en el hiperfamoso clan cuestionasen su rigor incluso antes de que se rodase, argumentando intenciones destructivas, poco realistas o vengativas. Puede ser que se hubiera conseguido la destrucción del mito Kennedy si el producto final hubiera superado una cota mínima de calidad, pero no es así. Ni las interpretaciones (desastrosos Barry Pepper y Greg Kinnear como los hermanos Robert y John, respectivamente, que no logran capturar ni el carisma, ni el atractivo, ni el magnetismo de los personajes reales, convirtiéndolos en una mera caricatura), ni el guión (centrado solamente en los escandalos con las drogas o las mujeres, o en la ambición de poder) consiguen reflejar al menos algo que pudiera parecerse a una realidad creíble y distinta de la que conocen la mayoría de espectadores, aunque ese conocimiento sea superficial. Sólo se salva de la quema el gran Tom Wilkinson como el patriarca Joe Kennedy, que sabe hacer despegar su personaje y da verdadero miedo con esa mezcla de seguridad, determinación y falta de escrúpulos durante la primera parte, y sólo su mirada desafiante y airada durante la segunda, cuando está anclado a una silla de ruedas sin poder hablar ni hacer movimiento alguno. Si su intención era examinar y deconstruir el sueño americano mediante el examen y deconstrucción de una de las familias que mejor lo representan, no sólo no lo logran sino que se pierden en un torpe y tosco lío sin vida ni emoción, lleno de vulgaridad y tópicos y con escaso poder de convicción.

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Mildred Pierce

Versionar un clásico de la novela negra que se convirtió en película de culto gracias a la adaptación de Michael Curtiz debe de ser una de las tareas más difíciles dentro del terreno pantanoso de las adaptaciones. Desde luego, el tema no puede ser más atractivo: el miedo de una madre a ser suplantada y destruida por una hija malcriada. Y Todd Haynes, el encargado de esta nueva versión, opta por apartarse de la película protagonizada por Joan Crawford y acercarse más a la novela original de James M. Cain, dándole un aire de homenaje a los grandes melodramas tecnicolor de Douglas Sirk, como ya hizo en Lejos del cielo, y haciendo más hincapié en los problemas de clase. El vestuario, la música y la escenografía hacen justicia a la época que reflejan (la Depresión), con una minuciosa atención al detalle en los ambientes, y Kate Winslet logra transmitir con gestos muy matizados las emociones maternas de vergüenza, ira, amor, pena y deseo, con ese aire de heroína moderna y ambiciosa, llena de sentido común y orgullo, que se ve degradada socialmente e intenta salir adelante en medio de las circunstancias más penosas para dar lo mejor a su hija (excelente Evan Rachel Wood en un personaje narcisista, egoísta y ambicioso). Aunque el ritmo a veces es demasiado lento y requiere del espectador un poco de paciencia de más, Todd Haynes se las arregla para no caer nunca en el efectismo y la tragedia facilona y ofrece, junto a Downton Abbey, uno de los mejores productos televisivos del año. Y si todo sale como dicen las encuestas, el Emmy es suyo.

Ganará: Mildred Pierce
Debería ganar: Downton Abbey