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Rachel Weisz en una escena de 'Ágora'

Cada nuevo proyecto de Alejandro Amenábar crea una inmensa expectación. Y en el caso de Ágora, ésta aumenta de manera proporcional a sus 50 millones de euros, el rodaje en Malta, su reparto internacional y la presentación llena de claroscuros en Cannes. Pues bien, en su versión definitiva, que llega a los cines la próxima semana, Ágora es gran película construida no sólo con el talento como realizador que Amenábar tantas veces ha demostrado, sino con un complejo trasfondo ideológico perfectamente oportuno para este enloquecido arranque de siglo.

Ágora cuenta, en primera instancia, la vida de Hypatia de Alejandría, considerada por muchos historiadores la primera mujer científica. Mejor dicho, la primera filósofa en su acepción más clásica, cuando bajo esa denominación se agrupaban todos los saberes que explican el mundo. Y en la mejor tradición filosófica (“Yo soy yo y mis circunstancias”), la narración no sólo traza al personaje sino a la sociedad en la que vivió: el siglo IV, la época en que el cristianismo se convirtió en la creencia oficial de Occidente, bien por la fe, bien a sangre y fuego.

La historia, pues, lleva a Amenábar a visitar el peplum, ese genéro que Hollywood cultivó para hacer frente a uno de sus peores enemigos de la historia: la televisión. Aquellos espectáculos de cartonpiedra, tecnicolor y cinemascope tenían todo lo que la caja en blanco y negro era incapaz de dar. Cincuenta años después, varios directores han regresado a las viejas Egipto, Grecia y Roma con diversa fortuna: Ridley Scott en la oscarizada Gladiator, Oliver Stone en la vilipendiada Alejandro Magno o Wolfgang Petersen en la taquillera Troya. Cada uno en su estilo y llevando el peplum a su terreno. ¿Pero cuál es el de Alejandro Amenábar, un director que ha sentido la misma necesidad de asustarnos con Los otros que de reflexionar sobre la dignidad humana en Mar adentro? Es ahí, precisamente, donde radica la grandeza de Ágora: lo mucho que su director ha querido abordar en ella.

La cinta, se ha dicho ya, critica en primera instancia el fervor religioso y los desmanes que acarrea, retratando el violento enfrentamiento de los cristianos con los paganos y con los judíos. Se esbozan aquí, incluso, dos tragedias de la historia de la humanidad: las acusaciones de brujería y la persecución del pueblo judío (ambas, excelentes materiales dramáticos, con la Inquisición, las brujas de Salem y el Holocausto). Se habla también de la discriminación de la mujer, aunque Amenábar jamás cae en el discurso feminista. Su Hypatia es una filósofa sabia y respetada, que sólo conoce la discriminación cuando triunfa la intransigencia. Con ella y, sobre todo, con su discípulo y enamorado Orestes, pone el en tapete la tensión entre ciencia y fe. Asoman incluso las tragedias de Shakespeare y El príncipe de Maquiavelo: todo vale para alcanzar el poder y, una vez allí, no importa cuántas cabezas hayan de rodar para afianzarlo y ampliarlo.

Es sorprendente y escalofriante la vigencia de estos temas en el siglo XXI: las soflamas religiosas tratando de imponer su moral, el conflicto en Oriente Próximo, los billetes de dólar citando a Dios, los atentados islamistas, las mujeres encerradas en un burka, las escuelas que enseñan Creacionismo, las invasiones de países extranjeros, las dictaduras en África y un penoso etcétera.

Oscar Isaac y Rachel Weisz en 'Ágora'Pero hay algo más, una razón de fondo que sostiene y hace universal -no sólo en el espacio sino también en el tiempo- el discurso de la película: el integrismo religioso prende mecha en la pobreza, el hambre. la desigualdad. Es ahí donde reside la clave de Ágora, como dicen los alumnos de la protagonista: “Si dos cosas son iguales a una tercera, las tres son iguales entre sí”. Hombres y mujeres, personas libres y esclavos, cristianos, judíos y paganos, ricos y pobres, heterosexuales y gays y todas las traslaciones que se quieran.

// Spoiler // Es interesante también el uso dramático que hacen Amenábar y su coguionista Mateo Gil del conocimiento: proponen que Hypatia averigua que la órbita de la Tierra es elíptica. Y dado que este descubrimiento no se produjo oficialmente hasta el siglo XVII, se nos anuncia subrepticiamente el fatal destino de la protagonista.  //

Y todo ello está rodado con una fuerza visual apabullante, incluso excesiva en algunos momentos. Seguramente sea éste uno de sus principales defectos: consciente de la ambición del proyecto, la narración cae en la grandilocuencia. Tan es así que el conjunto resulta emocionalmente frío, una circunstancia que se dibuja como una constante en el cine de Amenábar (salvedad hecha de Mar adentro), y que en esta ocasión se ve reforzada por la absoluta incapacidad de amar de la protagonista. Hypatia, se insinúa, sólo quiso a su padre y éste la defraudó gravemente en los últimos días de su vida.

Rachel Weisz hace un trabajo impresionante componiendo a la filósofa, explicando al personaje no sólo por sus actos sino por sus parcas emociones. Es un referente moral, un personaje ejemplar y, pese a ello, absolutamente humano y creíble. Menos interesantes resultan los dos hombres que la acompañan: el esclavo Davus y el prefecto Orestes. Max Minghella incorpora con desigual intensidad al primero y, aunque logra hacer asomar el terrible conflicto interior en el que vive, le falta profundidad; Oscar Isaac cumple correctamente durante todo el metraje para acabar dando el do de pecho en la escena más importante de la cinta. Otros personajes menores, sobre todo el predicador Amonius y el obispo Cirilo (después, santos Amonio y Cirilo), son planteados de una forma bastante maniquea: podemos aceptar su maldad pero no tanto que estén hechos de una sola pieza.

Los decorados y el vestuario son brillantes, obra de Guy Dias y Gabriella Pescuci. Los edificios son bellísimos y están en su punto justo de desgaste. Los ropajes son tan toscos como se requiera en función de la posición social del personaje y no cae en la tentación de vestir a Hypatia como una princesa sino que acierta con la ropa de una mujer adinerada pero con sus preocupaciones en otros ámbitos. Lo que ya no es tan acertada es la fotografía: Amenábar ha debido pedirle a Xavi Giménez que filme Alejandría de forma verosímil, cambiando los colorines de Quo vadis? y los filtros azules de Gladiator por la luz blanquecina de la isla de Malta. La intención es loable pero el resultado es que Ágora tiene el aspecto de un telefilme de Semana Santa.

Sin duda, el remontaje de la cinta después de su paso por Cannes le ha sentado bien pues con los actuales 129 minutos el ritmo es mayestático. Con media hora más la película posiblemente gane -mas que en densidad- en espesura. Porque Ágora no es un plato fácil, está por ver cómo se las arreglan para recuperar los 50 millones de euros.

Ágora se estrena en los cines el próximo viernes