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Desde su trágica muerte el 31 de agosto de 1997 el mundo de la literatura, la televisión y el cine han querido indagar en todos y cada uno de los aspectos de la vida de Diana de Gales. Su vida ha dado pie a numeros libros y documentales que analizan desde su vida privada hasta la teoría conspiratoria que dice que fue asesinada por los servicios de inteligencia británicos, pasando por su atracción por las labores humanitarias. Ahora es Oliver Hirschbiegel quién ahonda en una parte de la vida de Diana de Gales menos conocida por el gran público: un  romance secreto entre la princesa y el doctor paquistaní Hasnat Khan, de quien se dice que fue el amor de su vida.

Naomi Watts se mete en la piel de Diana de Gales para contar este supuesto romance con Hasnat Khan, al que da vida Naveen Andrews. Durante todo su metraje la cinta se empeña en humanizar a la princesa hasta igualarla con el pueblo llano, un empeño que se torna ridículo gracias a unos diálogos y situaciones grotescas. La química -prácticamente nula- entre la pareja protagonista tampoco ayuda a mejorar una historia que, desde su premisa inicial,  desaprovecha por completo aspectos mucho más interesantes de la vida de Diana de Gales.

Inevitablemente la película aborda temas que estaban en el día a día de la princesa Diana: su divorcio, el continuo acoso de los paparazzi o sus labores humanitarias. Todos ellos presentan más atractivos que el tema principal de la película de Oliver Hirschbiegel, sin embargo el director prefiere pasar por ellos de forma superflua mostando solo pequeños fragmentos de ellos y centrandose en un supuesto romance cuyo interés va desapareciendo conforme avanza el filme.

Al abordar la película centrándose en su romance secreto, Oliver Hirschbiegel desaprovecha en Diana la oportunidad de realizar una gran película sobre uno de los más grandes iconos de la sociedad inglesa. Todo en Diana está subordinado a una dirección y a un guión grandilocuente. Tan grandilocuente que vuelve al filme en algo absurdo con sabor amargo.