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La honestidad es una virtud que en los tiempos que corren está poco valorada, y por ello resulta reconfortante encontrar de vez en cuando propuestas cinematográficas tan honestas como No se aceptan devoluciones. Desde el comienzo de esta amable historia familiar, el tratamiento de la trama se plantea con una dosificación de la información tan fácil, tan asumible, tan comprensible para cualquier tipo de público, que es un auténtico disfrute para el intelecto. Pocas cintas hablan tan directamente a la comprensión cinéfila para decirle que esté tranquila, que no tiene nada que temer. Y conste que todo esto está articulado desde la forma más respetable y admirable posible.

Todo eso, articulado en pantalla por un reparto cercano, humano, veraz y reconocible, con un espectacular Eugenio Derbez (también director de la cinta) que transmite humanidad en la piel de un personaje desquiciado y adorable a partes iguales, una fiera complicada de domar que él baja al suelo y acerca al público de manera magistral. Y poco más. Porque de eso se trata No se aceptan devoluciones, de presentar al público una historia de elementos reconocibles, hacerla creíble y conseguir que durante 100 minutos, el espectador pase un rato agradable, divertido y emotivo sin mayor complicación. Y en esos término, la película de Derbez se defiende de forma brillante.

Si algo malo hay que achacar a esta comedia dramática familiar es su ambición por querer contar demasiadas cosas y girar la trama más veces de las estrictamente necesarias, algo que es de agradecer en muchos de los casos, pero que en un producto para el público no es condición, aunque demuestra una valentía y un rasgo autoral encomiable.