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La competición por el Oscar al mejor cortometraje documental viene marcada por la crisis de los refugiados, retratada en las dos películas más interesantes de esta selección: Watani, My Homeland y, sobre todo, 4.1 Miles, que no debería de tener grandes problemas en alzarse con el premio. Pero en esta categoría siempre difícil de predecir, no hay que perder de vista la enésima cinta con el Holocausto como trasfondo, Joe’s Violin, ni el retrato de la UCI de un hospital público que hace Extremis. Completa el quinteto una pieza más que discutible de los cascos blancos que actúan en Siria (The White Helmets).

Extremis, de Dan Krauss

Netflix está detrás de dos de los cortometrajes nominados este año. El primero es este sobrio retrato de una unidad de cuidados intensivos de un hospital público de Oakland, California. A Dan Krauss (dos nominaciones), el director, productor y director de fotografía de Extremis, sólo le interesan los pacientes terminales que allí encuentra, sus familias y la médico que les atiende. Y se acerca a ellos hasta el punto de hacer sentir al espectador que está invadiendo intolerablemente la intimidad de todos ellos. Y hay muy poco más en esta pieza que roza la media hora de duración: una doctora que no quiere practicar el ensañamiento terapéutico, unos moribundos que apenas tienen consciencia y unos familiares que se ven tomando la terrible decisión de dejar marchar. No hay ninguna propuesta ni tampoco busca una conclusión, sólo le interesa el testimonio. Pero nos preguntamos cuál es la necesidad de filmar unas circunstancias que todo el mundo ha vivido o va a vivir más tarde o más temprano. La sola idea de que semejante abismo se puede abarcar en un cortometraje hace que Extremis sea casi una frivolidad.   Fernando de Luis-Orueta

4.1 Miles, de Daphne Matziaraki

Kyriakos es patrón de un barco de la guardia costera de una pequeña isla griega. Cuenta que hace diez años rescataron a 60 inmigrantes del mar y que entonces fue todo un acontecimiento. Ahora, saturados ante la avalancha diaria de ellos, a los que tienen que rescatar de sus maltrechas lanchas si hay suerte, o directamente del mar, solamente ayudados de unos chalecos salvavidas, Kyriakos aparece inerme, emocionalmente destruido, y aun así hace lo posible para que la mayoría llegue a tierra, donde recibirán ayuda y asistencia médica. 4,1 millas es la distancia que hay entre la costa turca y esta isla. Parece corta, pero son aguas turbulentas y los que la cruzan en lancha inflable son sobre todo mujeres y niños que muy probablemente no saben nadar. Es la otra cara de la moneda de Fuego en el mar, y como ella, su principal fuerza reside en el modo en que está contada. La fuerza de las imágenes y lo cerca que se sitúa su directora Daphne Matziaraki (primera nominación) hace que nos resulten nuevas, a pesar de haberlas visto en los informativos. Sólo se oye la voz de Kyriakos, algún otro miembro de la patrulla, y los gritos y llantos de la gente rescatada. Los habitantes de la isla se agolpan en el puerto, algunos para ayudar, otros para curiosear. Los rescates se convierten en charlas de sobremesa. Los rostros con mezcla de alivio y miedo de los que son subidos al barco, los esfuerzos por reanimar a un niño, la desesperación cuando lo que tienen en sus brazos es un cuerpecito inerte y los miles de chalecos naranjas agolpados en la costa de aquellos que llegaron. No se trata de un asunto político, sino de una crisis humanitaria. Y quizá la única manera de darnos cuenta de que no está tan lejos es que documentales como este reciban premios y se vean muchas, muchas veces. María Pérez

Joe’s Violin, de Kahane Cooperman y Raphaela Neihausen

Primeras nominaciones para Kahane Cooperman y Raphaela Neihausen con su corto Joe’s violin y no sería demasiado extraño verlas saliendo de la gala con su primera estatuilla. Por muy honorables y honestas que sean las intenciones de su película, hay algo en esta historia, en la que se vincula el Holocausto, los campos de concentración soviéticos, el drama social y una historia de superación en los EEUU actuales, que se siente prefabricado. El hilo conductor es el violín del título que pasa de las manos de Joe, que pierde a parte de su familia en Treblinka y sobrevive a un campo de concentración en Siberia, a una estudiante del Bronx con pocos recursos económicos, a través de una organización que intenta llevar la música a las aulas. Si bien la historia resulta interesante y tiene gancho, no deja de percibirse artificiosa. Más que un documental, este cortometraje da la sensación de estar demasiado dirigido. Las situaciones se sienten forzadas, no naturales. Una historia de supervivientes que, en su escasa delicadeza, naufraga a la hora de emocionar y sus personajes, reales, se sientan más como marionetas en mano de las directoras que individuos con voluntad propia. A pesar de la cuestionable calidad del mismo, no debemos subestimar las posibilidades que un cortometraje que, justo en estos tiempos, alude al Holocausto y a la inmigración pueda tener en esta edición de los premios Oscar. Luis Fernández

Watani, My Homeland, de Marcel Mettelsiefen y Stephen Ellis

La crisis migratoria europea es uno de los grandes temas de los documentales que compiten en estos Oscar: en esta misma categoría compite 4.1 Miles y Fuego en el Mar en la de largometraje mejor documental y a ellos se une Watani, My Homeland, un crudo y sincero retrato de una familia siria que, tras perder al patriarca, tiene que huir de su casa para acabar instalándose en un pequeño pueblo de Alemania para rehacer su vida. Filmado con una verdad impactante por Marcel Mettelsiefen y montado por Stephen Ellis (primera nominación para ambos), es realmente angustioso descubrir a niños de muy corta edad teniendo que sobrevivir entre los bombardeos, huyendo de la milicia y teniendo que dejar su hogar por culpa de algo que no alcanzan muy bien a entender. Los miedos a los desconocido, el temor a no ser integrados en una sociedad diferente y la tristeza de dejar atrás toda una vida repleta de seres queridos son el leit motiv de un cortometrajes de más de cuarenta minutos que sirve para concienciar al espectador de la verdadera crudeza de una de las guerras más cruentas de lo que llevamos de siglo. Un testimonio en primera persona del horror de de la guerra y la esperanza que alberga Europa para los refugiados. Pablo López

The White Helmets, de Orlando von Einsiedel y Joanna Natasegara

Segunda nominación al Oscar para Orlando von Einsiedel, que ya alcanzó este mismo éxito en 2015 gracias a su largometraje documental Virunga, que finalmente perdió la estatuilla en favor de la laureada Citizenfour. En este caso, el documentalista londinense se adentra en uno de los lugares más conflictivos y mediáticos del planeta, Siria, y nos muestra la labor de los cascos blancos, un grupo de casi 3.000 civiles que trabajan en 120 centros a lo largo del país y que, desde su formación en 2013, son los primeros hombres que aparecen tras los un bombardeo. También conocidos como la Defensa Civil Siria y propuestos para el Nobel de la Paz, los cascos blancos se presentan en este documental como auténticos héroes cotidianos, como un grupo de voluntarios que han dejado su vida de lado para servir a aquellos que más lo necesitan, aunque por el camino se jueguen su propia piel. Von Einsiedel transmite esta idea a la perfección al espectador, y lo hace además con un pulso firme -a pesar de haber rodado imágenes estremecedoras- y un ritmo desenfrenado. Aparentemente, todo funciona en este cortometraje, salvo por la falta de un segundo punto de vista, una visión más allá del concepto heroico y propagandístico sobre este grupo de voluntarios que, a la vez que alabados, también han sido mundialmente cuestionados en cuanto a su procedencia, sus intervenciones y sus verdaderos intereses políticos. Esta división de opiniones sí podría jugar en contra de las posibilidades de este corto documental, al que bien le hubiera sentado un punto de vista menos subjetivo, más crítico y más informativo. Alan Dameron

Ganará: 4.1 Miles, de Daphne Matziaraki
Debería ganar: 4.1 Miles, de Daphne Matziaraki
Molaría que ganara: 4.1 Miles, de Daphne Matziaraki